La Norma Número Diez CAPÍTULO 82 #2
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CAPÍTULO 82 #2

—No tienes ni idea, mierda seca, me parece que aun no te has enterado de lo que hemos logrado.

Te contaré una historia que tal vez te resulte un tanto familiar y que puede que te ayude a entender todo esto.

Un tiempo después de que yo despertara en aquel campamento, llegó un hombre que afirmaba venir del Tíbet y haber servido de guía para otro hombre que deseaba viajar hasta ese punto intermedio que hay entre la vida y la muerte.

Ese hombre quería llegar hasta ese inhóspito lugar porque lo que más quería en el mundo era traer a su hijo de vuelta, que era allí donde se encontraba, debatiéndose entre la vida y la muerte en la más completa soledad.

¿Y sabes qué? Lo hizo, ese hombre llegó hasta ese extraño lugar en el que no es posible llegar con nuestro cuerpo, sino con lo que llevamos dentro, con nuestro auténtico ser.

Llegó hasta allí y consiguió traer a su hijo de vuelta. ¿Y sabes qué pasó a continuación?

—¿Qué?

—Que tú despertaste en la habitación de un hospital. Ese hombre que viajó hasta el Tíbet para salvar al hijo que se estaba muriendo, era tu padre, un hombre muy honorable y con una fortaleza increíble a quien tuve el placer de conocer.

—Pero, ¿qué estás diciendo? Mientes.

—No, gordito, yo no miento, si hay algún mentiroso aquí ese eres tú.

No sé si has entendido lo verdaderamente importante de toda esta historia, su verdadera esencia, si lo que ese hombre contaba era cierto, significaba que era posible vivir y existir lejos de nuestro de cuerpo, un cuerpo y una cara que, como te habrás podido imaginar, a mí me sobraba.

Si ese hombre había sido capaz de llegar hasta ese lugar y volver, me dije que, tal vez, a lo mejor también era posible llegar más allá, al otro lado de luz.

Esa historia me marcaría para siempre, y unos años después decidí viajar hasta el Tíbet para escuchar con mis propios oídos lo que tu padre había logrado, necesitaba que me confirmase lo que ese guía que había venido del Tíbet nos había contado y nos había mostrado a través de algunos libros que traía consigo —Rai hace una pausa para estudiar bien el rostro de Teo, que se ha quedado sin palabras—.

¿Todo bien, gordito? ¿No quieres saber cómo acaba la historia?

Hasta ese momento, en lo concerniente a su padre, la versión que su madre le contó es que se marchó por razones laborales y que ya nunca más volvió, insinuando en su forma de hablar y de referirse a él que, lo que realmente hizo fue huir, abandonarla a ella y a un hijo moribundo que estaba a punto de ser desconectado en una fría habitación de hospital.

Solo el hecho de imaginar que lo que le está contando la persona que tiene delante es real, que su padre no solo no huyó, sino que, de una forma extraña y casi mágica, fue quien consiguió salvarle la vida, hace que todo él se llene de una emoción indescriptible.

—¿Cómo acaba la historia?

Rai asiente satisfecho antes de responder.

—Tu padre, a quien no le dije mi verdadero nombre pero sí que yo te conocía y que te había visto despertar, me confirmó lo que había vivido, lo que había hecho para traerte de vuelta, la experiencia que había tenido y también que ahora su lugar era ese.

Me mostró todos los libros que allí había, libros que hablaban sobre la religión más antigua del mundo, la primera religión, la religión de la que partieron todas las demás.

Como comprenderás, mi viaje hasta allí superó con creces mis expectativas y, aunque todavía me faltaba mucho camino por recorrer y muchas cosas por aprender, supuso un antes y un después.

Tu padre irradiaba felicidad cuando le conté que habías sobrevivido, pero todo cambió cuando le conté lo que todo el mundo decía en el pueblo, que después de haberte despertado milagrosamente tras un mes en coma, te habías suicidado.

Eso le destrozó. Su ya de por sí frágil salud fruto de su viaje al Tíbet se vino completamente abajo.

Si no recuerdo mal había perdido un pie y parte del otro durante el ascenso, gran parte de los dedos de las manos, también estaba prácticamente ciego, de hecho, jamás trató de bajar de allí arriba porque le era absolutamente imposible, hubiese muerto al segundo paso si lo hubiese intentado, aquella noticia, imagino, acabó por apagarlo por completo.

Yo mismo le sostuve la cabeza cuando murió.

—¿Y por qué le contaste eso? —pregunta Teo con un gran dolor atravesando su pecho.

Rai se encoge de hombros y vuelve a sonreír.

—Bueno, ¿no era esa la historia que vosotros inventasteis?

¿Por qué iba a desmentirla? Además, mierda seca, a pesar de que yo sabía que había algo raro en todo aquello, no supe realmente hasta hace relativamente poco lo que habíais hecho, yo solo sabía que mis padres no estaban, que los tuyos tampoco, y que según decían tú te habías suicidado.

Fue cuando te vi en aquellos informativos dándotelas de súper policía cuando empecé a atar cabos.

Entenderás que casi me da un vuelco el corazón cuando vi que el nombre que había escrito en la parte inferior del televisor donde salías tú hablando, era el mío.

He de reconocer que, cuando hace unos meses escuché que habían encontrado el coche de mis padres en el Pantano de Contreras, con ellos dos dentro, me enfadé mucho, tanto como para acabar contigo y con toda tu familia de un plumazo, pero finalmente conseguí templarme, y supe que ceder a eso no era lo correcto, que lo correcto era lo que va a pasar ahora, lo que ya está pasando ahora.

Te necesito para cruzar, mierda seca, lo quieras o no, tú y yo formamos partes indivisibles del mismo ser, y me parece que ya ha llegado el momento de juntarse otra vez.

Teo siente que toda esa historia lo está sobrepasando. No solo acaba de saber a dónde fue exactamente su padre, sino qué hizo, y cómo murió. Un par de lágrimas brotan desde el balcón de sus ojos, después dice:

—Bien, Rai, dime qué quieres de una vez, dime dónde está mi hija, y acabemos con esto tú y yo, frente a frente.

Rai sonríe y su grotesco rostro dibuja muecas tan extrañas que es imposible asociar a una emoción concreta.

—Claro que sí, mierda seca, terminemos con esto ya, nos esperan en la otra vida para cenar. ¿Quieres saber dónde está tu hija? Asómate a esa ventana, enseguida la verás —dice Rai señalando con un dedo la misma ventana a la que Teo iba a asomarse cuando lo han conducido hasta esa estancia.

Cuando Teo se asoma a la ventana y ve que su hija Esther es la viva imagen del dolor y del sufrimiento.

Todas las heridas que se ha hecho a lo largo de su vida, se reabren y se multiplican por mil, luego se le clavan en cada milímetro de su cuerpo.

Cuando se da la vuelta para ir a rescatarla, ve que tiene frente a él a Rai, a tan solo unos milímetros de distancia, acto seguido, siente cómo un puñal cuya longitud es suficiente para poderlo atravesar, se hunde con suma facilidad en su abdomen.

Tras asegurarse que está bien dentro, Rai lo retuerce con saña, al tiempo que también lo hace su deformada cara.

—Esta vez no, mierda seca, esta vez el que gana soy yo.