La Norma Número Diez CAPÍTULO 84
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CAPÍTULO 84

LA NORMA NÚMERO DIEZ

Presente

Cuando Axel llega hasta el cuarto donde guarda las diferentes herramientas con las que, tan solo unas horas antes, castigó a Esther con dureza, recuerda que, en esa misma estancia, en el interior de una pequeña vitrina, el Profeta dejó momentos antes el silbato que siempre llevaba colgando del cuello, concretamente desde que se lo quitó a Diego Valbuena, al Maestro.

Durante unos instantes vuelve a dudar acerca de lo que debe hacer.

El Maestro insistió durante muchos años en la importancia del trabajo de las cuatro virtudes, la prudencia siempre fue su fuerte.

Y en ese momento sabe perfectamente lo que ha de hacer.

Tras coger un par de fuertes tenazas para poder quitar los clavos de la cruz, también coge el silbato, luego se dirige hacia el oscuro y profundo sótano de esa casa donde alguien agoniza desde hace un año.

Con las piernas temblorosas, Axel desciende todo lo rápido que puede a ese lugar al que tan solo él y el Profeta han bajado desde el último año. Coge las llaves que cuelgan sobre una pared y se dirige hacia la última de las jaulas. Cuando está frente a ella, inspira profundamente, y dice:

—Necesito que te levantes y me ayudes, Diego, ha llegado el momento de que pares esto.

El tenue brillo de un par de ojos aparece en el rincón más escondido de esa oscura jaula para personas.

Como un animal herido de muerte, y desprendiendo un hedor difícil de soportar, ese par de ojos se aproximan despacio y con dificultad hasta la puerta de la jaula, que Axel se ha apresurado a abrir.

El hombre de pelo ensortijado que lleva formando parte del Movimiento desde su origen mira a los ojos a la persona que lo empezó todo y agacha la cabeza con vergüenza.

—¿Por qué, Axel? ¿Por qué permitiste esto? —dice Diego, cuyo rostro es la viva imagen de la desnutrición.

Axel niega con la cabeza antes de responder.

—El Profeta dijo que había llegado el momento de ir más allá, de vencer de una vez por todas al dragón, de salir de la rueda, de hacer el último movimiento para la liberación del alma humana.

Diego mira al hombre que tiene enfrente y trata de llegar hasta su interior, algo para lo que siempre ha tenido un don.

—Axel, necesito que me cuentes la verdad —dice Diego con seriedad. Su voz suena como algo viejo y a punto de romperse en mil pedazos.

Axel se encoge de hombros. Un par de lágrimas ruedan por sus mejillas.

—Mi madre estaba cada vez más enferma, sus cuidados eran cada vez más costosos, el Profeta me dijo que si lo ayudaba a encerrarte aquí doblaría mis gratificaciones, tanto las directas como las indirectas.

Diego medita un par de segundos antes de responder.

—Entiendo.

—Lo siento, Maestro, le he fallado.

Diego, que entrecierra los ojos antes de decir algo, coge aire y lo suelta despacio.

—Dime, ¿qué es lo que está pasando?

—El Profeta está a punto de ordenar el movimiento final para la liberación del alma humana, la Gran Marcha.

Arriba hay más de tres mil personas a punto de ingerir el elixir para alcanzar la vida eterna.

Tengo mis dudas acerca de que esto sea lo correcto —dice Axel alzando el silbato en alto y poniéndolo al alcance de Diego, que abre de par en par sus cansados ojos al escuchar lo que Axel le acaba de contar.

—¿Cómo has permitido que ocurra algo así? ¿Cómo has dejado que el Profeta llegue hasta este punto? Tú eres más antiguo.

—Pero él tenía un rol superior, tú se lo diste desde el principio, y en la séptima norma dice claramente que todo lo que ocurra en el interior del Movimiento y de los Centros de Interpretación se ha respetar, que mientras no suene el silbato, se ha de continuar.

Diego cierra los ojos y vuelve a coger aire con profundidad. Todo se erosiona al final. Y el Movimiento, el trabajo de toda su vida, aunque le duela y le pese, se ha de parar ya. Coge el silbato que el Profeta le arrebató cuando lo encerró allí abajo y vuelve a colgárselo del cuello.

—Ayúdame a llegar arriba, mis piernas están muy débiles.

—Por supuesto, Maestro —dice Axel pasando un brazo de Diego por detrás de su cuello. Después inicia el ascenso para intentar evitar la tragedia que está a punto de tener lugar, algo que, con la hoja del cuchillo amenazando la vida de Valentina, Rai está a punto de ordenar.

—Pues claro que te tengo a ti, mierda seca, y también a tu familia, y ninguno de vosotros va impedir que lleguemos hasta el final —dice Rai mirando a Teo con rabia—.

Por cierto, ¿les has contado ya a todos cuál es tu verdadero nombre?

¿Les has dicho lo que tú y tu madre me hicisteis cuando yo tan solo era un niño?

Vamos, gordito, sincérate por una vez, ya sabes que las cargas pesadas no se llevan muy bien.

