La novia de Blackthorn CAPÍTULO 1 La celda de hierro #2
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CAPÍTULO 1 La celda de hierro #2

El cerrojo dio dos vueltas con un chasquido sordo que hizo temblar la mampostería.

La puerta de roble macizo reforzada con planchas de hierro se abrió hacia el corredor.

Garrow entró tambaleándose, dejando el quinqué sobre un taburete de tres patas junto a la letrina de zinc.

Llevaba en la mano una jofaina de peltre abollada con los restos de una gacha de avena fría y un jarro de hojalata con agua de pozo.

Su chaqueta de paño pardo estaba desabrochada, revelando una camisa de franela grasienta y el cinturón de cuero grueso del que colgaba una tralla corta de nudos: el «apaciguador» reglamentario de Blackthorn.

—Vamos, bella durmiente —gruñó el celador, pateando la pata del camastro con la puntera de su bota de hierro.

La vibración sacudió la espalda de Liseth, arrancándole un gemido involuntario—.

Arriba esa cabeza. Si el doctor ve que no te has tragado el rancho, me descontará dos peniques del jornal por desidia.

Y ya bastante tengo con soportar los gritos de la francesa de la celda doce.

Garrow se inclinó sobre ella. El vaho de su aliento a ginebra le quemó la nariz a Liseth como una bocanada de alcohol desnaturalizado.

El hombre extendió una mano huesuda y callosa, asiéndola de la mandíbula con una fuerza brutal para obligarla a mirar hacia la luz del quinqué.

Liseth mantuvo la mirada extraviada, con las pupilas fijas en una esquina oscura del techo abovedado, fingiendo que sus nervios no registraban el dolor de sus dedos aplastándole los huesos del maxilar.

—Mírate… —se burló Garrow, soltando una risotada húmeda—. Ni para abono sirves ya, señorita Sterling. Pensar que tu pariente pagó cien libras de oro para que no salieras viva de este pozo… y aquí sigues, respirando como una rata entre las piedras.

Las palabras golpearon a Liseth como una descarga de salmuera sobre una llaga viva.

«Tu pariente pagó cien libras de oro para que no salieras viva de este pozo…»

Una punzada de hielo le atravesó las sienes.

No era Peter; en la mente febril de Liseth, la figura de su tío paterno —aquel anciano avaro de Bath que siempre codició los terrenos de Highgate— se alzó como el verdadero culpable de su encierro.

Aquello encajaba a la perfección con su fantasía de rescate: su familia la había vendido, pero Peter…

Peter seguía esperándola al borde del mar.

Garrow soltó su mandíbula con un manotazo despectivo. Sacó de su bolsillo un cuenco de peltre y una cuchara de madera desportillada.

—Vas a tragar esto por las buenas, muchacha —dijo el celador, apoyando una rodilla sobre el borde del camastro—. O tendré que soltarte la correa del brazo para que te lo comas tú misma mientras me fumo una pipa.

Garrow vaciló. La pereza del alcohol y el frío que le agarrotaba los dedos inclinaron la balanza hacia la imprudencia. Con un bufido de impaciencia, alargó la mano derecha hacia la hebilla de hierro que sujetaba el brazo derecho de Liseth al barrote de madera.

El cuero crujió al deslizarse por la hebilla.

La correa se abrió. El brazo derecho de Liseth —una extremidad delgada, cubierta de moratones y con las uñas rotas por el barro— quedó libre por primera vez en tres semanas.

Liseth no movió un solo músculo. Mantuvo el brazo inerte sobre el camastro, como si fuera un miembro muerto de un cadáver diseccionado en un anfiteatro anatómico.

Garrow soltó un juramento satisfecho al ver que la reclusa no oponía resistencia. Dejó la cuchara sobre la estera, se dio media vuelta hacia el taburete para tomar el jarro de hojalata y, al inclinarse, cometió el descuido final que el destino llevaba tres años tramando en la oscuridad:

El pesado manojo de llaves de hierro, que colgaba de un mosquetón de latón desgastado en su cinto, chocó contra el borde del taburete y se soltó con un tintineo seco, cayendo sobre el asiento de madera,

justo al lado del quinqué encendido y del plato hondo de porcelana y peltre que contenía la gacha rancia.

Garrow no se percató de que las llaves se habían desprendido de su cinto. Estaba ocupado descorchando una petaca plana de ginebra que llevaba escondida en el bolsillo interior de su chaleco.

A espaldas del carcelero, en la penumbra del camastro de hierro, la mano derecha de Liseth Sterling cobró vida.

Sus dedos, largos y huesudos como las garras de un halcón herido, se cerraron con una lentitud milimétrica sobre la estera de paja.

La mirada vacía y lechosa de sus ojos se transformó en dos brasas de pura furia homicida.

El temblor de la fiebre desapareció de su cuerpo; sus músculos, templados en tres inviernos de resistencia sobrehumana contra la disciplina del dolor, se tensaron como cuerdas de violín a punto de quebrarse.

Afuera, la tormenta de Yorkshire desató un trueno descomunal que sacudió los cimientos de la fortaleza de Blackthorn, ahogando cualquier sonido en el corredor.

Bajo la luz parpadeante del quinqué, Liseth miró el plato de porcelana sobre el taburete. Miró el manojo de llaves de hierro. Y luego miró la nuca descubierta y sudorosa del hombre que custodiaba su tumba.

La bestia de la Celda 7 acababa de despertar de su letargo. La noche de la sangre estaba a punto de comenzar.