La novia de Blackthorn CAPÍTULO 3 La ciénaga y los sabuesos
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CAPÍTULO 3 La ciénaga y los sabuesos

El pasaje subterráneo escupió a Liseth Sterling hacia el fango del patio de los lavaderos como un vómito de piedra y carbón.

El impacto del aire exterior fue un golpe físico, salvaje y despiadado.

La tormenta de otoño no daba tregua sobre el páramo de Yorkshire: la lluvia caía en tromba, helada como virutas de acero, arrastrada por un vendaval que aullaba entre los contrafuertes góticos del edificio principal de Blackthorn.

El lodo negro, una mezcla pastosa de ceniza de las calderas, agua sucia de las tinas de desinfección y tierra removida, le cubrió los pies descalzos hasta los tobillos, congelándole los tendones en un espasmo instantáneo.

Liseth no se detuvo a tomar aliento.

La campana de rebato en la torre de administración continuaba desgranando su tañido fúnebre: ¡CLANG!

¡CLANG! ¡CLANG! Cada golpe de bronce parecía vibrar dentro de su propio esternón, justo sobre el trozo de lino donde guardaba el mechón de pelo de Peter.

La alarma ya no era un eco lejano; a escasos cincuenta metros, las puertas de las cocheras se abrieron de golpe con un estruendo de cerrojos arrancados,

dejando escapar el resplandor rojizo de varias antorchas de brea y las voces broncas de los celadores que corrían armados con palos y horcas de cuadra.

Al fondo del patio se alzaba el último obstáculo entre su carne y el páramo abierto: el muro perimetral.

Era una muralla ciclópea de diez pies de altura, levantada en mampostería tosca de piedra caliza del norte, coronada por una hilera de losas afiladas incrustadas en mortero para evitar cualquier agarre.

Liseth corrió hacia ella agazapada, moviéndose con la rapidez espasmódica de una liebre perseguida, esquivando los montones de escoria y las carretillas volcadas.

Al llegar a la base del muro, comprendió que sus fuerzas agotadas por tres años de inanición jamás le permitirían trepar la piedra lisa a pulso. Buscó con ojos febriles a su alrededor.

Contra el ángulo occidental de la tapia descansaba un carro de transporte de turba, con las varas rotas y las ruedas hundidas en el cieno.

Liseth trepó por la caja de madera podrida con la desesperación de quien escala fuera de una fosa abierta.

Las tablas crujieron bajo sus plantas desnudas; una astilla gruesa le atravesó la piel del empeine derecho, arrancándole un hilo de sangre tibia que la lluvia lavó de inmediato, pero el dolor era solo un zumbido sordo frente al rugido de la libertad.

Desde el borde superior del carro dio un salto hacia el albardón del muro.

Sus dedos, con las uñas partidas y ensangrentadas por el forcejeo con Garrow, se aferraron a una fisura entre dos sillares.

La piedra estaba fría como el hielo y resbaladiza por el musgo negro.

Con un último tirón de sus hombros lacerados, impulsado por una rabia animal que desafiaba a la anatomía médica, apoyó la rodilla sobre la corona de la muralla y se asomó al abismo exterior.

Abajo, en la penumbra del patio, sonó un disparo seco.

¡BANG!

La bala de plomo de una carabina de postas silbó a menos de dos cuartas de su cabeza, desprendiendo esquirlas de piedra de la albardilla.

—¡Ahí está la perra! —rugió una voz atronadora desde el portalón de los establos—. ¡En lo alto de la tapia del carbón! ¡No tiréis a matar, imbéciles! ¡El doctor la quiere con vida para la sala de disección!

Liseth no miró hacia atrás para ver la silueta corpulenta del doctor Silas Thorne avanzando bajo la lluvia con su impermeable negro y su fusta de ballena.

Sin vacilar, cerró los ojos, apretó la mano izquierda sobre su pecho para proteger el rizo de Peter y se arrojó al vacío hacia el otro lado del muro.

La caída fue un segundo de ingravidez negra seguido por una sacudida brutal.

Aterrizó en la pendiente exterior del foso de drenaje, un declive empapado de brezo muerto y turba movediza.

El impacto le dobló el tobillo izquierdo con un chasquido sordo que le arrancó un grito mudo; rodó sobre su costado, tragando fango ácido y agua estancada, hasta quedar frenada contra las raíces desnudas de un tojo espinoso.

Las ramas secas le desgarraron la lona del camisón y la piel de los brazos, dejándole surcos sangrantes en el cuello.

Se incorporó a gatas, tosiendo barro negro. El tobillo le ardía como si le hubieran clavado un clavo ardiente en la articulación, pero logró ponerse en pie apoyando el peso sobre la pierna derecha.

Detrás de los muros de Blackthorn, el infierno cobró una nueva dimensión sonora.

Un aullido coral, profundo, cavernoso y sediento de sangre brotó de las perreras del asilo: los sabuesos de presa.

