La Norma Número Diez CAPÍTULO 83
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CAPÍTULO 83

HAY QUE ENTRAR YA

Presente

—¿Se puede saber a qué esperamos, Rambo? No hay nadie en los alrededores. Como no entremos ya me parece que nos vamos a perder el baile final —dice Leonardo, que no entiende por qué Santiago ha parado el coche a unos veinte metros del perímetro que rodea a la gran casa.

Santiago mira a su compañero sin decir nada. Hace un rato ha venerado su inteligencia, pero ahora mismo, si pudiera, le cerraría la boca con celofán.

—Me apuesto la vida a que si sales ahora del coche no llegas ni a la puerta —dice Santiago muy serio.

Leonardo suelta una risa nerviosa. Después mira a Martina buscando algo de complicidad a la que aferrarse, pero ella le devuelve una mirada de preocupación.

Leonardo hace ademán de abrir la puerta, pero Santiago lo detiene poniendo una mano en su hombro.

—No te lo aconsejo, genio.

—Ah, ¿no? ¿Y qué me aconsejas?

—Que te esperes aquí con Martina a que yo vuelva, necesito comprobar que el perímetro es seguro. Vengo enseguida.

Santiago sale del coche y ni Martina ni Leonardo se oponen a tal decisión. No ha dado ni cinco pasos cuando el ruido que hacen las escopetas al disparar se empieza a escuchar.

Martina y Leonardo se miran con miedo mientras ven cómo Santiago, a pesar del ruido de los disparos, se adentra sin ningún reparo en el profundo y oscuro bosque.

Tras unos cuantos minutos en los que tanto Martina como Leonardo, encerrados en el coche, tan solo escuchan el ruido de más disparos, vuelven a ver frente a ellos el rostro de Santiago.

Está cubierto de sudor y de gotas de sangre.

En su hombro derecho puede verse el agujero de entrada de un proyectil desde el que mana una sangre densa que tiñe su chaqueta.

Cuando abre la puerta, Martina acaricia su rostro con ternura, dedicándole, por primera vez, una sincera y dulce sonrisa.

—El camino está despejado por esta zona, pero debemos darnos prisa, es más que probable que haya más gente vigilando por el resto del perímetro y que al escuchar los disparos estén viniendo hacia aquí —dice Santiago alentando a Martina y a Leonardo a que salgan del coche.

Martina sale del coche de un salto, pero no Leonardo, que parece haberse quedado paralizado.

—Eh, genio, ¿a qué esperas? ¿No tenía tanta prisa por entrar?

—dice Santiago mirando a su joven compañero.

Cuando lo observa de cerca, ve que todo él está temblando.

Sin querer, sus ojos se van a su entrepierna, y ve que se ha meado.

El ruido de tantos disparos y ver a su compañero cubierto de sangre, está siendo demasiado para él.

Cuando la mirada de ambos hombres se cruza, Leonardo sonríe entre tímidas lágrimas, después dice:

—Ya ves, Rambo, me acabo de mear, joder, no soy más que un puto cobarde —dice Leonardo invadido por el miedo y la vergüenza.

Santiago, que ve lo mal que lo está pasando su compañero, lo mira a los ojos y aprieta sus hombros.

—Eh, genio, a ver si aprendes a dejar de decir chorradas de una vez, hemos llegado aquí juntos y juntos nos iremos. Te vas a quedar en el coche, cuando lleguen los refuerzos, solo diles que estamos dentro, y que se anden con mucho cuidado porque van bien armados, ¿de acuerdo?

Leonardo mueve el cuello arriba y abajo sin decir nada más. En ese momento, su elevado ego, acaba de recibir un gran baño de humildad.

Cuando Martina y Santiago se dirigen a la puerta de entrada del perímetro de la casa, justo antes de cruzar la verja de acero, es Martina quien le da el alto a Santiago.

—Santiago.

—Qué.

—Las personas esas que se ocultaban tras los árboles que han estado disparando, ¿llevaban túnicas?

—Sí.

—¿Crees que podrías conseguir un par? Creo que llamaríamos menos la atención si nos vistiésemos como ellos.

Santiago tarda un par de segundos en entender las intenciones de Martina.

—Me parece una idea genial, Martina, espera aquí un momento, enseguida vuelvo.

Santiago vuelve a perderse en el interior del bosque, unos minutos después, vuelve con dos túnicas. Tienen alguna que otra mancha de sangre. Le tiende una a Martina y después se pone él una por encima.

Apresuran el paso hasta la puerta de la entrada del muro de piedra que rodea la casa y tratan de abrirse paso entre la multitud que la bloquea parcialmente con su presencia.

Cuando consiguen entrar dentro del patio interior pueden ver que, a lo lejos, sobre una tarima, hay una chica desnuda clavada en una cruz que se retuerce de un modo muy extraño.

—Ten, coge esto, podría hacerte falta —dice Santiago tendiéndole la pistola de repuesto que, aparte de la oficial, siempre lleva consigo.

Martina la coge horrorizada, odia las armas, pero ese horror no es nada comparado con el que está sintiendo Ana, que ha podido ver las imágenes en directo de lo que le están haciendo a su hija mayor a través del móvil de Valentina.

