CAPÍTULO 84 #2
—¡Escuchad todos! ¡El Movimiento se acaba de suspender! ¿Me oís? ¡Ahora debéis tirar al suelo el contenido de vuestras botellas! ¡El Movimiento ha terminado!
La multitud, ante el desconcierto y las órdenes contradictorias, se pregunta qué debe hacer.
—¡No lo escuchéis! ¡Es uno de ellos! ¡Por eso lo encerré!
¡No quiere que lleguemos a la última parada de nuestro viaje!
¡Bebed el elixir ahora mismo, y os prometo que esta noche os reuniréis conmigo en el paraíso!
—grita Rai en un intento desesperado por que las más de tres mil personas que tiene frente a él, obedezcan e ingieran el contenido de las botellas que sujetan en las manos.
Desea de todo corazón que le crean, cree con todo su ser que, esa noche, empezarán de cero todos otra vez.
Pero, nuevamente, Diego hacer sonar el silbato con fuerza.
Su cara se vuelve roja como una amapola.
Hace sonar el silbato varías veces seguidas, tratando de que ese característico sonido se imponga a lo que están a punto de hacer.
Él mismo se aseguró de que todo aquel que entrase a formar parte del Movimiento tuviese claro qué significaba ese sonido, qué suponía la norma número diez, la más importante de todas.
Aunque también es cierto que siempre supo que estaba jugando con fuego, que los límites de todo lo que durante tantos años levantaron, eran cada vez más difusos, más difíciles de identificar, la realidad y la simulación, como en la mayoría de juegos, acaban terminando siendo una misma cosa.
—¡Repito que el Movimiento ha terminado! ¡La simulación ha llegado a su fin! ¡Verted el contenido de vuestras botellas ahora! ¡Lo que hay en su interior no os hará llegar a ningún lugar, tan solo a vuestro fin! ¡El Movimiento se acaba de terminar!
Y en esta ocasión, sobre todo los más antiguos, empiezan a ser conscientes de que, sea lo que sea lo que haya en el interior de ese frasco, y a pesar de haber estado viviendo muchos años con arreglo a las otras nueve normas del acuerdo, no deben ni pueden pasar por alto la norma número diez, si el silbato suena, el Movimiento se termina.
Tímidamente al principio, y con mayor convicción después, empiezan a verter el contenido de sus botellas al suelo.
La mayoría de ellos deseaba tomar ese elixir, deseaban llegar más allá, sobrevivir a la muerte, ver qué les deparaba la siguiente etapa de ese juego que, hasta el momento, jamás les había fallado, pero la décima norma del acuerdo es clara y rotunda.
Así que muy a su pesar, y no siendo lo que desean, empiezan a hacer lo que el Maestro les ha ordenado, aparte de ser el más antiguo, su rol está por encima de todos, incluso del Profeta.
Los más jóvenes, los últimos en llegar al Movimiento y que, tras el nuevo régimen del Profeta, no llegaron a entrar mediante el acuerdo original, dudan sobre qué deben hacer.
De hecho, algunos de ellos, movidos por el ímpetu y el deseo, sí ingiere el contenido de la botella, haciendo caso omiso al anciano que tienen delante y que nunca antes han visto, pero la inmensa mayoría, afortunadamente, imita al resto y vierte el contenido de sus botellas al suelo.
Las puertas de entrada por las que se accede a la propiedad se abren ante los fuerte envites de los policías que han ido llegando, entre los que ya se encuentran los GEO.
Los policías tratan de que todas las personas allí presentes pongan las manos detrás de la nuca y se arrodillen en el suelo, pero muy pocas obedecen, todo lo contrario, algunas incluso se rebelan.
El Maestro vuelve a hacer sonar el silbato.
—¡Haced lo que os piden! ¡Os lo ruego! —grita Diego, que, tras un año de cautiverio, apenas le quedan fuerzas para nada.
—¡No le hagáis caso! ¡Solo intenta robarnos lo que con tanto esfuerzo hemos logrado! —responde Rai intentando nuevamente hacer valer su rol como Profeta. Pero sus fuerzas le están empezando a fallar. La elevada dosis del elixir que ha tomado ha empezado a hacerle efecto.
En el suelo, Axel, con lágrimas en los ojos y viendo cómo todo ha terminado, no ha dejado de trabajar en la extracción de los clavos con los que Esther había sido crucificada.
Cuando consigue quitar el último, con Ana y Lidia ayudándolo, madre y hermana se abrazan a ella, que agoniza y apenas respira.
Ana alza el cuello para pedir auxilio, pero el escenario que tienen ante sí es desolador.
El tumulto de personas que grita, llora, se resiste a la policía o yace en el suelo, impide que Ana pueda pedir socorro.