Eran cinco mastines de cruce inglés y lebrel de sangre, bestias criadas por Silas Thorne en la semioscuridad de las cuadras, alimentadas con despojos de matadero y adiestradas para rastrear el olor de la ropa de hospital y la carne humana descompuesta por las úlceras.

Liseth escuchó el chasquido metálico de los mosquetones al soltarse y las órdenes del perrero jefe resonando en la noche:

—¡Buscad, demonios! ¡Sangre fresca! ¡A ella!

Liseth echó a correr hacia el corazón del páramo.

La noche en la ciénaga de Yorkshire no ofrecía caminos ni refugio.

Era una llanura infinita, desolada y ondulada, donde la vegetación baja de brezos negros y juncias se alternaba con tremedales engañosos capaces de tragarse a un caballo entero en cuestión de minutos.

El viento soplaba en contra con la fuerza de un vendaval marino, arrojándole cortinas de agua helada que le pegaban el camisón al esqueleto, entumeciéndole los pezones y las ingles hasta hacerle perder la sensibilidad táctil.

Liseth corría cojeando, guiándose por el instinto ciego de las bestias salvajes.

El suelo era una trampa continua: las piedras afiladas de esquisto le cortaban las plantas de los pies; las raíces retorcidas del brezal se enredaban en sus tobillos como lazos de alambre; y el cieno helado se colaba entre sus dedos,

quemándole la carne viva con la mordedura mineral del salitre y el azufre.

Pero cada vez que el dolor amenazaba con derribarla contra la turba, Liseth palpaba el bulto bajo su lona: el mechón de Peter seguía allí.

«Peter… Oakhaven… los acantilados», se repetía mentalmente al compás de su respiración agónica. «Un paso más por ti. Dos pasos más por ti. Si me atrapan, te perderé para siempre. Si vuelvo a la Celda 7, Thorne me vaciará el cerebro con sus hierros».

A sus espaldas, a menos de media milla de distancia, los aullidos de los sabuesos se hicieron más nítidos, adquiriendo esa cadencia rápida y entrecortada que anuncia que las fieras han tomado el rastro caliente en el aire.

Liseth volvió la cabeza un segundo. A través del velo grisáceo de la cellisca, vio las luces movedizas de diez faroles de carburo desplegándose en abanico sobre la loma del páramo.

El doctor Thorne no escatimaba hombres: los celadores peinaban la ciénaga a galope de tres monturas de tiro, con las riendas cortas y las carabinas listas para disparar a las piernas.

Los perros estaban cerca. Demasiado cerca.

El ladrido de la bestia guía —un mastín alobado de cien libras que encabezaba la jauría— resonó a menos de trescientas varas por detrás, rebotando en los peñascos con la ferocidad de una condena a muerte.

Los sabuesos seguían la estela de su propia sangre: el rastro que brotaba del corte de su empeine y de los jirones que la maleza le arrancaba a cada zancada.

Liseth comprendió que en terreno abierto estaba perdida. Por muy rápido que corriera impulsada por la locura, un animal de cuatro patas la alcanzaría antes de que la noche doblara su espina hacia el alba.

Necesitaba romper el hilo invisible que ataba su carne a las narices de los perros.

En ese instante, el viento trajo a sus oídos un rumor diferente al silbido de la tormenta: un bramido grave, continuo y cavernoso que subía desde el fondo de una vaguada natural.

Agua en movimiento.

Liseth cambió de rumbo, dejándose caer por el talud empinado de una torrentera. Sus pies resbalaron sobre las piedras sueltas; bajó media cuesta rodando sobre la espalda y los codos, golpeándose contra las rocas calizas, hasta quedar frenada al borde de un cauce negro y turbulento.

Era el río Wharfe en su tramo alto, un torrente de montaña alimentado por las lluvias otoñales que bajaba furioso desde las cumbres de turba, arrastrando troncos secos y espuma amarillenta entre dos orillas de piedra cortada a pico.

El agua parecía tinta china bajo el cielo plomizo, emitiendo un vaho helado que helaba la sangre de solo mirarlo.

El ladrido de los mastines estalló en lo alto del talud que ella acababa de descender.

Una silueta maciza y cuadrúpeda apareció recortada contra la lluvia en la cresta de la loma: el sabueso guía.

La bestia clavó sus ojos amarillos en la mujer andrajosa que aguardaba junto a la orilla, enseñó los colmillos babeantes en un gruñido gutural y comenzó a descender la pendiente con saltos elásticos, seguido de cerca por otros dos perros que aullaban enloquecidos por la proximidad de la presa.

Liseth no dudó.

Se llevó ambas manos al cuello, apretó la reliquia de lino contra su esternón con una fuerza desesperada y se arrojó de cabeza al centro del torrente negro.

El frío del agua no fue una sensación térmica; fue una puñalada eléctrica que le paralizó el diafragma en el acto.

El impacto la sumergió en una oscuridad absoluta y turbulenta.

El río, preñado de sedimentos de turba y grava pesada, la arrastró con la violencia de un ariete, haciéndola girar sobre sí misma como una rama seca en un desagüe.

