La Novia Cautiva (Mafia Lords of Sin 14) 19. Rose
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19. Rose

ROSE

—Quiero salir.

Calvin levanta la cabeza desde donde está agachado ante mí, apretándose los cordones de los zapatos, y la inclina hacia un lado. —¿Adónde?

—Fuera.

Frunce el ceño apenas un poco. —Necesito algo más concreto.

—¿De verdad cada cosa que hago requiere algún tipo de séquito?

Calvin termina con los cordones de sus elegantes zapatos negros y se pone en pie. —Sí.

—¿Por qué?

—Eres la esposa de Konstantin. No das un paso fuera de la puerta principal sin un séquito, ya sea oculto o a la vista.

—¡Oh, Dios mío, esto es asfixiante! —Apartándome del marco de la puerta, irrumpo en la cocina y paso por su lado de largo—. Solo quiero salir.

—¿Adónde?

La irritación brota bajo mis costillas y se hincha a medida que Calvin continúa hablando con esa voz suya siempre agradable y tranquila. No es la fuente de mi ira, en realidad.

Todo recae sobre mí y el tiempo que se me escapa. Me queda una semana antes de que Mathew venga a llamar a la puerta y, si no estoy embarazada, todo habrá terminado.

—Necesito productos para la regla, ¿vale? Los que hay arriba me están dando sarpullido, es vergonzoso, ¿y ahora tengo que decirlo en voz alta y llevar a siete guardias conmigo para comprar tampones? —Girando sobre mis talones, me enfrento a Calvin con los brazos cruzados—. Es ridículo.

—No deberías avergonzarte —responde Calvin—.

No estás rodeada de niños o adolescentes que se burlen al mencionar el periodo.

Todo el mundo aquí puede manejar algo así.

—Calvin echa un vistazo a su reloj—. Pero en interés de tu salud, probablemente sea mejor que te consigamos productos nuevos de inmediato.

—¿Sin un séquito? —Ya será bastante difícil ocultarle un test de embarazo a él, sin mencionar a un puñado de otros guardias vigilantes.

—Pueden seguirnos —decide Calvin mientras saca su teléfono—. Vamos, te llevaré en mi coche.

Envía un mensaje rápido a alguien y cinco minutos después estamos conduciendo hacia la ciudad sin el séquito habitual que nos sigue a Kon o a mí. No me hago ilusiones. Estarán con nosotros pronto y dudo que Calvin me haya sacado así sin algún tipo de medida de seguridad establecida.

Apoyada en el asiento del pasajero, miro por la ventana los edificios que pasan, pero nada capta mi atención. Mi concentración es nula si no se trata de tener un bebé.

La condición de Kon debería significar que follamos más a menudo, pero el hombre mantiene el control de sus pasiones y solo nos hemos acostado dos veces desde aquella noche en la biblioteca.

Dos veces podrían ser más que suficientes y no saberlo es lo que me mantiene despierta por la noche.

Reprimo un bostezo y entonces Calvin se estira hacia adelante y enciende algo de música.

Es una distracción agradable por un rato hasta que llegamos a una farmacia. —Necesito dinero.

Calvin me mira entrecerrando los ojos. —Kon te puso en su tarjeta de crédito, ¿verdad?

—No voy a entrar ahí usando una puta tarjeta platino para comprar tampones. ¿De verdad quieres discutir conmigo ahora mismo? Porque siento como si el útero se me estuviera desgarrando y estoy a punto de arrancármelo y lanzártelo si no me das algo de efectivo.

Calvin abre mucho los ojos y mete la mano en el bolsillo, luego pone un puñado de billetes arrugados en mi mano abierta.

Ni siquiera le doy las gracias.

Salto del coche y entro corriendo en la farmacia mientras él se apresura a seguirme.

Por suerte, los tests de embarazo son fáciles de localizar, así que agarro uno del estante, lanzo los billetes hacia el cajero y salgo disparada hacia el baño. La puerta se cierra de golpe tras de mí.

Podría ser esto.

Un test y todo estará bien.

Me tiemblan las manos mientras abro la caja y saco el test del envase, pero se me resbala de los dedos y repiquetea en el lavabo mientras un golpe retumba contra la puerta.

—¿Rose? —llama Calvin.

—¡Dame un minuto! —le espeto en voz alta, luego bajo el tono—. Solo un minuto. —O tres.

La tensión me recorre como una fiebre, el sudor me perla la frente y la camiseta se me pega a la espalda mientras me pongo en cuclillas con torpeza y orino en el palito mientras hago equilibrios sobre el váter.

Como siempre, acaba manchándome las manos, pero el palito está cubierto, y eso es lo único que importa.

Una vez que termino, lo dejo a un lado y me lavo las manos lentamente en el lavabo.

Si estoy embarazada, eso será bueno.

¿Lo será?

