CAPÍTULO 85
EL MOVIMIENTO
Nueve días después del solsticio de invierno
La décima y última norma dice que, si el silbato suena, se suspende todo inmediatamente. El Movimiento se para. La simulación se acaba .
Apenas han pasado nueve días desde que la inspectora Elísabet Bru aceptó ayudar a preparar el sumario previo al inicio del juicio, pero ya se siente tremendamente agotada.
Ya no es la persona que era, aquella a quien no le importaba dedicar cada gota de energía a ir detrás de los delincuentes, ahora tiene otras prioridades que son contrarias al trabajo que está haciendo, como la tensa intervención que hicieron en La Zarra el día de antes, donde varios compañeros resultaron heridos.
Afortunadamente no hubo ningún muerto, y lo más importante es que consiguieron detener a la persona que siempre estuvo detrás de todo y que consiguió escapar la noche del solsticio de invierno, y eso es algo que, en cierta manera, la tranquiliza, que la va a ayudar a cerrar su ciclo como policía para siempre.
No obstante, todavía no hablado con él, y tiene cosas muy importantes que preguntarle.
Cuando hacen pasar a Diego Valbuena al interior de la sala de interrogatorios, la inspectora Bru, sin quererlo ni pretenderlo, se tensa.
Frente a ella está el hombre que lleva casi cuarenta años al frente del experimento de la psicología social más longevo de la historia.
Ese hombre, sin ninguna duda, se nombrará en las universidades, aparecerá en las noticias durante años, en los podcasts con más oyentes, en las webs de misterio, en las docuseries de Netflix o HBO, pero en esos momentos, está frente a ella y, aparte de que su declaración es una de las dos que le quedan para terminar con el sumario antes de que empiece el proceso penal, necesita que le cuente toda la verdad.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Se observan en silencio, se estudian, se contemplan. La inspectora Bru ve a un hombre cansado, pero también a un hombre cuyos fuertes ideales y convicciones se mantienen intactos.
Cuando hizo la carrera de psicología, que hizo de forma previa a la de criminología, estudió y profundizó en los múltiples casos de experimentos psicosociales que a lo largo de la historia se llevaron a cabo para entender y conocer mejor el comportamiento humano, tanto de forma individual como grupal, pero jamás había oído hablar de un caso similar al que tiene delante.
Diego Valbuena y su Movimiento ya son, sin ninguna duda, historia.
—Si no le importa, me gustaría que me corroborase algunos datos antes de empezar.
Diego Valbuena asiente con despreocupación. Su mirada es contemplativa, profunda, limpia.
—¿Es Diego Valbuena su nombre real?
—No.
—¿Y podría decirme cuál es antes de continuar, por favor?
—No.
La inspectora Bru hace una pausa para observar bien la expresión del hombre que tiene delante, sus respuestas son tranquilas, sinceras, sin artificios. No tiene miedo a nada.
—¿Puedo saber por qué no me lo puede decir?
Diego Valbuena se encoge de hombros.
—Porque no. Adquirí el nombre de Diego Valbuena hace cuarenta años aproximadamente, cuál era mi nombre anterior carece de relevancia en estos momentos.
Elísabet asiente sin ir más allá. De momento, esa cuestión, puede esperar.
—¿Dónde estudió la carrera de psicología?
—En Stanford. Palo Alto, California.
—Vaya, una de las mejores.
—Eso dicen.
—¿Es usted estadounidense? ¿Es esa su nacionalidad de origen?
—No. Soy español.
—¿De qué ciudad?
—Carece de relevancia.
Elísabet vuelve a escribir algo en el cuaderno que tiene frente a ella. Su letra es pequeña e inclinada.
—Por lo que tengo entendido, llegó usted a Villagordo del Cabriel a mediados de los años ochenta para ejercer como profesor de historia, ¿es eso cierto?
—Sí.
—Pero, la realidad es que usted no fue a Villagordo del Cabriel a enseñar historia, ¿verdad? Fue a otra cosa.
Ahora es Diego quien hace una pausa, después mira con amabilidad a la mujer que tiene delante.
—Por lo que veo, entiendo que ya hemos empezado, ¿no?
—Perdón, ¿cómo dice?
—Que si ya hemos empezado, antes ha dicho que quería hacerme unas preguntas antes de empezar, ¿ya hemos empezado?
Elísabet afirma con una media sonrisa.
—Permítame que le diga que es usted brillante, inspectora, pero también que tan solo se encuentra a las puertas del verdadero conocimiento, todavía le falta mucho camino por recorrer, cuando terminemos con esto deberá usted decidir qué hacer.
Si continúa hacia delante, o da media vuelta y retrocede hacia detrás.
De nuevo, Elísabet se tensa sin pretenderlo. Normalmente es ella quien suele llevar el control de los interrogatorios, pero en este caso, y de un modo extraño, parece que sea al contrario.
