La novia de Blackthorn CAPÍTULO 5 La carta manchada y el cruce de caminos
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CAPÍTULO 5 La carta manchada y el cruce de caminos

El polvo de cal y el guano seco de las palomas se arremolinaban en la penumbra del viejo campanario de Saint Jude como una nieve grisácea y tibia.

Liseth Sterling había ganado la parte alta de la torre tras remontar sesenta y cuatro peldaños de caracol, cuyos tramos de arenisca carcomida conservaban las muescas de los canteros medievales.

El esfuerzo le había costado un tributo atroz de aire y sangre: su tobillo izquierdo, comprimido dentro del botín de cuero negro robado en la sacristía, palpitaba con la violencia de un corazón desbocado,

y a cada zancada la bombesina rígida del vestido de luto le rozaba las costras vivas de los costados, arrancándole bocanadas de sudor frío que empapaban el forro de seda mate.

Sin embargo, allí arriba, a cuarenta pies del suelo de la parroquia, el mundo de los hombres parecía una maqueta lejana y silenciosa.

A través de las troneras ojivales desprovistas de vidrieras, el aire del mediodía entraba limpio, libre de la pestilencia química de Blackthorn.

Abajo, en el camposanto, los campesinos habían terminado de cubrir con tierra negra el féretro de pino; los deudos se dispersaban en silencio por el camino de la aldea, con los paraguas cerrados bajo un sol otoñal desvaído que apenas lograba templar la hierba escarchada.

Nadie miraba hacia las alturas. Nadie sospechaba que bajo las campanas de bronce mudo se ocultaba la mujer cuya fuga había puesto en pie de guerra a la policía del condado.

Liseth se dejó caer de rodillas sobre un madero maestro de roble que sostenía el yugo de la campana mayor. Se retiró con dedos temblorosos el espeso velo de crespón negro hacia atrás, dejándolo caer sobre la copa de la cofia viudal.

La luz le golpeó los ojos con la fuerza de una aguja de plata. Parpadeó repetidamente, sintiendo el ardor de las lágrimas brotar de sus pupilas desacostumbradas al día, hasta que el entorno cobró una nitidez dolorosa.

Llevó su mano enguantada al interior del corpiño.

Con un cuidado casi religioso, palpó la costura secreta a la altura del esternón y desprendió el alfiler de hueso que aseguraba su tesoro.

No sacó el mechón de pelo de Peter; aquel reposaba inviolable en su saquito de lino.

Lo que extrajo de entre las dobleces de la tela fue un segundo pliego diminuto, doblado en ocho partes hasta no ser mayor que un naipe de tahúr, con los bordes raídos por tres años de fricción continua contra la carne viva y las piedras de la Celda 7.

Era la carta.

La última cuartilla que Peter Holloway le había entregado en mano una tarde de niebla de octubre de 1881, en el saloncito de té de Highgate, escasas horas antes de que el carruaje de los alienistas se detuviera frente a la verja de su mansión.

Liseth desplegó el papel con una lentitud que le paralizó la respiración.

El papel de hilo, otrora blanco y satinado, había adquirido el tono amarillento y quebradizo de una hoja seca de haya.

Estaba manchado de humedad, de grasa de sebo y, en la esquina inferior izquierda, de una costra oscura y endurecida: una gota de su propia sangre, derramada la primera noche que el doctor Silas Thorne ordenó atarla a la cruz de inmovilización por negarse a pronunciar su confesión de demencia.

A pesar de las manchas del presidio, la caligrafía de Peter permanecía intacta.

Era una letra fina, inclinada hacia la derecha, trazada con la pluma de un caballero educado en los mejores colegios de Edimburgo y Londres. Una letra elegante, fluida, desprovista de vacilaciones:

«Mi adorada Liseth:

Las murmuraciones de tus parientes en Londres son un veneno que no podemos combatir a cielo abierto.

Tu tío jura que estás desquiciada por el luto de tus padres y amenaza con solicitar una tutela judicial para arrebatarte el control de los consols y de las tierras de la familia.

Debes ausentarte por unas semanas; he dispuesto tu estancia en una casa de reposo reservada y discreta en los límites de Yorkshire, donde los médicos responderán ante mí y donde nadie podrá alcanzarte mientras yo desenredo la maraña de sus intrigas.

Ten fe en mi brazo y en mi juramento. En cuanto los tribunales convaliden mis derechos de representación como tu prometido legítimo, acudiré a buscarte para llevarte a nuestro hogar.

Te esperaré en Oakhaven, en mi casona sobre los acantilados de Blackcliff, hasta que la muerte nos reclame. Nada bajo el sol nos separará.

Tuyo en cuerpo y alma, Peter Holloway».

Liseth leyó cada palabra en un susurro mudo, sintiendo cómo las sílabas grabadas en la tinta le quemaban los labios agrietados.

Durante tres años de encierro, aquella cuartilla había sido su evangelio, su escudo contra el tártaro emético y su única justificación para no dejar que sus pulmones se rindieran bajo los chorros de la manguera de presión.

Cuando Silas Thorne se inclinaba sobre su camastro y le susurraba con desprecio clínico: «Estás sola, muchacha; nadie vendrá por ti a este pozo», Liseth cerraba los ojos en la oscuridad de la celda y repetía de memoria: «Te esperaré en Oakhaven… hasta que la muerte nos reclame».

