La novia de Blackthorn
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CAPÍTULO 1 La celda de hierro
El agua no caía; se descolgaba desde la juntura de dos sillares de granito, hinchada de moho y cal muerta, antes de estrellarse contra el centro exacto de la frente de Liseth Sterling.
Gota.
El impacto era un chasquido sordo que le taladraba el cráneo con una regularidad matemática.
Hacía meses —quizá un año entero, pues el tiempo en el ala subterránea carecía de estaciones— que Liseth había aprendido a contar los intervalos entre cada caída.
Doce latidos lentos de su propio corazón.
Doce pulsaciones sordas y apagadas, y luego el beso helado del agua de lluvia filtrada a través de las turberas de Yorkshire.
Afuera, la tormenta de octubre azotaba los páramos con la saña de un látigo mojado, haciendo gemir las rejas de hierro dulce incrustadas en el respiradero superior de la Celda 7.
Liseth no intentó apartar la cabeza. No podía.
Estaba atada de espaldas a un camastro de pino y hierro forjado, cuya estera de paja apelmazada hedía a orina rancia y a salitre.
Dos anchas correas de vaqueta negra, endurecidas por el sudor seco de decenas de reclusas que la habían precedido en el delirio, le cruzaban el pecho y los muslos, sujetándola a los barrotes laterales con hebillas de doble pasador.
En las muñecas y los tobillos, unos brazales de cuero forrados de bayeta desgastada le apretaban la carne hasta cortarle el pulso; bajo ellos, la piel conservaba una costra perpetua de rozaduras infectadas y cicatrices violáceas,
recuerdos indelebles de las noches en que la fiebre la empujaba a revolverse como una fiera atrapada en un cepo de alambre.
Tenía veinticuatro años, pero si un espejo se hubiera cruzado en su camino, Liseth no habría reconocido en aquel despojo a la heredera de los Sterling de Highgate.
Estaba consumida hasta el hueso. Las clavículas se dibujaban bajo la piel cetrina y translúcida como dos aristas de yeso afilado; sus pómulos parecían a punto de rasgar las mejillas hundidas,
y sus ojos —antaño de un avellana profundo que despertaba sonrisas en los salones de Londres— se habían transformado en dos cuencas febriles, desorbitadas, rodeadas por cercos negruzcos de insomnio forzado.
Su cabello castaño oscuro, que en otra vida caía en bucles perfumados sobre hombros de batista, era ahora un estropajo desigual y trasquilado a tijeretazos brutales: una mañana de invierno, dos celadoras del asilo la habían inmovilizado contra el suelo húmedo para cortárselo a rape,
alegando que los piojos y la «excitación nerviosa de la histeria» anidaban en las melenas largas de las mujeres réprobas.
Vestía únicamente un camisón de lona de vela, burdo, áspero como un saco de arpillera, tieso por los sucesivos lavados con lejía de ceniza en los calderos del sótano. La tela húmeda se le pegaba a las costillas con la frialdad de una lápida.
Gota. Doce latidos. Gota.
A lo largo del corredor de piedra, el Asilo de Blackthorn despertaba con su habitual coro de atrocidades nocturnas.
A tres puertas de distancia, la mujer a la que llamaban la «Condesa del Pantano» aullaba contra la madera de su mirilla, arañando los tablones hasta arrancarse las uñas, convencida de que serpientes de agua le reptaban por el vientre.
Más lejos, en la sala de hidroterapia refractaria, el chirrido de las bombas de presión anunciaba el castigo matutino: el chorro de agua helada a sesenta libras de presión, estrellándose contra la columna vertebral de alguna infeliz amarrada a la silla de inmersión para «abatir el furor uterino».
El aire que se colaba por la rendija inferior de la puerta blindada traía consigo la atmósfera condensada de la institución: una pestilencia densa y química a ácido fénico, sulfato de magnesia, hidrato de cloral, lana podrida y el hedor acre, inconfundible,
del vómito inducido por el tártaro emético.
En mitad de aquel estercolero de la mente humana, Liseth permanecía inmóvil.
Respiraba con una lentitud calculada, apenas inflando el pecho para que las correas de cuero no le oprimieran el diafragma.
No gritaba. Hacía más de seiscientos días que había comprendido que gritar en Blackthorn era una invitación directa al embudo de peltre: ese instrumento cónico de metal que los enfermeros le clavaban en la garganta, haciéndola sangrar las encías,
para verter forzosamente tres cuartillos de láudano con jarabe de adormideras hasta dejarla sumida en un coma babeante durante cuarenta y ocho horas.
Liseth Sterling no estaba loca. O, al menos, no con la locura dócil y degradante que el doctor Silas Thorne diagnosticaba en sus cuadernos de casos clínicos.
Su locura era otra. Una llama fría, mineral y matemática que ardía en un rincón sellado de su cerebro, alimentándose del único secreto que los carceleros no habían logrado arrancarle con las sangrías ni los baños de hielo.
Con un esfuerzo milimétrico que le tensó los tendones de la pierna izquierda, Liseth deslizó el talón descalzo sobre las losas de piedra del suelo.
