La Norma Número Diez CAPÍTULO 83 #2
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CAPÍTULO 83 #2

Axel, que lleva en el Movimiento desde el principio, se vuelve a preguntar si lo que están haciendo está bien, todo está muy confuso en su interior.

Todavía recuerda la vez que irrumpieron en el primer centro de interpretación aquellos padres junto con el resto de vecinos.

Fue la primera vez que el Maestro estuvo a punto de suspenderlo todo, fue la primera vez que estuvo a punto de hacer uso de la norma número diez, la que prevalece sobre todas las demás.

Finalmente, no lo hizo, pero algo en su interior le dijo que aquello, ya por aquel entonces, se les estaba yendo de las manos, y eso que estaban muy lejos de lo que está ocurriendo ahora.

Luego vuelve a pensar en su madre, en qué hubiera sido de ella de no haber apoyado al Profeta en la difícil decisión que tomó hace un año y que tiene que ver con la persona que agoniza en el subsuelo de ese mismo lugar en el que se encuentran.

Eso le hace sentirse menos mal, pero también hace que se pregunte qué será de ella si él no sobrevive a esa noche.

Un profundo sentimiento de pena se adueña de él. Después mira a Zacarías, y le dice:

—Ayúdame a bajarla, Zacarías —dice Axel mirando a su joven compañero.

—Pero… el Profeta ha dicho que ella sería la primera, que después iríamos el resto, no podemos…

—El Profeta no está aquí ahora, y yo soy más antiguo que tú, soy uno de los Antiguos, ya conoces las normas, así que te ordeno que me ayudes a bajarla —reitera Axel endureciendo el tono.

Zacarías asiente con cierto miedo a lo que ocurrirá si el Profeta ve lo que están haciendo, pero también es cierto que, como dice Axel, él es uno de los Antiguos, y ante la ausencia de otra autoridad, debe obedecerlo. Lo pone en la norma número seis del acuerdo.

Tras subirse cada uno a un taburete, sacan con esfuerzo la cruz del agujero que hay en la tarima y la dejan con cuidado sobre el suelo.

—Ahora quitarle los clavos y la corona de alambre de espino —ordena Santiago sin dejar de apuntarlos.

Axel y Zacarías tratan de sacar los clavos con los que Esther ha sido crucificada, pero no pueden, necesitan algún tipo de herramienta para poderlos extraer.

—Voy a ir a por unas herramientas, enseguida vuelvo. Tú ve quitándole la corona de alambre de espino —dice Axel mirando a Zacarías. Después desaparece de la tarima justo por el extremo opuesto al que se encuentra el Profeta.

—¡Santiago! —grita Martina, que ve que hay tres personas intentando subir a la tarima. Son la mujer y las otras dos hijas de su jefe.

Tras ayudarlas a subir, las tres mujeres se abalanzan sobre Esther para intentarla salvar de lo que parece una muerte inminente.

A unos pocos metros de distancia, el Profeta, desde un lateral de la tarima y con el cuchillo con el que ha ensartado a Rai, goteando sangre, observa con nerviosismo lo que está ocurriendo.

Esas personas que están ahí lo están estropeando todo, y no puede dejar que eso ocurra.

El Movimiento para la liberación del alma humana ha de tener lugar ya.

De las tres mujeres que han subido a la tarima, a quienes no tarda en reconocer como la mujer y las otras dos hijas de Teo, fija su punto de mira en la que está más próxima a él, que es Valentina, y se dirige hacia ella, cuchillo en mano, con determinación.

—¡Mamá! —grita Valentina cuando siente cómo Rai la coge por detrás y le pone el largo cuchillo en el cuello.

—¡Valentina! —grita Ana, desesperada.

—Si alguien se acerca a mí os juro que le corto el cuello ahora mismo, sabéis que lo haré —dice Rai con el desfigurado rostro lleno de rabia.

Santiago, que instintivamente dirige la mano con la que sujeta su arma hacia Rai, se pregunta qué probabilidad de acierto tiene desde esa distancia, los números no son demasiado favorables.

—Zacarías, ¿quién te ha dicho que hicieses eso? Vuelve a ponerle la corona inmediatamente —dice Rai con enfado.

—Me lo ha dicho Axel.

—¿Y dónde está ahora Axel?

—Ha ido a por unas herramientas para quitarle los clavos.

El Profeta aprieta los dientes, la rabia se adueña de su templanza. Está perdiendo el control de las emociones.

Las más de tres mil personas que aguardan con el frasco de elixir en la mano, observan con expectación y nerviosismo la situación.

—¡Rai! ¡Suelta a mi hija inmediatamente! ¡Me tienes a mí! —grita Teo, que a duras penas ha conseguido ponerse en pie y llegar hasta la tarima donde se encuentran su mujer e hijas.

Tanto Rai como el resto de personas que hay allí se giran hacia a Teo, para ninguno de ellos ha pasado desapercibido el nombre por el que ha llamado al Profeta.

En las afueras de la casa, las ambulancias y los refuerzos policiales empiezan a llegar, pero en cuanto intentan entrar, empiezan a escucharse disparos que provienen de lo alto de los árboles.

Ante semejante desconcierto, los policías retroceden a la espera de recibir órdenes, el personal sanitario se plantea dar media vuelta y marcharse de allí hasta que la situación esté controlada, aquello tiene toda la pinta de terminar convirtiéndose en un infierno, en una carnicería.

El que tiene mayor rango realiza una llamada que es respondida al instante.

—Tenéis que entrar ahora mismo, ¿me has oído?

Los GEO están en camino, pero no podemos esperar a que lleguen —dice Miguel Ángel, que continúa viendo horrorizado la retransmisión en directo de lo que está ocurriendo en el interior de esa casa.

Durante la última hora él también ha recibido múltiples llamadas y órdenes de sus superiores.

—Pero, señor, no sabemos cuántos son, y van armados, lo más probable es que si intentamos entrar nos abatan con rapidez, de hecho, ya hay dos hombres heridos. Creo, sinceramente, que deberíamos esperar a los GEO.

—¡Y una mierda! ¡Entrad ahí ahora mismo y neutralizad la situación!

¡Y disparad a todo el que se mueva! ¡Es una orden!

—grita Miguel Ángel completamente fuera de control.

En ese momento solo tiene en mente que hay que parar como sea el suicidio en masa que está a punto de tener lugar.

No piensa en las consecuencias de empezar un tiroteo a ciegas.

—De acuerdo, señor, haremos lo que ordena —responde lleno de contrariedad y miedo el policía de mayor rango.