CAPÍTULO 85 #2
—Ya le he dicho que el Movimiento era lo que era, un ideal, un proyecto para construir algo nuevo, y nadie de los allí presentes entró engañado.
Todos sabían que había unos roles que cubrir, en todas las sociedades los hay, sin ellos es imposible avanzar porque reina el caos y el descontrol, pero al contrario de lo que suele suceder en la mayoría de sociedades, dependía de ellos mismos el poderlos cambiar.
Para que se haga una idea, en el Movimiento uno podía entrar como barrendero y acabar como médico sin ningún problema, los únicos obstáculos eran los que cada uno se ponía a sí mismo.
Elísabet cabecea antes de responder de nuevo.
—No lo entiendo.
—¿El qué es lo que no entiende?
—¿Hasta qué punto la gente que formaba parte del Movimiento sabía que formaba parte de un experimento de psicología social? He hablado ya con bastantes personas y nadie parecía ser conocedor de la verdad. Para ellos el Movimiento es algo así como una nueva religión, el principio de un nuevo mundo.
El rostro de Diego Valbuena se endurece por momentos, luego se cruza de brazos, hecho que fortalece la posición de mando de Elísabet.
—¿Ha oído hablar del efecto Hawthorne?
—Sí, claro, el hecho de que los sujetos que están siendo estudiados sepan que están siendo estudiados, puede condicionar su comportamiento y, por tanto, sesgar el resultado de la investigación.
—Pues eso es justo lo que se trataba de evitar, sesgar.
Elísabet vuelve a cabecear.
—Usted mismo se está contradiciendo todo el tiempo, por un lado, dice que las personas allí sabían a lo que iban, que eran libres para vivir y escoger su rol, pero por otro dice que no sabían que estaban siendo objetos de una investigación de psicología social, ¿en qué quedamos?
Diego coge aire abriendo bien fuerte sus fosas nasales, no le está gustando el camino que está cogiendo el interrogatorio.
—No sabían que formaban parte de un estudio precisamente porque el estudio consistía en eso, en saber hasta qué punto se puede crear una realidad distinta, hasta qué punto podemos empezar de cero otra vez, pero de un modo distinto, más amable y civilizado.
Hasta qué punto la sociedad se puede cambiar estableciendo un nuevo orden y un nuevo sistema de valores y creencias.
Ellos sí sabían que formaban parte de algo distinto, que estaban construyendo un nuevo mundo, un mundo mejor, lo único que no sabían eran las conclusiones que yo extraía y para qué las extraía, nada más.
No veo nada de malo en eso, aunque tampoco tengo ningún problema en asumir cualquier tipo de responsabilidad que se me desee imputar por ello.
Permítame que le diga que no es la primera vez que se invita a gente a que participe en un estudio cuyas conclusiones finales no son precisamente las que les prometieron originalmente, es algo habitual en la investigación.
—Y esas conclusiones, ¿a quién se las remitía? ¿Para quién trabajaba, Diego? ¿Quién financió el experimento? ¿Quién lo siguió financiando a lo largo de los años?
—Como en todas las sociedades, en la nuestra no faltaban las familias con más recursos, más adineradas, había dos en concreto cuyos roles adquiridos se basaban precisamente en eso, en ayudar económicamente con sus recursos al resto.
Los Aranda y los Castalla fueron nuestro sustento económico cuando precisamos disponer de más propiedades o recursos que no podíamos adquirir por nuestros propios medios.
—No me venga con el rollo de los Aranda y los Castalla porque no me lo creo. He hablado con ellos y tampoco tenían ni la menor idea de nada.
—¿Cómo dice? ¿De qué no tenían idea?
—Del fondo del asunto, eso para empezar.
Sí, desde luego que compraron unas cuantas tierras que pusieron a disposición del Movimiento, tierras que registraron como centros de interpretación, pero por lo que he podido averiguar, usted contaba con muchos más recursos económicos para cubrir ese sistema de gratificaciones directas a los que podían acogerse los miembros del Movimiento, ¿no es cierto?
No me creo que la casa roja en la que vive Jimena se pagase sola, ni que costase poco.
Tampoco me creo que todo el equipamiento médico y el tratamiento que recibió durante años la madre de Axel, uno de los que estuvo desde el principio, fuese barato.
Y eso por nombrar solo dos casos, pero podría nombrarle más.
