La Norma Número Diez CAPÍTULO 81
85%

CAPÍTULO 81

ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO

Presente

De camino al macizo Caroche, Leonardo llama por teléfono al doctor José Luis Domingo por si puede aportarles algún dato más acerca de la persona a la que sometió a una cirugía radical para convertirlo en hermafrodita.

Y lo que el doctor les cuenta, a regañadientes y tras mucho discutir sobre lo que pone en la Ley de Datos de Carácter Personal, es que, efectivamente, operó a un hombre en cuyo carné de identidad estaba escrito el nombre de Teo Calatayud.

Al principió la operación pareció ser todo un éxito, pero finalmente acabó fracasando y hubo que extirparle los genitales masculinos, quedándose solo con los femeninos.

No obstante, matiza que, aunque sí le recetó hormonas femeninas, no le implantó pechos, así que su figura, a simple vista, bien podría ser la de un hombre o bien podría ser la de una mujer, porque lo que es su cara, completamente destrozada y desfigurada, no quiso que se la tocara.

El doctor Domingo termina diciendo que esa persona había sufrido muchísimo y tenía un grandísimo dolor interior, que alguien le había hecho muchísimo daño en el pasado, por eso accedió a operarlo.

Tras colgar la llamada, Santiago, Leonardo y Martina, quien permanece en un estado de semi catatonia, no tienen ninguna duda en pensar que su jefe es posible que fuese ese alguien que debió hacerle algo muy malo a ese hombre en el pasado, como, por ejemplo, intentar matarlo, como por ejemplo destrozarle la cara.

Solo el hecho de pensar en semejantes posibilidades, hace que se les hiele la sangre.

En cualquier caso, aceleran todo lo que pueden para llegar hasta allí y evitar que mueran miles de personas empujadas por una simple y llana causa personal: la venganza.

De camino a la cima, Leonardo, cuyo cerebro no descansa ni un instante, comparte con sus compañeros algo importante.

—Si mis deducciones no son erróneas, que a la vista está que no lo son —dice Leonardo mirando a Martina a través del espejo retrovisor —, aparte del mejunje ese al que llaman elixir de la vida eterna, lo que te provocó la parálisis fue la estricnina que llevaba como aditivo.

En las versiones anteriores le habían puesto cicuta, pero la cicuta es demasiado fulminante y tal vez no se ajustaba demasiado a sus pretensiones.

—¿A qué pretensiones te refieres? —pregunta Santiago.

—Bueno, si lo que buscan es un vehículo para poder llegar hasta la otra vida, la cicuta puede que te mandase al otro barrio tan rápido que no tuvieses tiempo ni de ver la luz al final del túnel.

En cambio, la estricnina tarda un poco más en hacer efecto, intoxica y paraliza el sistema nervioso central, tetanizando uno a uno todos los músculos del cuerpo hasta que acabas tieso como un palo.

Provoca una muerte lenta y dolorosa durante la cual, supongo, tienes algo de tiempo para pensar.

¿Tú qué dices, Martina? ¿Tuviste tiempo para pensar?

—dice Leonardo girándose de nuevo hacia su compañera y alentándola a que cuente lo que ella misma ha experimentado.

Martina, que todavía está luchando por recuperar el control total de su cuerpo, baja la mirada, eludiendo responder.

Trata de reordenar su mente. La experiencia, como ha descrito Leonardo, fue lenta, dolorosa y aterradora, pero también tuvo tiempo de experimentar otras cosas para las que aún no se siente preparada para hablar.

—Lo que urge ahora es que informemos de tus suposiciones acerca de la estricnina para que las ambulancias estén preparadas, si existe una forma de revertir sus efectos, todavía estamos a tiempo de evitar todo esto —responde Martina mirando a Leonardo de soslayo.

—Ya he dado el aviso, reina. Aun así, la estricnina no siempre se puede neutralizar con benzodiacepinas, que fue lo que te di a ti.

Depende mucho del tiempo que haya pasado desde que se ingirió, de la dosis administrada y de cada persona, vamos, que las probabilidades de salvarse tras ingerir una dosis letal, aun administrándose el antídoto a tiempo, no son superiores al cincuenta por cien —dice Leonardo cruzándose de brazos y apoyando la cabeza contra el cristal de la ventanilla.

