La Norma Número Diez EPÍLOGO #4
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EPÍLOGO #4

—Deje que le cuente una parábola muy antigua que muy poca gente conoce, tal vez así lo entienda mejor.

Es el cuento de La Hilandera y el Herrero , y trata sobre la historia de un hombre de negocios muy próspero que tenía un telar y también una fábrica de metalurgia.

Al frente del telar puso a una Hilandera que hacía excepcionalmente bien su trabajo y que el telar fuese cada vez más próspero.

Al frente de la fábrica de metalurgia, puso a un Herrero, que también hizo que la fábrica funcionase a las mil maravillas.

Un buen día, por razones personales, tuvo que trasladar al Herrero al telar y a la Hilandera a la fábrica de metalurgia, ordenando que ambos se hiciesen cargo del nuevo entorno al cual habían sido destinados.

Apenas un mes más tarde descubrió que los métodos, estrategias y costumbres que a ambos les habían funcionado previamente, ya no les servían.

Tanto el telar como la fábrica de metalurgia empezaron a funcionar mal, y ese hombre de negocios entendió rápidamente que lo que había sido válido en un entorno determinado, ya no era válido en otro, entendió que lo que antes funcionaba con unas condiciones y en un lugar determinado, ya no funcionaba si cambiabas esas condiciones y ese lugar.

El hombre de negocios, lejos de venirse abajo, entendió que lo que tenían que hacer ahora sus líderes era adaptarse a ese nuevo entorno, a esas nuevas condiciones y a ese nuevo lugar.

Entendió que había llegado el momento de cambiar.

Elísabet, que siente cierta turbación ante la historia que acaba de escuchar, vuelve a percibir que está siendo manipulada, que todo transcurre tal y como la persona que tiene delante desea que transcurra.

⸺¿Es eso lo que creen que va a pasar, un cambio en nuestro entorno? Y repito, ¿Tan importante era la información que usted extraía? ¿Tanto como para alargar un estudio cuarenta años?

⸺Me parece que no ha terminado de entender bien la historia que le he contado, inspectora, mis conclusiones son muy valiosas para entender a la sociedad, sus inquietudes, sus necesidades, su comportamiento, sus reacciones frente a un estímulo, su cometido en la vida, son muy valiosas para seguir creciendo como especie.

Son muy valiosas para saber hasta qué punto se puede creer en otra realidad, hasta qué punto se puede crear la realidad que queramos crear y que siga siendo tan válida como la que ha habido en otras épocas o como la que hay ahora, hasta qué punto la sociedad estará preparada para…

—¿Para qué? ¿Hasta qué punto la sociedad estará preparada para qué?

Diego coge aire y deja caer sus arrugados párpados sobre sus ojos. Luego vuelve a mirar a la mujer que tiene delante.

—Lo siento mucho, inspectora, pero esta conversación se ha terminado. Ya no tengo nada más que decir.

Tras decir eso, Diego se levanta. Y Elísabet se queda con la sensación de que sí, le ha contado cosas, pero no le ha contado toda la verdad.

—Diego.

—Qué.

—Necesito saber para quién trabaja, a quién le enviaba esos informes. Necesito saber quién está detrás de esto y para qué querían sus informes exactamente.

—Inspectora, deje ya de insistir. No se lo voy a decir, ¿de acuerdo?

Nunca. Así que deje de perder el tiempo preguntándome eso.

Esta conversación ha terminado, conserve todo lo que le he contado y decida, como le he dicho al principio, si continúa hacia delante, o retrocede hacia detrás.

Cuídese, inspectora, mucho, y disfrute mientras pueda. Es un consejo.

Cuando dos compañeros se llevan a Diego, algo muy turbio y muy sombrío se apodera del interior de Elísabet.

En esta vida ha conocido a personas con una mente muy enferma, a personas cuyas necesidades y creencias eran horripilantes, pero ninguna de ellas le había dejado con la sensación de que algo muy malo va a pasar.

En ese momento, y a la espera de saber si la persona que se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital, despierta para poder hablar con él y cerrar de una vez el sumario, se hace la pregunta que le acaba de plantear Diego.

¿Debería seguir hacia delante? ¿Seguir investigando y profundizando?

¿O debería olvidarse de todo e intentar disfrutar de la vida, tal y como el propio Diego le ha aconsejado?

Tapa sus ojos con ambas manos y se pregunta por qué todo es tan complicado. A continuación, coge aire, lo suelta despacio, y vuelve a abrir sus azules ojos. Ya ha tomado una decisión.