—¿Estás bien, mamá? —pregunta Lidia tras haber presenciado cómo el rostro de su madre se retorcía de frustración e impotencia.

Ana se gira hacia su hija mediana y después asiente con el rostro lleno de pavor.

Pero en esta ocasión, Inseguridad y Miedo no son nada comparados con las tres mujeres que habitan en su interior, la madre, la esposa y la psicóloga, que la empujan hacia delante para ir en busca de su hija mayor, no se irá de allí sin ella.

—Salgamos del coche, hay que llegar allí cuanto antes —dice Ana tras aparcar en el andén. La fuerte lluvia está haciendo que el último tramo hasta la cima sea intransitable en coche.

Justo antes de llegar, ven a otro coche que también ha parado en el andén, en su interior hay un hombre que dice ser policía, se llama Leonardo Castro, y cuando ellas le dicen quiénes son, él les dice que vayan con cuidado porque podrían dispararles, que hace un par de minutos ha pasado junto a él un grupo de chicas que se dirigían a la casa, iban con túnicas blancas, y que si quieren entrar sin que les disparen, les recomienda que las alcancen, les quiten las túnicas, y después se las pongan, puede que sea esa la única forma de llegar hasta donde se proponen llegar.

Las tres mujeres le dan las gracias y hacen exactamente lo que les dice, no sin antes tener que forcejear y luchar contra esas chicas para quitarles lo que, según ellas, tanto esfuerzo les ha costado conseguir.

Cuando consiguen llegar hasta la casa, Ana no puede evitar romper a gritar al ver a su hija Esther agonizando sobre la cruz, su hija mayor es la viva imagen del dolor, una imagen que también está presenciando Teo, desde mucho más cerca y atravesado por el largo cuchillo de Rai.

—No debisteis hacerme eso, mierda seca, en su día te dije que tendrías tu merecido, y esto es lo que te mereces —dice Rai deleitándose con el sufrimiento de Teo, que durante unos instantes solo es capaz de llevar sus manos a las de Rai para intentar que no siga retorciendo ese cuchillo.

—¿Y para esto hacía falta involucrar a tanta gente? ¿Involucrar a mi hija? Ya me tienes a mí, ¿no te basta conmigo?

—Por lo que veo aun no has entendido nada, mierda seca, nada de esto es una elección personal, ya te he dicho que hoy empieza una nueva era, y te necesito a ti para que juntos venzamos al dragón y crucemos el umbral.

Te guste o no, tú me complementas, y el resto, pues qué quieres que te diga, no está mal que nos acompañen en el otro mundo, creo que tú y yo solos nos aburriríamos mucho.

Teo, en cuyo interior está volviendo a emerger esa parte de él que nació en aquella habitación de hospital y que fue creciendo día tras día, reúne toda la fuerza que le queda y la concentra en sus dos brazos, que los estrella con violencia sobre el pecho de Rai, el cual sale despedido hacia atrás, llevándose con él el cuchillo que le había clavado.

—Esta vez tampoco, Rai, no voy a dejar que sigas haciéndole daño a nadie, y menos a mi familia, creo que en el fondo solo eres alguien que ha perdido el juicio y la razón y que ha terminado creyéndose su propia mentira, pero esto se acaba hoy —dice Teo cubriendo con una mano la profunda herida de su abdomen y lanzándose hacia Rai, que flanquea la puerta por la que se sale de esa habitación.

Rai se cubre la cabeza con ambos brazos y aguanta la envestida de Teo, cuyos golpes no solo no son certeros, sino que hacen que se agote con rapidez.

En cuanto Rai percibe que Teo hace una pequeña pausa para coger aire, aprovecha para volverle a clavar el cuchillo en el abdomen.

Rai extrae el cuchillo del interior de Teo para volvérselo a clavar, pero justo cuando está a punto de hacerlo, se escucha cómo el murmullo de la gran cantidad de gente que hay fuera, se vuelve estruendoso, algo está pasando, y Rai, cuyos oídos tratan de afinarse para saber a qué viene tanto alboroto, se aparta momentáneamente de Teo para salir fuera y ver cuál es exactamente la causa de la algarabía.

—Ni se te ocurra volverte a levantar, mierda seca, aun no he acabado contigo, ni lo sueñes —dice apuntándolo con el cuchillo.

En cuanto Rai sale afuera, ve a dos personas que, no tiene duda, quieren estropearle la fiesta.

—¡Atrás! ¡Si a alguien se le ocurre dar un paso más os juro que empiezo a disparar! —grita Santiago que, con mucho esfuerzo, ha conseguido llegar a la tarima donde Esther agoniza. Junto a él está Martina.

—No dispares, Santiago, por favor, no quieren hacernos daño —dice Martina tratando de templar a su compañero.

—¡Vosotros dos, bajadla! —grita Santiago a los dos hombres que están a unos pasos de Esther. Son Axel y Zacarías, quienes se miran sin saber bien qué hacer—. ¡A qué esperáis! ¡Bajadla!