La planta de su pie, encallecida y negra por la suciedad acumulada, buscó la juntura entre el tercer y el cuarto sillar que yacían bajo el borde del camastro.
Allí estaba.
La arista de la losa se movió apenas dos milímetros hacia arriba. La piedra estaba suelta desde la primavera pasada, cuando una filtración subterránea había disuelto la argamasa de cal.
Debajo de aquel sillar, envuelto en una tira de lino que Liseth se había arrancado del dobladillo de su camisón y sellado con cera de una vela caída, descansaba su único tesoro en la tierra.
Un mechón de cabello castaño claro, sedoso como el terciopelo de una levita burguesa, anudado con una hebra de seda azul. El cabello de Peter Holloway.
Al evocar su nombre en la penumbra, el pecho de Liseth dio un vuelco doloroso, un espasmo de devoción salvaje que le devolvió el calor a las extremidades entumecidas.
Peter.
El joven médico de mirada dulce y dedos largos que la visitaba en el invernadero de Highgate.
El hombre que la sostenía entre sus brazos cuando la muerte de sus padres la dejó sola al frente de una fortuna en tierras y consols de la Corona que ella apenas comprendía.
El hombre que le juraba que su amor estaba por encima de las convenciones de la gentry londinense.
En la memoria de Liseth, purificada y pulida por tres años de oscuridad absoluta, el recuerdo de Peter se había transformado en una reliquia sagrada.
No recordaba la frialdad repentina en los ojos de su prometido cuando los abogados leyeron el testamento paterno; no recordaba el carruaje negro que él mismo había hecho detener frente al portal de la mansión una tarde de niebla de 1881;
ni la taza de té con regusto amargo que él le sirvió con sus propias manos antes de que dos caballeros vestidos de negro —los peritos alienistas sobornados por Holloway— cruzaran la puerta del salón con dos órdenes de internamiento firmadas bajo el cargo de «manía erótica y demencia moral peligrosa
para sí y para terceros».
Para Liseth, en el fondo de su sepulcro de granito, Peter era la víctima inocente de una conspiración que aún no alcanzaba a desentrañar.
«Él vendrá», se repetía en un susurro mudo, moviendo los labios resecos contra la gota helada que caía del techo.
«Está reuniendo el dinero. Está buscando a los jueces. Me prometió en su última carta que me esperaría en Oakhaven… en su casona junto a los acantilados. Me juró que ni la tumba nos separaría».
Aquel delirio romántico era el único andamio que sostenía su cordura rota.
Si aceptaba por un solo segundo que Peter Holloway la había arrojado a las mazmorras de Blackthorn para liquidar sus rentas y pagar sus deudas en los clubes de juego, la mente de Liseth se desintegraría en la nada como un puñado de ceniza arrojado al vendaval.
Peter era su redentor; Peter era su sol; y para llegar a él, Liseth estaba dispuesta a abrirse paso a mordiscos a través de las entrañas de la tierra.
Un ruido metálico en el exterior del corredor la arrancó de sus cavilaciones.
No era el paso marcial del doctor Thorne, cuyos botines de suela dura anunciaban la ronda de inspección con una precisión implacable, ni el trote ligero de los celadores subalternos.
Eran pasos pesados, torpes, acompañados por el arrastrar de unas botas claveteadas y el hipido ruidoso de un borracho que lucha contra la gravedad.
Jem Garrow.
El celador nocturno del pabellón de incurables.
Un exmozo de cuadras de casi dos varas de estatura, con brazos como jamones y una barba mugrienta manchada de tabaco negro, a quien el doctor Thorne pagaba una miseria complementada con el derecho de imponer su propia ley entre las enfermas que no recibían visitas ni cartas del exterior.
La pesada mirilla de hierro de la puerta de la Celda 7 se deslizó con un chirrido agudo.
El cono de luz amarilla de un quinqué de latón cortó la tiniebla de la celda, cegando a Liseth durante unos segundos. El hedor penetrante del celador se coló por la hendidura antes incluso de que su rostro asomara: ginebra barata de bayas de enebro, manteca podrida y tabaco mascado.
—¿Sigue despierta la pajarita de Londres? —masculló Garrow con una voz pastosa y cavernosa, asomando un ojo inyectado en sangre por el ventanuco—. Maldita noche de perros… El barro se mete por las troneras y el viejo Thorne paseando por la botica como si fuera el obispo de York.
Liseth cerró los ojos y aflojó los músculos del cuello, dejando caer la cabeza hacia el costado derecho del camastro. Dejó la boca entreabierta y soltó un hilillo de saliva sobre el lienzo sucio.
Era su mejor representación: el estado catatónico. La «demencia estuporosa» que tanto complacía al director en sus visitas de los viernes. Si el celador creía que estaba sedada por las gotas de la cena, pasaría de largo hacia el siguiente cerrojo.
Pero Garrow estaba demasiado borracho y demasiado aburrido.
Se escuchó el tintineo formidable de un manojo de llaves de hierro colgado de su cinto.
Una de las llaves —la más grande, de paletón cuadrado y tres ranuras transversales, que abría los cerrojos de doble tranca del pabellón— rascó el ojo de la cerradura con torpeza.