No me subestime, Diego, ni trate de manipularme y engañarme como ha hecho con el resto, sé hacer mi trabajo, y no he hecho otra cosa durante la última semana.
Diego sonríe nuevamente con amabilidad. Mira a la inspectora a los ojos. Le ha dicho un par de veces que es brillante, pero ahora que ha tenido tiempo de conocerla un poco mejor, la realidad es que es más que eso.
—Como bien ha dicho, los miembros del Movimiento podían acogerse a un régimen de gratificaciones directas o indirectas, y debo decir, que la mayoría optaron por el de las indirectas.
A casi nadie allí le interesaba el dinero, ni adquirir propiedades o cosas materiales, precisamente ese era uno de los pilares sobre los que se sustentaba.
Queríamos huir de los valores y creencias de la sociedad actual, y eso implicaba escapar de sus trampas comerciales y las falsas necesidades con las que contaminan a las personas desde que nacen.
No obstante, como digo, la gente podía elegir, no obligábamos a nadie a nada.
Eran ellos los que elegían su propio destino.
—Claro, por supuesto, Diego. Ya volveremos más tarde al asunto de la financiación. Ahora hábleme del acuerdo ese de las diez normas que les imponían al entrar.
—¿Qué es lo que quiere saber?
—¿Podría ver una copia de ese acuerdo, por favor?
—No.
—¿Puedo saber por qué?
Diego se encoge de hombros.
—No dispongo de ninguna copia por escrito. Esas diez normas, sumadas a sus tres anexos, eran algo que se transmitían de forma oral, la gente se las sabía de memoria, al igual que yo, pero eso es algo que ya le habrán contado, ¿me equivoco?
—No, no se equivoca. Me han hablado de las diez normas y sus anexos, pero me parecería interesante ver una copia por escrito de las mismas, muchas veces en la letra pequeña se ponen cosas que se obvian y que contienen información muy relevante.
—Pues lamento decirle que en esta ocasión no la hay. Lo que le han contado es lo que había, nada más.
Elísabet tiene la sensación de que Diego se le está escapando, de que no le va a contar toda la verdad, cada vez parece sentirse más cómodo y fuerte en sus argumentos, y eso no le conviene.
—Hábleme de las creencias religiosas del Movimiento.
Por lo que me han contado, tenían una base común a muchas religiones, inicialmente se pensó que bebía directamente de la Teosofía, creada por Helena Blavatsky, de hecho, usted les habló a los alumnos de secundaria de ella cuando llegó al pueblo haciéndose pasar por un profesor de historia, pero por lo que he visto más tarde, puede que también tuviese influencias del Jainismo, el Cristianismo, el Judaísmo o incluso el Hinduismo, por no hablar de la parte alquímica y ocultista de todo el asunto, y todo ello sustentado por unos supuestos libros que tampoco he podido ver en los que se afirma que existió una religión muy antigua de forma previa al resto de religiones.
—¿Qué es lo que quiere saber exactamente, inspectora? No ha concretado su pregunta.
—Quiero saber qué necesidad había de hacerle creer a tanta gente en semejantes cosas, como que alcanzarían la eternidad, que llegarían al paraíso, saldrían de la rueda infinita de vida y muerte en la Tierra, ¿por qué la gente como usted necesita prometer semejantes mentiras?
¿Eso lo hizo por gusto personal o también formaba parte del experimento?
Diego sonríe mostrando de nuevo su lado más tranquilo y seguro de sí mismo.
—Inspectora, creo que está usted un poco cansada, está perdiendo la fiabilidad y el aplomo con los que ha empezado.
Como ya le he dicho, el Movimiento era algo que se hizo a sí mismo a partir de una pequeña semilla.
Los libros por los que me pregunta, por supuesto que existen, pero usted no los va a ver.
Son demasiado valiosos para que los toquen manos indebidas.
La gente creyó en ellos y en lo que decían, no por mí, sino porque está en la condición humana creer en que hay algo más, y en cuanto a la vida eterna, todas las religiones del mundo prometen lo mismo, y no veo que la gente las condene por ello.
Creo que lo que debería preguntarse, en realidad, es por qué no cree usted.
Elísabet vuelve a inquietarse ante la profunda mirada de Diego.
—¿Y qué me dice del Profeta y su milagrosa recuperación gracias a una intervención, digamos que desde el más allá?