El pensamiento no me trae tanta paz como antes.

Al principio, era un simple peldaño para salvar a mi familia de la deuda aplastante y la amenaza de los hermanos Vasiliev.

¿Pero ahora?

Ahora conozco a Kon. Me gusta. Mucho.

No me ha presionado para nada, no me ha empujado a ningún tipo de papel o molde. Se sienta y me escucha, comemos juntos y me da libertad sin cuestionarme.

¿Realmente puedo romperle el corazón entregando su bebé a hombres que quieren hundirlo?

La culpa roe cada latido frenético de mi corazón mientras me seco las manos y luego miro el temido test.

No embarazada.

Por supuesto que no. ¿Cómo podría ser de otra manera?

La desesperación me obstruye el pecho y mi siguiente aliento se queda atrapado en la garganta, haciéndome toser y tener arcadas.

Una punzada de náuseas me recorre y me agarro al lavabo de porcelana fría, atrapada en el impulso violento de vomitar.

La sensación se asienta justo encima de mi estómago, pero choca con el nudo de culpa bajo mis costillas y nada se mueve.

Solo hay presión.

Una presión interminable.

—Joder —murmuro—. ¿Qué demonios voy a hacer?

Pasa demasiado tiempo y las voces se alzan fuera de la puerta, así que me echo agua fría en la cara, tiro el test y abro la puerta. El rostro de Calvin es un poema de preocupación que apenas logra ocultar.

—¿Estás bien?

—Necesito caminar —digo en voz baja—. Solo... necesito caminar.

Esta vez, no me cuestiona.

Simplemente se hace a un lado y me deja caminar hacia la puerta y salir a la calle.

Calvin me sigue como una sombra justo detrás de mí, y lo oigo vagamente decirle a alguien que compre todo el stock de tampones de la tienda hasta que encuentren unos que yo pueda usar.

Sería divertido si no estuviera tan destrozada.

Es como si estuviera en medio de una balanza con mi familia en un lado y Kon en el otro, mientras Mathew los inclina de un lado a otro con sus amenazas.

No debería sentirme culpable por Kon.

Ni siquiera debería sentir ninguna responsabilidad por él porque solo lo conozco desde hace unos dos meses, ¿y quién se casa con una mujer a la que nunca ha visto?

No debería sentir lo que siento.

Pero lo siento. El afecto por Kon ha florecido y se ha entrelazado en mi pecho con cada caricia posesiva, hambrienta y exigente.

¿Cómo puede un hombre tan frío y peligroso para todos los demás ser tan amable conmigo?

Camino hasta el final de la calle y tomo un pequeño sendero para caminar junto al río.

El calor cae con fuerza desde arriba y el sudor me pica en el nacimiento del pelo bajo la coleta.

Quizá su amabilidad no debería ser una sorpresa. Calvin es el ejemplo perfecto de cómo trata Kon a las personas que actúan bien con él.

¿Qué me haría a mí si supiera la verdad?

¿Me ayudaría a recuperar a mi familia o me mataría allí mismo por intentar traicionarlo?

No puedo imaginar que un hombre como Kon fuera clemente si supiera que estaba intentando tener su bebé para entregárselo a unos monstruos y así salvar mi propio pellejo.

Por otro lado... tal vez se apiadaría de mí y lo entendería.

Mis pensamientos van de un lado a otro, pero en última instancia, no puedo decidirme.

Su reacción ante todo este infierno no es algo que pueda adivinar porque apenas puedo mantener mis propios sentimientos sobre el asunto en un solo lugar.

—¿Rose? —La voz de Calvin interrumpe mis pensamientos mientras se pone a mi altura.

—Déjame en paz.

—No.

—¿Qué? —Lo miro de reojo y me veo obligada a entrecerrar los ojos porque el sol brilla sobre su cabeza.

—Kon me encargó que cuidara de ti y sé que algo va mal. Lo ocultas bien, pero cuanto más te conozco, más claramente veo tus grietas. Algo te molesta y mi trabajo es arreglarlo.

¿Se está volviendo tan obvio?

La grava cruje bajo nuestros pies mientras caminamos y vuelvo a centrar mi atención en el río, intentando concentrarme en el sonido del agua y el lejano chirrido de los pájaros en el aire.

Nada de eso me calma realmente.

—Rose —lo intenta Calvin de nuevo—. Estás sufriendo. ¿Es por tu familia? ¿Los echas de menos? Estoy seguro de que podemos encontrar la manera de que los veas más a menudo. ¿Es por cómo pasas el tiempo? Si estás aburrida y quieres ampliar tus horizontes, también podemos hacerlo. ¿O es por otra cosa?

No se rinde, ¿verdad? Pregunta tras pregunta como si la solución fuera suya para entregarla.

Espera... ¿y si él es la solución?

