La Norma Número Diez EPÍLOGO #3
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EPÍLOGO #3

—Eso fue algo que tampoco se planeó, algo que ocurrió sin más, algo ajeno a mí.

Como le he reiterado, las cosas fueron evolucionando solas, yo mismo me dejé llevar por el propio Movimiento y los lugares y caminos por los que nos conducía.

Cuando vimos aparecer aquel niño moribundo en el río, sentimos, yo el primero, que era especial.

Lo que ocurrió después, lo que hizo su padre en el Tíbet, la persona con la que habló y que después nos contó lo que pasó, fue algo completamente extraordinario, algo de lo que yo fui el primero en maravillarme.

Puede creerme o no, pero esa parte de la historia ocurrió así, sin más.

Hay quien dirá que ese niño se recuperó porque, algunas veces, los cuerpos se recuperan sin explicación tras estar en coma durante mucho tiempo, eso dicen los médicos, lo que no dicen es por qué pasa, eso no lo saben, pero le diré algo, cuando termina la ciencia, empiezan las creencias.

En el Movimiento creímos que fue su padre, desde un lugar en el que es posible existir fuera de nuestro cuerpo, quien logró semejante proeza, y eso fue lo que nos llevó a pensar que estábamos en el camino correcto.

Todas las religiones del mundo siempre han anhelado eso mismo, conseguir llegar más allá, sobrevivir a la muerte, tener una segunda vida inmortal.

Nosotros no solo tuvimos acceso a libros muy anteriores a todas las religiones que hablaban de una enseñanza original, una con unos parecidos muy grandes, pero también más amplios y concretos, a la mayoría de las religiones que fueron emergiendo más tarde, también pudimos comprobar que, efectivamente, llegar más allá estaba a nuestro alcance.

Vimos que en la combinación entre las creencias espirituales y la ciencia estaba el secreto.

Usted ha hecho una referencia al ocultismo y a la alquimia, no sé si de forma despectiva, bueno, tampoco la juzgo, pero tenga en cuenta que la llamada piedra filosofal, el elixir de la vida eterna, es algo cuya existencia también se ha nombrado desde hace muchísimos años, precisamente, diría que la creencia en su existencia data de la misma época en la que surgieron muchas de las religiones más importantes, hecho que refuerza nuestra idea de que, ambas cosas, la enseñanza original de la que hablado, esa base de creencias de la que provienen la mayoría de las religiones, y el elixir de la vida eterna, formaban parte originalmente de lo mismo.

Tal y como ha dicho Diego, Elísabet se está agotando.

No solo es la conversación con ese hombre, son las múltiples conversaciones que ha tenido durante los últimos días.

La mayoría de personas con las que ha hablado no fue partícipe del suicidio colectivo más numeroso de la historia porque escucharon el silbato justo en el último instante, no porque no quisieran hacerlo, de hecho, la mayoría de ellos todavía siguen convencidos de que, no solo hacían lo correcto, sino que aun desean hacerlo con todas sus fuerzas.

No entienden ni por qué llegó la policía, ni por qué el Maestro paró el Movimiento, y es precisamente de eso de lo que Elísabet le quiere hablar.

—Tal y como usted ha dicho, estoy cansada, Diego, cansada de escuchar a gente profundamente confundida, cansada de escucharlo a usted, pero eso no quita para que antes de que terminemos me hable de un par de cosas que me inquietan profundamente.

—¿De qué cosas?

—La primera de ellas es por qué paró el Movimiento. Por lo que veo, sus creencias, a pesar de que todo se volvió en su contra y estuvo encerrado casi un año precisamente por su propio Profeta, siguen intactas.

Diego vuelve a hacer una pausa. Acaricia su barba.

—¿No va a responder? Por lo que tengo entendido, usted siempre llevaba ese silbato colgando del pecho, hasta que su Profeta decidió dar un golpe de estado, arrebatárselo y desterrarlo al lugar más sombrío de la tierra.

Cuando Axel Ruiz lo liberó y vio que su experimento psicosocial se le había ido de las manos como nunca imaginó que se le podía ir, que lo que iba a ocurrir no era ningún viaje a la vida eterna, sino el suicidio colectivo más grande de la historia, fue cuando decidió pararlo, ¿me equivoco?