A lo lejos, los equipos de emergencias sanitarias empiezan a entrar.
Martina, que puede ver el sufrimiento de una madre ante la más que probable muerte de su hija, y sabiendo que ella ha conseguido sobrevivir milagrosamente a lo mismo que la está matando a ella, mira a Ana a los ojos, y le dice:
—Espera un momento, enseguida vuelvo, tú solo trata de hablarle y decirle lo mucho que la quieres, mantenla con vida hasta que yo vuelva —dice Martina con lágrimas en los ojos.
Después sale corriendo y se zambulle en la multitud con la intención de llegar hasta los cuerpos de emergencia y conseguir que alguno de ellos le dé lo mismo que Leonardo le dio a ella, ese antídoto que, tal y como dijo su erudito compañero, a veces funciona, y a veces no.
Teo, que aparte de estar a punto de caer en el suelo debido a las dos profundas heridas que Rai le ha hecho con el cuchillo, trata de acercarse a Rai, que todavía sostiene a su hija pequeña con el cuchillo en el cuello.
—Pido permiso para disparar, lo tengo a tiro —dice Santiago apuntando a Rai a la cabeza. Hecho que hace que, el Profeta, a pesar de estar sufriendo una intensa tetanización de sus músculos, tensa el cuchillo y lo aprieta sobre el cuello de Valentina, que llora de puro miedo.
—Te lo suplico, Rai, suéltala, ella no tiene nada que ver con todo esto —dice Teo mientras se acerca más a él.
—¿Qui-quieres, que la su-suelte? Pues bebe ya, y la soltaré… soy… un… hombre… de… honor… —dice Rai haciendo un gran esfuerzo por articular palabras inteligibles.
Y Teo, que ve en los ojos de esa persona que no le temblará el pulso para hacer lo que dice que hará, sin dudarlo ni un instante, se lleva la botella a la boca y bebe todo su contenido con lágrimas en los ojos.
—Ya está, es lo que querías, ¿no? Ahora suéltala —dice Teo mirando a Rai a los ojos. En el suelo, su mujer y su hija mediana, Lidia, miran lo que acaba de hacer y temen por su vida. Esther, inconsciente, parece estar sufriendo los últimos espasmos que preceden a la muerte.
—Ven aquí, mierda seca, acércate —dice Rai mirando a Teo a los ojos.
Y tras unos cuantos segundos de espera en los que se asegura que ha tragado bien todo el contenido de la botella, empuja a Valentina hacia donde está Santiago apuntándolo con su pistola, cuya arma cae al suelo en un intento por coger a la joven, tras ese rápido movimiento, y con grandes dificultades por seguir respirando, cae de rodillas al suelo, dejando caer el cuchillo a un lado, después su cuerpo se desploma hacia un lado.
Teo, que ve cómo su hija pequeña está libre, observa cómo llega Martina con una persona de emergencias sanitarias, inmediatamente ve cómo se disponen a inyectarle algo que, solo espera, consiga salvarle la vida.
—Eh… Teo… acércate, por favor… tengo que decirte algo importante —dice Rai de forma entrecortada y con extrema dificultad, cuyo deformado rostro se está tornado de un color azul oscuro.
El oxígeno de su sangre está dejando de transportarse.
La asfixia celular ha empezado. Si nadie lo impide, pronto entrará en muerte cerebral.
Y Teo, que ya está empezando a sentir cómo pierde el control de su cuerpo, siente la necesidad, como aquella vez en el bosque, treinta y cinco años antes, de escuchar lo que Rai tiene que decirle. Con gran esfuerzo, pone una rodilla en el suelo para llegar hasta él.
Los ojos de Rai se abren y se cierran con dificultad, traga saliva e intenta coger aire, pero no puede, su rostro, cada vez más congestionado, se está apagando. Aun así, consigue reunir la energía suficiente para decir:
—Si-siento lo que te hice cuando eras niño, Teo, siento haberte hecho la vida imposible… quería que supieras que… en fin… no sabría decir por qué lo hacía… supongo que… yo solo era otro niño asustado que nunca supe cómo canalizar toda la rabia heredada…
Teo, que también está sintiendo cómo su diafragma se para, responde:
—Y yo siento lo que mi madre y yo te hicimos a ti, lo de tus padres… ojalá nada de esto hubiese pasado nunca… ojalá… hubiésemos tenido… otra oportunidad…
Tras esas palabras, las fuerzas parecen abandonar definitivamente a Teo, que se desploma en el suelo junto a Rai, cuya respiración se ha parado definitivamente. Los que están más cerca pueden ver perfectamente cómo ha exhalado su último aliento, con los ojos abiertos de par en par.