«No pudo rescatarme antes», se decía Liseth con una convicción febril que le encendía las mejillas hundidas. «Mi tío era poderoso. Los abogados de Londres lo tenían cercado. Peter tuvo que refugiarse en la costa, esperando a que yo encontrara la forma de quebrar la reja… Y ahora voy hacia él».

Besó la firma del hombre con una devoción salvaje, reverente, casi mística. La locura de su encierro no había apagado su fuego; lo había destilado hasta convertirlo en una obsesión pura, indestructible como el granito de los páramos.

Dobló de nuevo el papel con dedos meticulosos, lo devolvió a la entretela de su corpiño junto al mechón de pelo y ajustó el alfiler de hueso.

Descendió el velo de crespón negro sobre su rostro.

El mundo volvió a teñirse de una sombra protectora y gélida. Liseth se puso en pie, apoyó la espalda contra la madera del yugo para recuperar el equilibrio y comenzó a descender la escalera de caracol de la torre.

Al cruzar el zaguán de la iglesia, no encontró a nadie.

La sacristía permanecía cerrada; el vicario debía de estar almorzando en la rectoría y los sepultureros habrían acudido a la taberna de la aldea a gastar las monedas del jornal.

Liseth deslizó la aldaba de hierro con suavidad y salió al camino comunal.

El mediodía avanzaba con esa luz dorada y engañosa de los otoños del norte.

Liseth caminó por la margen izquierda de la calzada de tierra, donde los matorrales de moras silvestres y espinos amortiguaban el sonido de sus pasos.

Llevaba la cabeza erguida bajo la cofia viudal, con las manos enguantadas cruzadas sobre el vientre en la postura reglamentaria de las damas en duelo estricto.

Cada cien varas, el dolor en su tobillo hinchado amenazaba con doblarle la rodilla, pero el cuero rígido de los botines de la sacristía funcionaba como una abrazadera de contención; cuando el mareo de la debilidad le nublaba la vista, se detenía unos segundos fingiendo un acceso de aflicción,

tomaba aire a través del crespón espeso y continuaba la marcha.

A una milla de la parroquia, el sendero rural desembocaba en la calzada real de postas: el camino de granito machacado que unía las ciudades manufactureras de West Riding con los puertos del mar del Norte.

Allí, en el cruce de las cuatro veredas, se alzaba The Black Bull Inn, una antigua posta de carruajes construida en piedra arenisca oscura, con techumbres de pizarra y una hilera de cocheras donde los mozos cambiaban los tiros de caballos cada tres horas.

El aire en los alrededores de la posada olía a estiércol fresco, humo de carbón de coque, cerveza agria de tonel y carne de carnero asada que se doraba en los hornos de la taberna.

Liseth se detuvo tras el muro de un establo de bueyes para observar el movimiento.

En el patio de la posta había un trajín considerable.

Una diligencia de postas de cuatro caballos —un carruaje pesado de color escarlata con las armas del Royal Mail grabadas en las portezuelas— acababa de estacionar frente al porche.

Varios viajeros burgueses, envueltos en pesadas pellizas de viaje y con sombreros de copa alta, descendían para estirar las piernas y tomar un tazón de té caliente en el salón comedor mientras los mozos de cuadras uncían un tiro de cuatro percherones bayos con los cuartos traseros aún humeantes de

sudor.

Cerca de la entrada de la estafeta de correos, un alguacil de la parroquia con casaca azul y sombrero apuntado leía un pliego de papel oficial pegado en el tablón de anuncios.

Liseth sintió un estremecimiento recorrerle la espina dorsal. Apretó las manos dentro de los guantes negros.

El papel era nuevo; la tinta aún brillaba bajo el sol.

En la cabecera del bando se distinguía con claridad el escudo del Condado de Yorkshire y, debajo, dos palabras en gruesos caracteres de molde: «ESCAPED LUNATIC».

Silas Thorne ya había tendido su red de telégrafos.

La descripción de una mujer de veinticuatro años, de complexión delgada, cabello trasquilado a rape y con un camisón de lona marcado con el número 7, figuraba ante los ojos de las autoridades de todas las postas de la comarca.

La recompensa prometida era de veinte libras de oro: más de lo que un alguacil rural ganaba en medio año de servicio.

Liseth respiró hondo a través del velo.

«No buscan a una dama de luto», se dijo con una calma glacial que la asombró a sí misma. «Buscan a un perro sarnoso arrastrándose por las zanjas. Una viuda no es un perro; una viuda es sagrada».

Con paso firme, medido y aristocrático, Liseth abandonó la sombra del muro y cruzó el patio de la posta.

Sus faldas de bombesina negra crujieron sobre la grava húmeda con un rumor majestuoso y sombrío.

Los mozos de cuadra que transportaban cubos de avena se apartaron con torpeza a su paso, bajando la cabeza con reverencia campesina; un carretero que maldecía a un mulo terco cortó sus juramentos en seco al ver pasar aquella silueta de crespón fúnebre,

quitándose la gorra grasienta en señal de respeto hacia la muerte ajena.

Liseth entró en el despacho de billetes de la posta.