—Bien, como decía, usted llegó a Villagordo del Cabriel para enseñar historia, pero la realidad es que sus intenciones siempre fueron otras. Cuénteme, ¿cómo y dónde nació el Movimiento exactamente?
—El cómo y el dónde son conceptos demasiado intangibles para definir algo de semejante calibre, pero podría decirle que, como muchas otras cosas en la vida, al principio nació como algo más bien humilde, algo así como una prueba piloto que, con el paso del tiempo y de los años, se fue convirtiendo en otra cosa.
Piense en ese cachorro que, al principio no parece gran cosa, pero cuando se ha convertido en un gran y poderoso oso, entonces todos lo ven y lo miran con otros ojos.
—¿Y en qué consistía esa prueba piloto de la que ha hablado?
—Consistía en estudiar cómo se originan las civilizaciones y las culturas, como nacen las religiones, cómo la sociedad se organiza adoptando roles, cómo surgen los ideales y las creencias y hasta qué punto una sociedad puede cubrir todas las necesidades del ser humano sin perder el equilibrio entre todas ellas.
En definitiva, queríamos saber hasta qué punto una sociedad puede tener a todos sus miembros en armonía y felicidad sin perder de vista su objetivo final, avanzar.
Elísabet vuelve a hacer una pausa para escribir en su cuaderno.
Está escuchando de primera mano algo de lo que, a partir de ese día, y a lo largo de muchos años, mucha gente escribirá y opinará.
No puede evitar proyectar e imaginar el futuro constantemente, debería concentrarse en el presente y exprimir al máximo la fuente de saber que tiene frente a ella.
—Por lo que veo, su estudio era muy ambicioso. Ilustres de la psicología como Milgram, Zimbardo, Sherif o Festinger, se centraron en un solo concepto, en cambio usted parece que trató de concentrarlos todos a la vez.
—Bajo mi punto de vista, es complicado extraer conclusiones realistas cuando se estudian hechos o conceptos aislados, porque las cosas nunca suceden de forma unitaria e independiente, suceden unidas a otras cosas.
—Así que ese fue el motivo por el que decidió crear una sociedad ficticia, para poder estudiar todas sus partes, tanto de forma independiente como en conjunto. ¿Es correcto?
Diego sonríe con aire nostálgico.
—Insisto en que es usted brillante, inspectora, lo he sabido desde el preciso momento en el que la he visto.
Elísabet, que elude entrar en el juego de la persona que tiene delante, se esfuerza por seguir siendo ella quien lleva el mando, y no él.
—¿Y era necesario mentir y manipular a tanta gente durante tantos años? ¿Cree realmente que ha merecido la pena? ¿Qué fines tenía realmente su estudio? ¿Por qué tantos años de duración?
—Vaya, ha decidido usted pasar al ataque, me gusta su ímpetu y arrojo. Podríamos haber hecho grandes cosas juntos.
—Lo dudo.
—Bueno, es usted joven, y como le he dicho al principio, todavía se encuentra a las puertas del conocimiento.
En cuanto a lo que ha dicho de si era necesario mentir y manipular, eso es relativo.
Para empezar, todas las sociedades del mundo mienten y manipulan de un modo atroz y sistemático, en el Movimiento, en cambio, en ningún caso fue ese el cometido, tan solo se dio la oportunidad de construir algo distinto, algo nuevo y puro.
Nadie en el Movimiento estaba allí obligado, al contrario de lo que sí sucede con la mayoría de sociedades y culturas, todo aquel que quiso marcharse y abandonar, no tuvo problema en hacerlo, puede preguntar por ahí si quiere, algo que sin duda ya habrá hecho.
—Lo he hecho, claro que sí, pero los tenía muy bien enseñados, no están muy por la labor de hablar.
Diego se reacomoda en la silla sin decir nada.
—¿Y qué me dice de los centros de interpretación? Era así como se referían a los lugares donde convivían, ¿cierto? ¿Por qué ese nombre? Permítame que insista, pero es algo que me suena a engaño, a algo encubierto.
—¿De veras le da esa impresión? Le puedo asegurar que no tenía nada de encubierto.
Se optó por el nombre de centros de interpretación porque la realidad es que eso es lo que realmente eran, lugares en los que no solo se preservaba la naturaleza y se trabajaba en los valores más puros y virtuosos de los seres humanos, también eran lugares que servían de centro de estudio y aprendizaje.
El Movimiento era algo puro cuyo crecimiento estuvo siempre impulsado y fomentado por sus propios miembros, de ahí que no piense que fueran manipulados.
Fueron ellos, en base a los principios básicos que se les dieron y los roles que se les asignaron, quienes alargaron el proceso durante años, haciéndolo más grande e importante cada vez, haciéndolo crecer.
El Movimiento ha durado tantos años porque mucha gente creyó en él, como ocurre con la mayoría de las religiones, culturas y civilizaciones que perduran.
—Pero, entonces, reconoce que sí se le asignó un rol a cada uno de ellos de forma previa, ¿no cree que eso es manipular?
Diego niega antes de responder.