La novia de Blackthorn CAPÍTULO 2 El filo de porcelana #2
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CAPÍTULO 2 El filo de porcelana #2

La gota de agua cayó de nuevo desde la bóveda: chasquido.

Se estrelló contra la mejilla helada del cadáver.

Liseth cerró la puerta de roble a sus espaldas, pero no echó la llave. Cruzó el umbral y se internó en el pasillo subterráneo del Pabellón de Incurables.

La galería era un túnel abovedado de casi cincuenta varas de longitud, húmedo como una alcantarilla y oscuro como la boca de un horno apagado. A ambos lados se alineaban las puertas macizas de las celdas, con sus mirillas de hierro enrejadas a la altura de los ojos.

El hedor a sangre caliente y azufre que Liseth llevaba impregnado en las ropas no tardó en alertar a los monstruos encerrados en la penumbra.

Al pasar frente a la Celda 9, dos manos esqueléticas y cubiertas de costras purulentas asomaron por la tronera de hierro, agitando el aire con dedos crispados.

—¡Carne!… ¡Huele a matadero! —aulló una voz de mujer, desgarrada por años de histeria forzada—. ¡El carnicero ha caído! ¡Abrid las puertas, perras del diablo!

Aquel grito encendió la mecha del manicomio.

Como una jauría de lobos que ventea la sangre en mitad de la noche, las reclusas del pabellón comenzaron a golpear las maderas con los puños, las cadenas y los cuencos de latón.

¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

—¡Sácanos de aquí! —chillaba la vieja Mary desde la Celda 11, pateando los maderos con una furia demente—. ¡El fuego viene por los sótanos! ¡Que arda Blackthorn!

El estruendo se propagó por la galería como una ola de trueno. En las plantas superiores, los ecos metálicos resonaron a través de los conductos de ventilación, alertando a los celadores de guardia en la rotonda central.

A lo lejos, en lo alto de la torre de mampostería que coronaba el edificio principal, comenzó a sonar la campana de rebato.

¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!

Era el sonido que todas las internas temían más que al láudano o a las duchas heladas: el llamador de fuga. Tres campanadas cortas y una larga, el código que movilizaba a los guardias de los establos y ordenaba soltar los cerrojos de las perreras del doctor Silas Thorne.

Liseth no corrió a ciegas. A pesar de los alaridos ensordecedores y del tintineo enloquecedor de la campana en sus oídos, su mente funcionaba con una lucidez quirúrgica.

Sabía que subir por la gran escalera de caracol hacia la rotonda de administración era una sentencia de muerte: allí la esperarían los celadores con las trallas y las camisolas de lona encerada.

Su única vía de escape era la galería baja, el túnel de evacuación de las aguas fecales y el carbón que conducía al patio de los lavaderos, justo al pie del muro perimetral que separaba el asilo de los pantanos de Yorkshire.

Avanzó a zancadas rápidas sobre las losas resbaladizas, con los pies descalzos chapoteando en los charcos de agua sucia. El manojo de llaves de hierro tintineaba contra su muslo con un compás metálico y salvaje.

Al final del corredor se topó con la primera barrera: una colosal cancela de hierro forjado que cerraba el paso hacia el pasaje de los calderos. La cerradura era de bronce macizo, protegida por un escudo de chapa para evitar que las reclusas introdujeran astillas de madera.

Desde el piso superior llegaron los gritos apresurados de los guardias, acompañados por el ladrido lejano y amortiguado de los mastines en sus jaulas exteriores.

—¡Pabellón siete! —gritaba una voz masculina con acento rudo desde el descansillo de la escalera—. ¡Garrow no responde! ¡Traed los faroles de carburo y las trallas cortas!

Liseth no miró hacia atrás.

Con manos firmes, a pesar de que la sangre de Garrow hacía resbalar el metal entre sus dedos, probó la primera llave del manojo. No entró. Probó la segunda; el paletón era demasiado ancho.

Los pasos pesados de los celadores comenzaron a descender el primer tramo de escaleras de caracol. El resplandor amarillo de los faroles de carburo proyectó sombras alargadas y amenazantes sobre las bóvedas del túnel.

Liseth seleccionó la tercera llave: una pieza de bronce con tres ranuras cruzadas, la más pulida del aro.

La introdujo en el ojo de la cerradura. El mecanismo encajó a la perfección.

Liseth apoyó ambas manos sobre la cruz del hierro y giró con todo el peso de su cuerpo consumido.

El cerrojo interior, bañado en grasa de ballena, cedió con un chasquido sordo y rotundo.

Liseth empujó los barrotes de hierro dulce con el hombro, abriendo una rendija de apenas dos palmos, y se deslizó hacia la negrura del pasaje de servicio justo en el instante en que los primeros celadores irrumpían en el pabellón gritando maldiciones al descubrir el rastro de sangre fresca que

salía de la Celda 7.

Una bocanada de aire exterior —aire helado, limpio, cargado del perfume salvaje de la turba mojada y la lluvia del páramo— la golpeó en el rostro con la fuerza de una resurrección.

Liseth arrojó el quinqué contra el suelo de piedra para sumir el pasaje en la más absoluta oscuridad y echó a correr hacia la noche. La jaula de Blackthorn había sido reventada desde dentro; ahora, los sabuesos de Silas Thorne tendrían que disputarle su presa al barro y a la tormenta.