20. Konstantin
KONSTANTIN
—Has matado a mi hijo.
¿Este cabrón ha tardado una semana en decidir una hora y un lugar para la reunión y así es como me recibe?
La rabia recorre mis pensamientos como el prender de una llama mientras el calor aumenta en mi pecho.
—Tu hijo me robó —respondo en voz baja con la mirada fija en Leo, el don italiano que ha sido una espina clavada en mi costado desde antes de mi boda con Rose—. Recibió lo que se merecía.
—¡¿Robó?! —Leo, que lleva un abrigo pesado para parecer más alto y corpulento de lo que es en realidad, da un paso adelante que envía una ola de tensión a través de sus guardias y de los míos.
Estamos frente a frente en un almacén abandonado cerca de los muelles, el único lugar que limita con nuestros territorios sin poner en peligro a civiles si esto sale mal.
Lo último que necesito es que la policía interfiera.
—Sí. R-o-b-ó —repito mucho más despacio esta vez.
—¡Mi hijo no ha robado nada en su vida! —grita Leo con tal furia que se le pone la cara morada y suelta saliva entre los dientes apretados—. ¡Y te quedas ahí con semejante acusación como si justificara que lo hayas asesinado!
—Lo hace. —Fuerzo mis hombros a bajar una fracción—.
No es ningún secreto que tengo una política de tolerancia cero para mierdas como esa.
Cero. Tuvimos un trato breve cuando llegué al estado, en el que dejé claro cómo dirijo las cosas.
Me viste cortar las cabezas de mis propios hombres que se creyeron lo bastante listos para robarme. ¿Qué hace que tu hijo sea diferente?
—Puedes justificar esto como te salga de los huevos —gruñe, y me señala con una mano cargada de anillos—. Pero no me detendré nunca, ¿me oyes? No pararé hasta haber enviado tus pelotas de vuelta a Rusia en una puta caja.
—¿Entonces por qué has exigido una reunión?
—Quería mirarte a los ojos cuando admitieras haber matado a mi chico —gruñe Leo y las lágrimas brillan en sus ojos—. Quería ver la expresión de tu cara cuando jurara quemar tu imperio. Y quiero ver el dolor en tus putos ojos cuando te diga esto.
Leo avanza de nuevo y sus hombres se mueven como las ondas en un estanque.
—No tienes un hijo que yo pueda arrebatarte, así que cobraré mi sangre de otra parte, ¿me oyes? Desangraré a esa zorra tuya hasta que corra la misma suerte que tu última esposa, y entonces yo...
No llega al final de la frase.
Su amenaza contra Rose es suficiente para zanjar el asunto por mi parte, así que saco mi pistola de la funda que abraza mis costillas y disparo tres veces.
Una impacta en el hombro de Leo y las otras dos le pasan rozando cuando uno de sus guardias se lanza sobre él, quitándolo de en medio.
Mi disparo es como una chispa que enciende gas, y el almacén entero estalla en una explosión de disparos y gritos.
Como predije, Leo tiene hombres escondidos en las vigas, y surgen de la oscuridad con los rifles en alto y el dedo en el gatillo.
Pero yo he traído a mis propios hombres y chocan con rabia.
—¡Konstantin! —ruge Leo desde algún lugar entre la multitud—. ¡Te voy a matar, joder! ¡Ah! ¡Te mataré!
Logro ponerme tras una caja de madera que absorbe varias balas, y Ethan se desliza a mi lado un momento después. Nuestras miradas se cruzan.
—¿Lo matamos? —pregunta Ethan sin aliento, como si la respuesta no fuera obvia.
Asiento bruscamente. —Ese cabrón no sale de aquí vivo.
Ethan desaparece entre la multitud de hombres que gritan y mueren en medio de los estallidos ensordecedores de los disparos para hacer su magia.
Centro mi atención en proteger a los hombres que se dedican a protegerme.
Mi cobertura se hace añicos rápidamente. Corro a buscar más protección tras un pilar de piedra.
Uno de mis hombres cae con un grito de gorgoteo mientras otro brama con fuerza y arremete contra el caos, para no ser visto nunca más.
Entonces mi teléfono vibra.
No necesito leer el mensaje para saber que Ethan tiene a su objetivo.
Esquivando el pilar, salgo corriendo a través de la multitud, que se ha metido de lleno en una pelea total.
A los diez pasos, aparece Ethan con Leo de rodillas y varios italianos muertos a su alrededor.
—¡Basta! —rujo por todo el almacén y la lucha empieza a cesar. Los italianos se detienen al ver a su líder en el suelo y mis hombres obedecen mi orden al instante.
—Bastardo —gruñe Leo con los dientes ensangrentados—. Hijo de puta, enfermo, retorci...
Le pongo la pistola en la frente y lo mato de un tiro sin pestañear.
Su cadáver se desploma hacia atrás sobre el grupo y un silencio sepulcral envuelve el almacén.
—Sabes lo que esto significa —dice Ethan con un tono de disgusto—. Vas a tener a unos italianos muy cabread...
Un solo disparo resuena en el aire y Ethan se sacude como si le hubieran dado un puñetazo; entonces una fuente de sangre brota de la unión de su hombro.
—¡Ethan! —Se me encoge el corazón en el pecho y me lanzo hacia él mientras se desploma hacia atrás. Apenas logra llevarse la mano al cuello antes de que los ojos se le queden en blanco—. ¡No!
Caigo sobre él, presionando la herida con la mano mientras resuena otro disparo único, acabando con la vida del cabrón que le ha disparado.
—¡Matadlos a todos! —rujo—. ¡Y traedme una puta ambulancia!
Pierdo la cuenta de los disparos que siguen mientras cada italiano en el almacén es ejecutado rápidamente.
No hay tiempo para pensar en nada más.
La sangre de Ethan pulsa rápidamente contra mi palma, filtrándose entre mis dedos y manchando el suelo a mi alrededor.
Se estremece y se sacude debajo de mí mientras mueve los labios, pero no salen palabras.
—Estás bien —le digo mientras el corazón me retumba en los oídos—. Estás bien. Estás bien. Estás bien.
Se lo digo una y otra vez mientras me pongo a horcajadas sobre él y uso mi peso para mantener la presión sobre la herida.
Se lo digo mientras llega la ambulancia y los cuidados médicos pasan de mí a las personas formadas para mantenerlo con vida.
Se lo digo mientras lo suben a una ambulancia y se lo llevan lejos de mí, dejándome de pie en el aparcamiento con su sangre empapando mi ropa y un nudo en el estómago por haber hecho esto. No tuve cuidado.
Fui un chulo y un temerario, y Ethan ha pagado el precio.
—Quemad los coches —declaro con voz ronca a quienquiera que esté cerca y me escuche—. Tirad los cadáveres al río y corred la voz. Yo los maté.
Se oyen murmullos a mi alrededor mientras la gente asiente y se pone a trabajar, pero nada me llega realmente. Nada lo hace, excepto el zumbido repetido de mi teléfono en el bolsillo trasero.
Lo saco y hago una mueca cuando la sangre de Ethan mancha la pantalla; entonces se me hiela la sangre al ver varios mensajes de Calvin.
Rose ha sido atacada.
¿Es a esto a lo que se refería Leo?