La novia de Blackthorn CAPÍTULO 4 El ropaje del luto
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CAPÍTULO 4 El ropaje del luto

La conciencia regresó a Liseth Sterling no con la luz del día, sino con el dolor.

Un dolor difuso, punzante y lacerante que le subía desde las plantas destrozadas de los pies hasta la base del cráneo, como si cientos de agujas de coser al rojo vivo estuvieran cosiendo sus nervios a la carne magullada.

Olía a polvo de cereal viejo, a hierba seca fermentada, a madera apolillada y al excremento seco de las lechuzas.

No estaba bajo el agua del río Wharfe ni sepultada en el fango de la orilla.

El instinto animal de supervivencia —esa fuerza ciega que opera cuando la razón humana se apaga— la había empujado a arrastrarse durante la noche, guiada por el calor residual de una techumbre, hasta el interior del pajar comunal que divisara antes de perder el sentido.

Liseth abrió los ojos con dificultad. Los párpados estaban pegados por una costra de pus y agua cenagosa seca.

Yacía enterrada hasta el cuello bajo una montaña de paja de centeno dorado, un lecho áspero pero tibio que había funcionado como una estufa improvisada, secándole lentamente el camisón de lona y devolviéndole el pulso a unas extremidades que la helada había dejado al borde de la gangrena.

La luz del sol matutino, limpia y lechosa tras la tormenta nocturna, se filtraba en haces rectos a través de las rendijas de los maderos del desván, suspendiendo miles de motas de polvo dorado en el aire inmóvil.

Su primera reacción fue mecánica, refleja, urgente: su mano derecha, con las uñas partidas y ennegrecidas, se deslizó bajo la paja hacia su pecho.

Bajo la lona tiesa del camisón, el saquito de lino sellado con cera virgen seguía allí.

Liseth soltó una exhalación temblorosa, un sollozo seco que no llegó a derramar lágrimas.

El rizo de Peter estaba a salvo. La reliquia había sobrevivido al colapso del muro, a los colmillos de los mastines y al torrente helado del páramo.

Mientras el mechón descansara sobre sus costillas, la distancia que la separaba de Oakhaven no era más que un sendero de sombras que ella estaba dispuesta a devorar paso a paso.

Intentó incorporarse. Sus músculos protestaron con un crujido sordo; el tobillo izquierdo, aunque no estaba roto, presentaba una hinchazón violácea del tamaño de una manzana pequeña que le arrancó un gemido entre dientes.

Se sacudió la paja de los cabellos trasquilados y se arrastró sobre los codos hacia la pared occidental del pajar, donde una tablazón desencajada permitía atisbar el exterior sin ser vista.

Pegó el ojo izquierdo a la hendidura.

El pajar no era una estructura aislada en mitad de la nada; formaba parte de las dependencias auxiliares de una vicaría rural.

A escasos cien metros, rodeada por un murete bajo de piedra cubierto de líquenes dorados, se alzaba la iglesia parroquial de Saint Jude: una construcción anglicana de finales del siglo XIV, con su torre mocha de sillería cuadrada,

su tejado de pizarra gris y un cementerio parroquial donde las lápidas inclinadas parecían brotar del césped como dientes viejos en una encía descompuesta.

En ese instante, un sonido metálico y lento rasgó la quietud de la mañana.

Tolón… Tolón… Tolón…

La campana de la torre tañía a difuntos. Era un tañido pausado, monótono, de compás fúnebre, que nada tenía que ver con las campanadas frenéticas de rebato del asilo de Blackthorn.

Por el camino vecinal que conducía al atrio de la iglesia avanzaba un cortejo mortuorio.

Seis hombres de aspecto rústico, con levitas oscuras de paño burdo y sombreros de ala ancha, transportaban a hombros un ataúd sencillo de madera de pino sin desbastar.

Detrás del féretro caminaban el vicario, ataviado con sobrepelliz blanco sobre sotana negra y portando el libro de rezos, y una comitiva de una decena de campesinos y comerciantes locales.

Pero lo que detuvo el aliento de Liseth fue la figura que encabezaba el duelo familiar, inmediatamente detrás del clérigo.

Una mujer menuda, doblada por la pena, avanzaba sostenida por el brazo de dos parientes ancianas. Iba envuelta de pies a cabeza en la armadura social más implacable y temida de la Inglaterra victoriana: el luto riguroso.

Llevaba un vestido monumental de bombesina negra, pesado, rígido, con el corpiño cerrado hasta la barbilla y la falda reforzada por un miriñaque menor que ocultaba cualquier línea del cuerpo; sus manos estaban enfundadas en guantes de cabritilla oscura;

y sobre su cabeza descansaba una cofia viudal de la que caía una cascada impenetrable de crespón negro, un velo espeso que le cubría el rostro hasta el pecho, convirtiéndola en una sombra anónima, respetable y sagrada ante los ojos de la comunidad.

Una chispa de lúcida ferocidad se encendió en el cerebro de Liseth.

