CAPÍTULO 2 El filo de porcelana
El trueno retumbó en las entrañas de la roca viva con la fuerza de un desprendimiento de tierras. La onda expansiva hizo tintinear los clavos del camastro y apagó durante una fracción de segundo el eco monótono de la gota de agua sobre las losas.
En ese instante preciso, mientras el celador Jem Garrow ladeaba la cabeza para arrimar la petaca de hojalata a sus labios agrietados, Liseth Sterling dejó de ser una mujer amarrada a un lecho de tormento; se convirtió en una trampa de resortes tensados por tres años de oscuridad.
Su brazo derecho, liberado de la vaqueta, se deslizó fuera del jergón de paja con la lentitud sinuosa de una víbora sobre cieno seco.
No hubo vacilación, ni temblor en las articulaciones entumecidas.
El dolor punzante que le subió desde la muñeca magullada hasta el omóplato no fue más que un aguijonazo lejano, un combustible químico que encendió sus fibras adormecidas.
Estiró los dedos huesudos hacia el taburete de tres patas.
A escasas cuatro pulgadas de la bota de Garrow, junto al quinqué humeante cuya llama amarilla bailaba en el aire viciado, reposaba el plato hondo.
No era de hojalata blanda como los cuencos del pabellón común; era una pieza antigua de loza inglesa de desecho, un plato de gres grueso y pesado, con los bordes cuarteados por mil lavados con lejía de ceniza,
que la intendencia del asilo reservaba para las reclusas peligrosas porque su peso impedía que lo arrojaran contra los visores de hierro.
Liseth cerró la mano sobre el borde del plato.
El frío del barro cocido le mordió la yema de los dedos. Con un movimiento seco, medido al compás del segundo trueno que desgarraba el cielo exterior de Yorkshire, alzó la pieza dos palmos y la estrelló con violencia contenida contra el ángulo de hierro del travesaño de su camastro.
¡CRAC!
El sonido de la porcelana al quebrarse fue un chasquido agudo, seco, que quedó sepultado bajo el bramido del viento en el respiradero. El plato se partió en tres grandes cuñas triangulares.
Garrow se detuvo con la petaca a medio camino de la boca. El alcohol le enturbiaba los reflejos, pero el instinto del carcelero avezado registró una anomalía en el aire. El hombre bajó lentamente el brazo, arrugando la frente sudorosa bajo el mechón de pelo grasiento.
—¿Qué demonios ha sido eso?… —masculló entre dientes, comenzando a girar el torso hacia el camastro—. Si estás rompiendo las tablas otra vez, perra de Londres, te juro por Dios que te meto la tralla hasta que…
No tuvo tiempo de concluir la amenaza.
Antes de que los ojos inyectados en sangre del celador pudieran enfocar el espacio entre las sombras, Liseth ya tenía entre sus dedos el fragmento mayor de la loza: una lasca de cuatro pulgadas de longitud, con una arista biselada tan afilada como la navaja de un barbero de arrabal.
Liseth no atacó al hombre todavía. La libertad exigía una secuencia exacta.
Ignorando el filo que se le clavaba en la palma de su propia mano, abrió la carne de sus dedos sin soltar un quejido y lanzó un tajo salvaje contra la correa de vaqueta que le aprisionaba el pecho.
La porcelana rasgó el cuero reseco con un silbido estridente: fssshh.
Las fibras de piel de buey cedieron bajo la sierra improvisada.
La correa se partió en dos con un chasquido elástico, liberando sus costillas de la opresión que le impedía inflar los pulmones por completo.
Un segundo tajo, ciego y desesperado, cayó sobre la atadura del brazo izquierdo. El cuero saltó, arrastrándole un jirón de piel de la muñeca que manchó de carmesí el lienzo del camisón.
Liseth Sterling estaba suelta de cintura para arriba.
Garrow completó el giro. La petaca de ginebra se le resbaló de las manos, cayendo con un golpe sordo sobre la paja.
La boca del celador se abrió en una mueca de incredulidad absoluta: la reclusa catatónica, la muerta en vida que llevaba semanas sin sostener la mirada, estaba incorporada sobre el jergón, con el torso alzado como el de un espectro que emerge de su sudario,
sosteniendo una daga blanca de loza teñida con su propia sangre.
—¡Maldita loca! —rugió Garrow, echando mano con torpeza al cinturón para desenganchar la tralla de nudos—. ¡Atrás! ¡Atrás o te reviento la cabeza!
El celador se arrojó sobre ella con todo el peso de sus doscientas libras de carne y manteca. Sus manazas callosas buscaron la garganta de Liseth para aplastarla contra los maderos del lecho.
Pero Liseth ya no era una mujer civilizada sometida al decoro de los salones victorianos; era un animal que había incubado su cólera durante mil noches de aislamiento en la Celda 7.
En lugar de retroceder o intentar esquivar la embestida, Liseth se impulsó hacia delante con la fuerza de sus hombros libres.
Se lanzó directamente contra el cuerpo de su carcelero, acortando la distancia para anular la ventaja de su corpulencia.
La bota de hierro del celador tropezó contra la pata del camastro y ambos rodaron hacia el suelo de piedra en un amasijo de miembros, lona desgarrada y juramentos ahogados.