Liseth intentó bracear, pero sus extremidades entumecidas apenas respondían a las órdenes de su cerebro.

La corriente la golpeó contra una roca sumergida, magullándole las costillas derechas y arrancándole una burbuja de aire de los pulmones.

Tragó agua helada, amarga, con sabor a tierra descompuesta y raíces podridas.

Salió a la superficie tosiendo y boqueando, sacudiendo la cabeza para apartar los mechones trasquilados que se le pegaban a los ojos.

La fuerza del torrente la arrastraba a una velocidad vertiginosa hacia el recodo oriental del valle.

Al mirar hacia atrás a través de la espuma, vio a los tres sabuesos parados en la orilla pedregosa que ella acababa de abandonar.

Las bestias corrían de un lado a otro sobre los cantos rodados, metiendo el hocico en el agua, gimiendo con frustración salvaje al perder la pista olfativa: el torrente de turba había lavado la sangre de sus pies, cortando el hilo del rastro como si una tijera invisible hubiera segado el aire.

Segundos después, el resplandor de los faroles de carburo coronó la ribera.

Liseth divisó la figura alta y corpulenta de Silas Thorne deteniéndose al borde del agua con su capa militar empapada.

El médico alzó su linterna hacia la corriente embravecida, barriendo la superficie con el cono de luz amarilla; pero Liseth se dejó hundir hasta la barbilla, camuflándose entre los troncos flotantes y los remolinos de espuma sucia que bajaban hacia la garganta de piedra.

—¡Maldita sea! —llegó el rugido apagado de Thorne a través del viento—. ¡Registrad las dos orillas río abajo! ¡Una mujer enferma no resistirá tres minutos en ese hielo! ¡Si se ahoga, quiero su cadáver antes de que llegue al puente del molino!

La corriente arrastró a Liseth más allá del recodo, alejándola de las luces y de los ladridos hasta que la voz de su carcelero quedó sepultada bajo el fragor del agua salvaje.

El viaje por el río fue una agonía blanca.

Liseth no sabía cuánto tiempo pasó flotando a merced de la corriente.

Diez minutos, media hora, una eternidad de frío mineral que fue apagando sistemáticamente cada terminación nerviosa de su cuerpo.

Primero dejó de sentir las piernas; luego, los brazos se convirtieron en maderas inertes que solo se movían por el choque involuntario contra los remolinos; y finalmente, un adormecimiento dulce, pesado y letal comenzó a descender sobre su cerebro como una nube de cloroformo.

La hipotermia, la piadosa anestesia de los que mueren en la nieve, extendió sus dedos sobre su conciencia rota.

Su cadera chocó contra una lengua de guijarros y arena en una curva donde el río perdía fuerza al ensancharse hacia los pastizales bajos del valle. La corriente la empujó hacia la orilla como a un madero desecho de un naufragio.

Liseth abrió los ojos con una lentitud agónica.

No sentía su propio cuerpo. La lona de su camisón estaba congelada, tiesa como una plancha de hojalata sobre su piel azulada. Sus labios estaban negros; sus uñas no tenían color alguno; y de su nariz apenas brotaba un hilillo tenue de vaho que se disolvía en el aire gélido de la madrugada.

Se arrastró sobre los codos fuera del agua. Cada pulgada de avance sobre la hierba empapada le exigió un esfuerzo titánico, un estertor de voluntad donde la mente obligaba a la materia muerta a seguir reptando.

—Peter… —gimió en un suspiro que no llegó a ser palabra, una exhalación ahogada que se perdió en la maleza—. No me dejes… aquí…

Avanzó diez varas tierra adentro, alejándose del cauce, hasta topar con un murete bajo de piedra seca que delimitaba los campos de labranza de una pequeña parroquia rural.

Al otro lado de la cerca, recortada contra el horizonte grisáceo del amanecer que comenzaba a despuntar entre la niebla, se adivinaba la silueta solitaria de un pajar comunal con techumbre de paja y paredes de madera carcomida.

La tormenta comenzaba a ceder su furia, reemplazada por una calma espectral y lechosa que envolvía las colinas en un silencio sepulcral.

Liseth intentó levantarse apoyándose en la piedra seca del cercado, pero sus rodillas cedieron en el acto como si estuvieran hechas de cera derretida. Cayó de bruces sobre un lecho de helechos marchitos y hojas podridas.

Su mano derecha, entumecida y rígida como una garra de pájaro muerto, se deslizó por última vez hacia el escote del camisón. Sus dedos buscaron el saquito de lino.

Estaba allí. Húmedo, frío, pero a salvo sobre su carne inerte.

Una sonrisa débil, delirante y terrible curvó las comisuras de sus labios violáceos.

Los ojos de Liseth Sterling se pusieron en blanco.

La negrura absoluta de la inconsciencia se cerró sobre su mente como la compuerta de una tumba, mientras las primeras luces lívidas de la mañana de Yorkshire iluminaban su cuerpo abandonado al borde del camino, ignorante de si despertaría en este mundo o en el siguiente.