Miró su propio cuerpo: el camisón de lona de vela, desgarrado en las ingles, manchado de la sangre arterial de Jem Garrow, cubierto del fango podrido de la turbera y con el número «7» bordado en hilo rojo desteñido sobre el hombro.

En cualquier aldea, en cualquier taberna del camino, cualquier alguacil o bracero que la viera en semejante estado reconocería al instante a la demente fugada del Asilo de Blackthorn; Silas Thorne ya debía de haber enviado telegramas a todas las postas de la comarca,

ofreciendo recompensas por una mujer descalza y trasquilada.

«El luto…», pensó Liseth, y una sonrisa torcida, desprovista de calor, asomó a sus labios agrietados. «Nadie mira a una viuda a los ojos. Nadie se atreve a interrogar a una mujer que camina tras un ataúd».

Esperó con paciencia de cazadora.

El cortejo fúnebre cruzó el pórtico de la iglesia y se internó en la nave central para el responso litúrgico. Las puertas de roble del templo se cerraron tras los feligreses. El murmullo apagado del órgano de tubos y los cánticos del coro comenzaron a filtrarse a través de las vidrieras emplomadas.

Liseth descendió del desván del pajar por la escalera de mano de madera carcomida. Cada peldaño fue un suplicio para su tobillo hinchado, pero bajó sin emitir el menor quejido, deslizándose como un gato famélico por la puerta trasera de las cuadras de la vicaría.

Cruzó el huerto de hortalizas agazapada tras los setos de groselleros silvestres. El suelo de tierra húmeda estaba frío bajo sus plantas desnudas, pero el miedo a ser devuelta a la Celda 7 operaba como un anestésico infalible.

Llegó al flanco norte de la iglesia, donde se ubicaba la pequeña sacristía anexa.

La puerta de servicio estaba encajada, asegurada únicamente por una aldaba de hierro dulce que cedió con un empujón cuidadoso. Liseth se deslizó hacia el interior y cerró la hoja tras de sí, conteniendo la respiración.

El ambiente dentro de la sacristía olía a incienso rancio, cera de abejas derretida, madera de cedro estacionada y vino de consagrar.

A través de la puerta que comunicaba con el altar mayor se escuchaba la voz nasal del vicario recitando los salmos de la liturgia de difuntos: «El hombre nacido de mujer es corto de días y harto de desabrimientos… Como la flor brota y es cortada…» .

Liseth recorrió la estancia con la mirada.

En una esquina, junto a una jofaina de loza blanca donde reposaba una jarra de agua limpia y una toalla de lino, descansaba un armario de roble de dos cuerpos con las puertas talladas con cruces góticas. Se acercó a él con pasos inaudibles sobre las losas pulidas y abrió los batientes.

La providencia de los fugitivos la esperaba en el interior.

Colgado de una percha de madera, descansaba un ajuar de duelo femenino completo.

Era la ropa de repuesto de alguna pariente lejana del difunto o una donación benéfica destinada al ropero de la parroquia: un vestido de luto estricto confeccionado en paño fino de lana negra, forrado de seda mate para amortiguar el frío otoñal,

con cuello alto ribeteado de terciopelo y mangas largas ajustadas por una hilera de pequeños botones de azabache.

Al lado, sobre una balda de pino, reposaban una cofia viudal con un espeso velo de crespón de seda que caía más de dos palmos, un par de guantes de hilo negro, una capa de viaje con capucha y un par de botines de cuero oscuro con cordones de cáñamo, usados pero de suela gruesa y firme.

Liseth no perdió un segundo.

Se despojó de inmediato del odiado camisón de lona de Blackthorn.

Al tirar de la tela tiesa, los bordes deshilachados se pegaron a las costras de sus costillas, reabriendo varias heridas superficiales, pero Liseth arrojó el andrajo al fondo de un cesto de leña con un estremecimiento de asco infinito.

Por primera vez en tres años, su piel estuvo limpia de la marca de Silas Thorne.

Tomó la toalla de lino de la jofaina, la humedeció en el agua limpia de la jarra y se frotó con furia metódica el rostro, el cuello y las muñecas, retirando las costras de sangre seca de Jem Garrow y el fango del río Wharfe.

Luego tomó el saquito con el mechón de pelo de Peter.

Buscó en el interior del corpiño del vestido negro y encontró un pequeño bolsillo secreto en la entretela de seda, a la altura exacta del corazón.

Introdujo el envoltorio de lino en la cavidad y lo aseguró con una puntada de un alfiler de hueso que encontró en la repisa.

La reliquia descansaba ahora incrustada en su nueva piel; nada en la tierra podría arrancársela sin abrirle el pecho en canal.

Comenzó a vestirse.

La bombesina negra era rígida, pero el forro de seda se deslizó sobre su piel magullada con una caricia casi milagrosa.

El corpiño, diseñado para una dama burguesa de complexión más robusta, le quedaba holgado sobre su caja torácica consumida por el hambre; sin embargo, al abrochar los botones de azabache hasta la base del cuello, la prenda ocultó las clavículas huesudas y los moratones del asilo,

dotando a su silueta de una severidad marcial y aristocrática.