Me detengo en seco y me enfrento a él. Calvin se para a mi lado y sus labios esbozan una suave sonrisa, probablemente pensando que ha dicho algo que me está llegando.

En cierto modo, lo ha hecho.

Kon es estéril.

Nadie lo sabe.

Tal vez esa sea la clave de todo este lío.

Mathew quiere que me quede embarazada, pero si Kon no puede hacerlo, tal vez otro sí pueda.

Después de todo, no habría forma de que pudieran saber que el bebé no era de Kon y, si lo hicieran, sería mucho después de que yo hubiera salvado a mi familia de esos bastardos.

En un arranque de desesperación al ver que la respuesta a mi problema está justo frente a mí, me lanzo a los brazos de Calvin y me aferro a su camisa mientras intento desesperadamente besarlo.

Lo intento y fallo.

Calvin tiene unos reflejos asombrosos y nuestros labios ni siquiera se tocan antes de que me agarre firmemente de los hombros y me mantenga a distancia. —Rose. Para.

No suena enfadado.

Ni siquiera molesto.

Simplemente suena triste, como si tuviera lástima de mí, y la pena en su tono de repente resquebraja lo último que queda de mi resolución y rompo en sollozos desesperados y abiertos.

El rechazo no duele, pero la simpatía en su expresión sí, como si mis acciones hubieran confirmado lo que sea que ha estado pensando sobre lo que me pasa.

En lugar de apartarme, Calvin me atrae hacia un abrazo y mis piernas ceden mientras sollozo contra su hombro.

Estoy perdida.

No tengo ni idea de qué hacer.

Ni idea de cómo arreglar esto.

Mi familia morirá porque no puedo solucionar esto, y entonces Kon descubrirá la verdad, y me matará o me descartará. De cualquier manera, mi destino es oscuro y no tengo esperanzas de salir de esta con vida.

—Está bien —dice Calvin y su voz tiembla ligeramente—. Rose, sé que estás sufriendo. Sea lo que sea, puedo ayudar. Kon puede ayudar. Solo tienes que hablar con nosotros.

—¡Tú no p-puedes ayudar! —lloro entre lágrimas e hipos que me recorren el pecho—. ¡No t-tienes idea de cómo es, no tienes idea de lo que tengo que hacer! Todo es culpa mía. Esto... ¡todo es c-culpa mía!

—Rose —dice Calvin y su pecho se eleva como si fuera a decir algo más. Pero antes de que pueda, de repente me lanza al suelo y me cubre con su cuerpo mientras varios estallidos resuenan en el aire sobre mí.

—¡Quédate abajo! —me grita al oído y luego se va, dejando de ser un peso protector sobre mí.

Me quedo allí tendida, congelada y a medio sollozo mientras varios disparos más restallan en el aire.

El pánico me atenaza como un tornillo frío.

Me pongo a gatas y gateo desesperadamente hacia un banco cercano, pero justo cuando alcanzo la pata, una mano me agarra el tobillo y empieza a arrastrarme hacia atrás.

Grito y me giro sobre la espalda, y me encuentro con el caos.

Calvin está enzarzado en una pelea con un hombre, intercambiando golpes y asestando tantos como recibe.

Otros dos guardias están en peleas similares mientras un tercero está en el suelo con los ojos cerrados y el carmesí extendiéndose por su pecho.

El desconocido que me sujeta el tobillo sonríe mientras me aleja del banco y yo le lanzo patadas.

Mi otro pie choca contra su codo, pero eso no lo inmuta mientras saca una pistola de la cintura.

Un disparo resuena en el aire y cada parte de mí se congela, pero el dolor no llega.

En su lugar, el hombre da un paso torpe hacia adelante y luego se desploma sobre mí.

—¡No! —grito y uso todas mis fuerzas para quitármelo de encima.

Varios disparos más estallan a mi alrededor y luego se hace el silencio mientras aparto el cuerpo con un grito y clavo los talones en la hierba para alejarme de él.

—¡Rose! —Calvin corre a mi lado y su mano se posa en mi hombro, pero al instante me zafo con un respingo—. ¿Estás bien? ¿Estás herida?

No puedo hablar. Mis ojos se clavan en la mirada abierta y vacía del hombre muerto y no puedo apartar la vista.

—¡Rose!

—Estoy bien —grazno—. E-estoy bien.

—Joder. Vale. —La mano de Calvin rodea mi brazo y me pone en pie—. Vamos, tengo que sacarte de aquí.

Finalmente rompo el contacto visual con el cuerpo y bajo la vista hacia donde su ropa arrugada reposa desordenada sobre su pecho.

Calvin no pierde tiempo en cogerme en brazos y, al hacerlo, noto algo más familiar en el desconocido.

Su chaqueta se ha abierto y justo al lado de la mancha de sangre carmesí brillante hay un pin plateado con forma de garza.