La Norma Número Diez EPÍLOGO
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EPÍLOGO

CUANDO LA NOCHE CAIGA SIN PIEDAD

Las cosas importantes

Como ya le pasó treinta y cinco años antes, cuando Teo vuelve a abrir los ojos, al principio tarda unos cuantos segundos en orientarse.

No sabe bien dónde está. Mira sus manos, mira la sábana que cubre sus pies, y mira el cielo azul que se puede ver a través de la ventana.

Desconoce cuántos días lleva allí, solo sabe que, a través de esa ventana, aunque todavía sin el esplendor que un día tendrá, vuelve a entrar la luz.

Piensa en su padre, piensa en aquello que le dijo una vez antes de que todo se torciese y empezase a ir mal, que allá donde fuese o estuviese, siempre estaría con él.

Y en ese momento no tiene ninguna duda de que así es y así ha sido siempre.

No sabría ni podría demostrar que su padre ha estado junto a él todo el tiempo, tampoco si lo estuvo en aquella cama del hospital de Requena cuando era un niño, y lo cierto es que tampoco importa, lo que importa es que su ser, su amor incondicional, y la confianza que siempre ha depositado en él, todavía perduran, las siente a su lado, junto a él, y lo acompañan allá donde esté, sobre todo en los momentos más difíciles, aquellos que determinan qué será de nosotros.

El equipo médico, como ya le pasó en el pasado, se vuelve a asombrar con su recuperación.

Insisten en que su estado era muy crítico, en que muy pocos logran volver de dónde él ha vuelto.

Pero Teo solo tiene una cosa en mente, su hija Esther.

Le cuentan que, curiosamente, ha recibido el alta esa misma mañana.

Tenía heridas muy grandes que sanar, pero también que las más grandes de todas, las que residen en aquello a lo que muchos llaman alma, esas todavía continúan abiertas, esas solo pueden sanarse desde un lugar, desde dentro de cada uno y de cada una.

Eso es algo que Teo sabe y conoce muy bien.

Como también sabe que hará todo cuanto sea necesario para que su hija se recupere y esté bien, que allá donde ella esté, también estará él.

Ya no tiene ninguna duda de cuáles son sus prioridades en la vida, ya no le importa ni lo lejos ni lo alto que suba, de hecho, no quiere moverse ni un solo milímetro del suelo por si pierde de vista a lo que más quiere: su mujer y sus hijas.

Antes de que pueda volver a casa con su familia, algunos compañeros de la policía, se adelantan a su marcha.

Algunos le felicitan por haber hecho lo imposible por evitar una terrible desgracia, por haber arriesgado su vida una y otra vez hasta llegar a donde ha llegado, por no haberse rendido en ningún momento y por haber creído hasta el final que fuese lo que fuese lo que el destino les deparara, se podía cambiar.

Entre esos compañeros se encuentran Martina y Leonardo.

Teo puede ver cómo algo ha cambiado en la mirada del joven, la soberbia y la contundencia con la que solía hablar, parece que ya no están.

No ve por ningún lado a Santiago, ya tendrán tiempo de hablarlo.

Martina le da un fuerte abrazo y, a pesar de que es consciente de que quizá no sea el mejor momento para ello, le tiene que decir que han puesto a una reconocida inspectora como ayudante del fiscal que ha sido asignado al caso, esa reconocida inspectora se llama Elísabet Bru, y necesita su declaración para poder cerrar el sumario antes de que empiece el juicio, necesita, sobre todo, aclarar ciertas cosas acerca de su pasado, y de su identidad.

Teo le responde que no hay ningún problema con eso, todo lo contrario, él es el primero que necesita contar algo de su pasado, confesar algo, mejor dicho, pero primero de todo necesita hablar con su familia.

Cuando el taxi deja a Teo delante de su casa, vuelve a sentir el arrebato de coger el inhalador para el asma.

Vuelve a sentir el impulso de salir corriendo, o de seguir siendo lo que no es, quien no es.

Pero antes de salir del coche vuelve a cerrar los ojos y concentra todas sus fuerzas en vencer ese miedo al que lleva tantos y tantos años temiendo, el miedo a ser quien realmente es.

De nuevo, siente a su padre a su lado, dándole la mano para cruzar la calle, o estrechándolo entre sus brazos para recibirlo a su llegada del trabajo.

Más que a su lado, en realidad, donde lo siente es dentro de él.

Cuando entra en casa, su hija Esther, tal y como le dijeron los médicos, está allí, y a pesar de todas las heridas, está viva.

Tiene escayolas en los pies y en las manos, también algunas vendas y apósitos que cubren esas heridas a las que siempre les cuesta un poco más.

Pero también ve en ella otra cosa muy importante, esa sonrisa y esa mirada que tenía cuando era niña, esa en la que se concentra toda la pureza y esencia de su hija.

Y eso es algo que, a pesar de todo lo malo que aun hay por arreglar y todos los problemas que tendrán que solucionar, le hace sentir que todo va a ir bien.

Y en ese momento, en el que la familia al completo vuelve a estar reunida, percibe cómo milagrosamente desaparecen por completo todos los reproches y el recuerdo de todas las discusiones, en ese momento percibe como si alguien o algo que no es capaz de reconocer ni de identificar, le acabase de dar una segunda oportunidad.

Internamente se dice que no la va a desaprovechar, cuando está frente a su mujer e hijas, se abraza a ellas con todas fuerzas.

Esther mira a su padre y le dice que lo siente, que no ha estado a la altura de lo que debe ser una hija, que nunca debió acercarse a esa persona ni dejar de confiar en su familia.

Que ante ella solo había oscuridad, como si estuviese viviendo siempre de noche.

Teo le responde algo que quisiera que no olvidase nunca:

—Esther, quiero que sepas que, por muy oscuro que a veces se vea el horizonte, estés donde estés, y pase lo que pase, cuando la noche caiga sin piedad, yo resurgiré de mis cenizas por ti, jamás te dejaré ir.

Tanto tú, como Lidia, como Valentina, y como vuestra madre, sois mi vida, y estoy seguro que juntos podremos con cualquier obstáculo que nos proponga la vida, que no hay ni habrá cima lo suficientemente alta o inhóspita a la que juntos no podamos llegar.

Tanto a ella como a sus otras dos hijas, les pide disculpas desde el lugar más profundo y auténtico de su corazón por no haber sido el padre que merecían.

Pero que, a partir de ahora, si se lo permiten, va a dedicar hasta la última gota de energía no solo a estar junto a ellas, sino a disfrutar junto a ellas.

Se ha perdido demasiadas escenas de la maravillosa película de sus vidas, no quiere perderse ni una sola más.

Por último, mira a su mujer, se encoge de hombros porque no sabe muy bien cómo decirle lo estúpido que ha sido, cómo decirle el tiempo que se ha perdido, cómo decirle todo lo que nunca le ha dicho, empezando por lo mucho que la quería y terminando por quién es realmente.

Con un nudo en la garganta, y adelantándose a lo que él quisiera hacer, ella se lanza hacia él y le da un fuerte abrazo.

Cuando todos han templado las emociones, Teo siente el impulso una vez más de seguir viviendo una mentira, de seguir refugiándose en quien no es, pero en su interior siente que ha llegado el momento de contar la verdad.

Lo que pase después, lo que pase a partir de entonces, solo sabe que, sea lo que sea, lo afrontará y lo vencerá, porque ahora sí, la oscuridad y las tinieblas ya no están, ante él solo hay, solo existe esa segunda oportunidad. Y la va a aprovechar.

FIN