Te quistaste los kilos gracias a mí, y mira qué bien te sentó, ahora quítate de encima las mentiras, te aseguro que pesan mucho más que la grasa —El rostro de Rai se constriñe de una forma extraña.

Tanto Ana como sus dos hijas, como también Santiago y Martina, miran hacia Teo al escuchar lo que acaba de decir Rai.

El desconcierto crece en el interior de todos ellos.

—Creo que tú eres el primero que debería mirar hacia dentro y hacer autocrítica.

Hablas de justicia, pero tú nunca fuiste justo conmigo, hablas de fortaleza, pero en cambio te cobijas detrás mi hija pequeña, hablas de templanza, de vencer a las emociones, pero en ti solo veo a un hombre corroído por el odio y las ansias de venganza.

Hablas de la prudencia, pero creo que estás muy equivocado al pensar que tomándoos ese líquido llegaréis a otra vida.

Te ruego que sueltes a mi hija, me tienes a mí, puedes hacer conmigo lo que quieras, si quieres que me tome lo que hay dentro de una de esas botellas, lo haré sin problemas, ya no tengo miedo, pero, por favor, te pido que seas justo, y que las dejes a ellas al margen de todo esto —dice Teo con lágrimas en los ojos.

La sangre brota de su abdomen y apenas le quedan fuerzas.

Ana mira a su marido sin saber bien qué está ocurriendo.

Santiago, que no deja de apuntar a Rai, se revuelve interiormente al pensar todo lo que no les ha contado su jefe.

Se pregunta si desde un principio les ocultó la verdadera identidad de la persona responsable de las diferentes muertes que han tenido lugar en los últimos días, entre ellas, la de su compañera Berta.

El Profeta, a quien no le han sentado nada bien los argumentos de Teo, va a insistir nuevamente en que cuente la verdad ante todos, en que se quite de una vez por todas la máscara con la que lleva viviendo toda la vida, igual que ha hecho él esa misma noche, pero se empiezan a escuchar disparos fuera del patio central, también gritos y desgarradores lamentos.

Un par de helicópteros sobrevuelan de más cerca toda la propiedad.

Intuye que los «opresores» están a punto de entrar para intentar que la humanidad no avance hacia la eternidad.

Y eso es algo que no puede permitir, si hay algo que lo ha mantenido con vida durante los últimos treinta y cinco años es la ciega creencia en que todo lo que se contaba y se decía en el Movimiento era cierto, en que el rol que el Maestro le asignó, el de Profeta, era algo completamente verdadero, en que sus duras investigaciones y avances por encontrar el elixir de la vida la eterna, no han sido en vano.

No puede permitir que lo estropeen ahora, justo al final.

—¡Escuchad todos! ¡Cerrad las puertas y no dejéis que nadie entre!

¡Ha llegado el momento de la verdad! ¡Abrid vuestros frascos y bebed!

¡En un rato estaremos en el paraíso! —grita Rai con todas sus fuerzas a la espera de que su rebaño no le falle—.

Y tú, mierda seca, beberás conmigo o tu hija pequeña morirá ahora mismo, te necesito para cruzar, así que me parece que, si has aprendido algo en estos cuatro días, sabrás lo que tienes que hacer —dice Rai mirando a Teo, después saca un frasco mucho más grande que el que tiene el resto y bebe la mitad, la dosis que se acaba de tomar es al menos tres veces la que tomarán los demás, después se lo lanza a Teo, que lo tiene a tan solo unos metros y no tiene problemas en cogerlo.

Tras un par de segundos en los que se hace el silencio, las más de tres mil personas que han ido hasta allí esa noche se empiezan a mirar unos a otros sin poder contener la gran emoción que los invade por dentro, algunos de ellos llevan allí menos de un año, pero mucho otros se han pasado más de media vida formando parte del Movimiento, formando parte de algo que ha llenado sus vidas de sentido, de misterio, de emoción, de una causa por la que luchar, de respuestas a cualquier cosa que quisieran preguntar, de libertad y desarrollo personal.

Avanzando y ascendiendo dentro del Movimiento.

¿Por qué iban a dudar de que lo que el Profeta dice que va a ocurrir a continuación, no es verdad?

Así que, sin dudarlo ni un segundo, empiezan a abrir sus botellas.

Luego se las llevan a la boca y se disponen a beber de ellas.

Y justo cuando van a ingerir el contenido del frasco, algo ocurre.

Un estridente y potente sonido que se alarga durante unos cuantos segundos hace que todos se queden completamente en silencio y detengan lo que estaban a punto de hacer.

El silbato ha sonado, y a pesar de que algunas personas de las allí presentes, sobre todo las que se han incorporado al Movimiento durante el último año, no saben lo que significa, el resto, que es la gran mayoría, sí lo sabe.

Lo pone en la última norma, la número diez, la más importante.

Si el silbato suena, todo se suspende. El Movimiento se acaba.

Diego Valbuena, de quien se dijo que se había marchado un año antes sin decir nada a nadie, se sitúa a duras penas frente a la multitud y, tras mirarlos fijamente a los ojos durante unos segundos, vuelve a usar el silbato, esta vez con más fuerza todavía.