Diego vuelve a permanecer en un tenso e inquietante silencio. La mira de un modo distinto, amenazante. Después coge aire, y dice:

—Paré el Movimiento porque, tal y como usted ha dicho, un año antes aproximadamente, el Profeta tuvo conocimiento de que la persona que le había destrozado la cara cuando era un niño no solo estaba vivo, sino que, iba a ser trasladado profesionalmente aquí, a Valencia.

Eso lo desestabilizó, perdió la templanza, dejó que sus emociones vencieran a su razón.

Quiso hacer cosas que yo no aprobaba, no soportó el rechazó ni pudo contener la rabia contra la que siempre había luchado.

Así que, como bien ha dicho, me arrebató el silbato y me encerró allí abajo, precisamente para poder actuar de la forma en la que yo le había dicho que no debía actuar, movido por las emociones, por una venganza personal.

Cuando Axel me sacó de aquella celda, y me devolvió el silbato, paré el Movimiento de inmediato precisamente porque…

era mi experimento, maldita sea, no el del Profeta, el Profeta formaba parte de él, nada más.

Elísabet se siente satisfecha al ver cómo Diego pierde momentáneamente la calma desde la que habla.

—Solo un par de cosas más, ahora en serio, y habremos terminado.

Diego niega con la cabeza.

—Creo que ya hemos hablado bastante, inspectora, está usted cansada, la fase de la crianza puede ser realmente agotadora, ¿verdad? Criar a un hijo usted sola, en este mundo incierto y lleno de amenazas, es algo muy duro. ¿Le parece si lo dejamos ya?

Elísabet vuelve a tensarse, esta vez, más que ninguna otra vez. Que ese hombre se haya referido a su hijo no solo le ha molestado, también la ha llenado de un profundo terror.

—Soy yo quien decide cuándo lo dejamos, cuándo terminamos, y ni se le ocurra volver a insinuar que la vida de mi hijo podría estar amenazada.

Diego sonríe desde su atalaya.

—Claro, inspectora, usted elige cuándo terminar, faltaría más. Dígame, ¿qué es eso que todavía necesita saber?

—Según tengo entendido, el Profeta, la persona que se despertó en la cama de aquel hospital gracias, según vuestras creencias, a su padre, volvió a caer al río un tiempo después, esta vez con la cara destrozada.

Hay quien dice que esa persona, la que cayó al río con la cara destrozada, y la que despertó en aquel hospital, no eran en realidad la misma persona, aunque usted insistió en decir que sí, que ambas personas sí eran la misma, el Profeta.

¿Qué tiene que decir ante esto? ¿Eran o no eran la misma persona?

Diego se encoge de hombros, después suelta el aire despacio.

—Eran las dos caras de la misma persona, ¿le vale con eso?

—Déjese de retórica, ¿eran o no eran la misma persona? ¿Y cuál es el verdadero nombre de la persona que ahora se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital?

Diego vuelve a mirarla con una media sonrisa en el rostro.

—Usted sabrá, inspectora Bru, pregúnteselo cuando despierte. Yo solo sé que quisiera volver a mi celda, estoy cansado, no sé si estoy en disposición de seguir hablando.

Elísabet lo vuelve a mirar con inquietud, todo en ese hombre es inquietante, su forma de hablar, de mirar, todo lo que dice, es obvio que cree fervientemente en todo lo que ha contado, pero, ahora le surge una duda que no quisiera tener, ¿qué es real y qué no?

¿Hasta qué punto llegaba el experimento realmente?

—Claro, Diego, yo también estoy cansada, solo una última cosa, la última de todas.

—Usted dirá.

—¿Para quién trabaja?

El rostro de Diego se oscurece completamente.

—¿Cómo dice?

—Lo que ha oído. Llegó a Villagordo del Cabriel para empezar un experimento de psicología social, un experimento financiado por alguien, a quien usted, como ha dicho antes, le enviaba las conclusiones e informes del transcurso de todo, de su Movimiento, de su experimento.

Esa gente, ¿quién es? ¿Cómo se llama? ¿Y para qué querían los informes que usted les pasaba?

¿Para qué alargar un estudio durante tantos años?

¿Tan importante era la información que usted les daba?

¿Tanto como para seguir financiándolo durante casi cuarenta años?

El rostro de Diego se ensombrece todavía más. Mira a Elísabet de un modo muy serio, de un modo aterrador. Con los dedos, empieza a dar golpecitos en la mesa. Se está empezando a poner nervioso.