El impacto contra las losas le vació el aire de los pulmones a Liseth, pero la adrenalina que le ardía en la sangre adormeció el golpe.
Garrow cayó encima de ella, aplastándola con su hedor a tabaco y vómito, intentando clavarle el pulgar en el ojo derecho para inmovilizarla.
—¡Quieta, víbora!… ¡Socorro! ¡Guardias en el pabellón… mmmph!
Liseth le hundió el filo de porcelana en el cuello.
No fue un golpe limpio ni quirúrgico; fue una puñalada salvaje, impulsada por el rencor de tres años de duchas de hielo y embudos de peltre.
El borde de gres atravesó la piel curtida de Garrow a la altura del ángulo de la mandíbula, rasgando los músculos laterales y abriendo una brecha humeante en la carne viva.
El celador soltó un gorgoteo espantoso. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, desorbitados por el asombro y el dolor agónico. La sangre caliente, espesa y con olor a hierro viejo brotó a borbotones sobre el rostro de Liseth, cegándole el ojo izquierdo con una máscara tibia y pegajosa.
Garrow soltó la tralla de cuero. Sus dos manos subieron instintivamente hacia su garganta destrozada, intentando taponar la herida que silbaba con cada intento desesperado de tomar aire.
Se retorció sobre las losas como un animal degollado en el matadero, golpeando las paredes con los talones de sus botas pesadas en un espasmo de muerte violenta.
Liseth se zafó de debajo del cuerpo convulsivo con la agilidad de una rata. Se arrastró sobre las rodillas, respirando con bocanadas roncas que le quemaban los bronquios.
No miró al moribundo. No había piedad, ni triunfo, ni asco en su semblante: solo una concentración férrea y matemática.
Con el fragmento de porcelana todavía firme entre los dedos ensangrentados, cortó con rapidez metódica las dos correas que aún le sujetaban los tobillos a la base del camastro. El cuero cedió con facilidad; sus pies descalzos, cubiertos de lodo viejo y costras de sabañones, quedaron libres por fin.
Se puso en pie.
Las piernas le temblaron de manera alarmante.
Durante unos segundos interminables, el techo de la celda pareció girar en un torbellino de sombras calizas; la debilidad provocada por meses de inanición y sangrías amenazó con derribarla contra el suelo.
Liseth apretó la mandíbula hasta que los dientes le crujieron, clavándose las uñas en los muslos para obligar a sus nervios a sostener el peso de su esqueleto.
—No aquí… —susurró para sí misma, con una voz rota y áspera por el desuso—. En Blackthorn no. Peter me espera.
A sus pies, Garrow había dejado de debatirse.
Los estertores de su garganta se habían transformado en un gorgoteo débil y espumoso; sus párpados aleteaban hacia arriba, mostrando el blanco de los ojos, mientras un charco negro de sangre arterial se expandía lentamente por las hendiduras de las losas de piedra, alcanzando el borde de la estera.
Liseth cayó de rodillas junto al camastro.
Había algo más valioso que la vida misma enterrado bajo aquel suelo infecto.
Metió los dedos por debajo de la estructura de madera, tanteando en la oscuridad hasta encontrar la juntura entre el tercer y el cuarto sillar de granito. Con la uña del pulgar desgarrada hizo palanca sobre la arista floja. La piedra cedió hacia arriba con un leve chasquido de cal seca.
Introdujo la mano en la oquedad polvorienta.
Allí estaba.
El paquetito envuelto en lino y sellado con cera virgen reposaba intacto en el hueco de la tierra.
Liseth lo extrajo con una delicadeza infinita, como si sostuviera el corazón palpitante de un pajarillo recién nacido.
Con el dorso de la mano limpia se retiró la sangre del celador que le caía sobre las pestañas y contempló su tesoro bajo la luz del quinqué: el rizo castaño claro de Peter Holloway brillaba tras la tela cruda, intocado por la inmundicia de Blackthorn.
Se llevó la reliquia a los labios agrietados. El contacto del lino contra su boca le devolvió el alma al cuerpo, disipando el mareo y la debilidad como un bálsamo milagroso.
—Voy hacia ti, Peter —murmuró, guardándose el fardo en el interior del escote de su camisón, apretándolo contra su piel desnuda, justo encima del esternón, donde el latido desbocado de su corazón lo mantendría caliente.
Se volvió hacia el taburete.
Sobre la madera reposaba el pesado manojo de llaves de hierro que Garrow había dejado caer.
Liseth lo tomó con ambas manos. El aro era grande, frío y macizo, con más de quince llaves de distintos tamaños: llaves de paletón cuadrado para las celdas de castigo,
llaves de doble guarda para las rejas intermedias y la enorme llave maestra de bronce que abría la cancela de salida hacia el patio inferior.
Tomó también el quinqué de latón. Bajó la pantalla de cristal para reducir la mecha a una débil brizna azulada, lo bastante tenue como para iluminar sus pisadas sin proyectar sombras delatoras hacia los corredores altos.
Se detuvo un segundo ante el umbral de la Celda 7.
Miró hacia atrás. El cuerpo inerte de Jem Garrow yacía tendido boca arriba sobre el suelo de piedra, con la mirada vidriosa clavada en el techo goteante y las manos empapadas en su propia sangre.