Se calzó los botines de cuero. El pie izquierdo dolió con violencia al entrar en la horma estrecha, pero el cuero recio funcionó como una férula protectora sobre el tobillo hinchado, permitiéndole apoyar el peso con una firmeza que no sentía desde hacía meses.

Se calzó los guantes negros, cubriendo para siempre las cicatrices circulares que los grilletes de vaqueta habían grabado en sus muñecas.

Y finalmente, Liseth tomó la cofia y el velo de crespón.

Se ajustó la estructura de paja trenzada sobre la cabeza, ocultando bajo la copa de terciopelo negro los mechones trasquilados a tijeretazos brutales por las celadoras. Desplegó el velo de crespón hacia delante.

La tela negra cayó sobre su rostro como una compuerta de hierro dulce.

Liseth se volvió hacia el espejo de marco ovalado que colgaba sobre la jofaina de la sacristía.

Hacía tres años —treinta y seis meses de oscuridad, pesadillas y encierro subterráneo— que no contemplaba su propio reflejo en una luna de azogue.

A través de la trama espesa del crespón negro, la imagen que le devolvió el cristal la paralizó durante varios segundos.

La reclusa de la Celda 7 había desaparecido.

En su lugar se erguía una dama victoriana de porte enjuto, esbelto y trágico; una viuda inconsolable que guardaba un luto riguroso por un esposo arrebatado a destiempo.

La palidez cadavérica de su piel, en lugar de sugerir la tisis o la inanición de los manicomios, se transformaba bajo el velo en el duelo aristocrático de las grandes familias; los cercos oscuros alrededor de sus ojos parecían el tributo legítimo de las lágrimas derramadas en la vigilia fúnebre;

y la ausencia de cabello quedaba sepultada bajo los pliegues de seda fúnebre.

Liseth Sterling había dejado de ser una presa para convertirse en un fantasma respetable. Ningún alguacil del Reino de Gran Bretaña se atrevería a levantar el velo de una viuda en duelo en mitad de un camino público.

Antes de abandonar la estancia, sus ojos se posaron sobre la mesa auxiliar del vicario.

Allí descansaba una caja de madera de roble con una ranura de latón en la tapa y un letrero pintado en letras góticas doradas: «Para los pobres de la parroquia de Saint Jude».

Liseth no vaciló. La caridad de la Iglesia pertenecía por derecho a los desamparados, y nadie en todo el condado de Yorkshire estaba más desamparada que ella. Tomó el atizador de hierro de la chimenea de la sacristía, introdujo la punta bajo el cerrojo de latón y ejerció una palanca seca.

La madera astilló con un chasquido ahogado.

En el interior de la caja había un puñado de monedas: cuatro chelines de plata del reinado de Guillermo IV, varios peniques de cobre y dos medias coronas con la efigie de la reina Victoria.

En total, cerca de quince chelines: una pequeña fortuna capaz de pagar dos billetes en un carruaje de postas y un pedazo de pan blanco en cualquier posada del condado.

Se guardó las monedas en el bolsillo interior de la falda, junto con un pequeño pañuelo de hilo que empapó en agua de lavanda para enmascarar cualquier rastro residual del olor a ácido fénico de Blackthorn.

Los cánticos en el interior de la iglesia cesaron. Se escuchó el arrastrar de las bancas de pino: el responso había concluido y la comitiva se disponía a trasladar el ataúd hacia el camposanto para la sepultura.

Liseth abrió la puerta exterior de la sacristía y salió a la luz de la mañana.

El aire frío del otoño la envolvió, pero esta vez la lana gruesa del vestido y la capa de viaje la resguardaron de la intemperie. Caminó con paso medido, pausado, arrastrando apenas el pie izquierdo para disimular la cojera bajo la amplitud de la falda de luto.

Al cruzar la cancela de hierro del atrio de la parroquia, se topó de frente con dos campesinos que acudían con palas al hombro para cavar la fosa.

Los hombres se detuvieron en seco, se quitaron con reverencia sus gorras de paño y bajaron la mirada hacia el barro al ver pasar la imponente silueta negra del velo de crespón:

—Que Dios consuele su dolor, milady —murmuró uno de ellos con acento norteño, apartándose respetuosamente del camino empedrado.

A través del velo negro, los ojos febriles de Liseth Sterling brillaron con una luz fría, matemática y triunfante.

—Amén —respondió ella con un susurro que sonó como el roce de dos hojas secas mecidas por el viento.

No miró hacia atrás.

Aceleró el paso enfilando el camino real que ascendía hacia las colinas del este.

A tres millas de allí se encontraba el cruce de las cuatro veredas, donde la diligencia de postas hacía su parada diaria antes de emprender la ruta hacia la costa, hacia el puerto de Blackcliff… y hacia la mansión de Oakhaven.

La prófuga de la Celda 7 había renacido bajo las vestiduras de la muerte; y ahora, armada con monedas, un disfraz impenetrable y el fuego inextinguible de su delirio, Liseth comenzaba la cacería hacia el hombre que juró esperarla al borde del mar.