—¿Falta mucho para llegar? —pregunta Martina buscando los ojos de Santiago en el espejo retrovisor.

—Menos de media hora —responde Santiago mientras, inconscientemente, aprieta un poco más el pedal del acelerador.

Y eso que no sabe que, a tan solo quince kilómetros de distancia, el dolor que está sintiendo Esther no es comparable a ningún otro.

Llora y grita que la dejen volver con su padre y con su madre.

Grita socorro. Grita que quiere irse de allí. Pero allí ya nadie escucha nada.

—Ten, tómate esto —dice Axel acercando un pequeño frasco lleno de líquido blanco hasta la boca de Esther. Se ha tenido que subir a un pequeño taburete para ponerse a su altura.

Esther, cuya conciencia está empezando a tambalearse, en ese momento solo quiere volver con sus padres.

Para su sorpresa, un nuevo y bonito recuerdo llega hasta ella para acompañar a la mole de una tonelada que está a punto de ser derribada.

En ese momento, lo que más quiere y desea no es tener otra vida que no conoce, sino volver ahí, junto a su familia, a ese tiempo y a ese instante en el que todo funcionaba como tenía que funcionar, en el que se sentía en armonía y en paz con el universo. Se pregunta si es eso posible, volver.

—Esther, tienes que tomarte esto ahora, el proceso puede durar casi media hora, detrás de ti vamos el resto.

El solsticio de inverno ya está aquí —dice Axel volviendo a acercar el frasco a la boca de Esther, cuya consciencia está cada vez más perdida y apenas escucha ni sabe lo que el chico de pelo ensortijado le dice.

En un gesto instintivo, abre la boca. Axel vierte el contenido del frasco en ella y se asegura de que desciende bien por su garganta.

El Profeta, que ha presenciado a unos pocos metros la escena, vuelve a tomar la palabra:

—La Gran Marcha ya ha empezado. El proceso para cruzar nuestro particular mar muerto puede tardar casi media hora.

Después de ella, iremos el resto. Recordad que cuando llegue el momento, deberéis tener los ojos bien abiertos, el que los tiene cerrados no cruza porque no es capaz de ver la puerta de entrada.

También recordad que, como ya ha pasado muchas otras veces en la historia, están a punto de venir algunas personas para intentar que no rompamos la rueda, que no alcancemos la vida eterna, pero en esta ocasión la película no va a terminar igual, nosotros no vamos a fracasar, nosotros sí vamos a llegar.

Solve et Coagula —dice el auténtico Rai para finalizar.

Todo el mundo repite al unísono: Solve et Coagula .

A lo lejos, en el cielo, pueden verse unas tímidas luces que se acercan de forma zigzagueante.

Son las luces de un helicóptero que, desde la altura a la que se encuentra, y con la lluvia que está cayendo, no es capaz de ver a las personas del centro de interpretación que, bordeando el perímetro de la propiedad, esperan armados la llegada de aquellos a los que se refiere el Profeta como los que intentarán impedir que la Gran Marcha tenga lugar.

Por el contrario, sí son capaces de ver de una forma muy difusa la misma imagen que, de una forma un poco más clara, está viendo Valentina a través de la web desde la que se está retransmitiendo en directo la Gran Marcha.

—Dios, esto no puede estar pasando —dice Valentina mirando horrorizada la pantalla de su teléfono móvil.

—¿Qué pasa? —dice Ana sin apartar los ojos de la carretera. El riesgo de despeñarse montaña abajo con la que está cayendo es muy alto.

—Déjame verlo —dice Lidia arrebatándole el móvil a su hermana pequeña. En la imagen puede ver lo que le está pasando a su hermana mayor, a Esther.

—¿Se puede saber qué está pasando? ¿Qué es lo que estáis viendo? —dice Ana con Inseguridad y Miedo acechando de nuevo por detrás de su espalda.

—Es mejor que no lo veas, mamá, solo te pido que aceleres todo lo que puedas —dice Lidia sin apenas poder mantener la calma.