La Norma Número Diez CAPÍTULO 80
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CAPÍTULO 80

AQUEL NIÑO QUE UN DÍA FUE

Presente

Salir de las Hoces del Cabriel en mitad de una tormenta podría calificarse casi como un milagro, pero adentrarse en el macizo Caroche le está resultando aún más complicado.

Caminos embarrados y carentes de tendido eléctrico.

Charcos interminables alimentados por los inclementes azotes de una lluvia que, como en un ataque aéreo incontrolado, bombardea todo cuanto hay bajo ella.

Hubo un tiempo en el que casi consiguió olvidar el pasado, en el que casi llegó a creerse que él siempre se había llamado Rai, que la persona que su madre empujó en el interior del río Cabriel era realmente Teo, y no el chico que lo acosaba y lo humillaba diariamente junto con los otros tres niños.

Pero eso fue antes de ser marido, antes de ser padre.

Por extraño que parezca, tener a alguien a quien amar, alguien cuya pérdida no podría soportar, hizo que también creciese en él, de forma paralela y proporcionalmente de igual fuerza, el miedo a perderlas, y eso fue lo que desencadenó otro tipo de acciones y formas de comportamiento destinadas a equilibrar ambas fuerzas.

El amor es uno de los sentimientos más poderosos que existen, el miedo a perder aquello que se ama, si no se controla, puede terminar ensombreciendo y empañando el sentimiento primario.

Crecer y vivir en torno a esa mentira es algo que ha condicionado su carácter, su forma de relacionarse, pero, sobre todo, es algo que siempre le ha pesado, como un lastre que siempre ha tenido que arrastrar fuese cual fuese el lugar en el que se encontrase.

No poder ser completamente sincero con nadie le ha robado la autenticidad, la transparencia.

Durante los últimos treinta y cinco años ha pensado muchas veces en lo que pasó aquel día.

Siente rabia por las decisiones que tomó su madre sin consultarlo a él.

Primero dijo que Rai no podría sobrevivir nunca, y en base a ello se encargó de que «dejase de sufrir».

Después lo lanzó al río con su documentación para que su muerte no pudiese atribuírsela a nadie, «matando» con ello su verdadera identidad.

Desde entonces, el mero hecho de pensar en el nombre de Teo fue para él algo prohibido y pecaminoso, incriminatorio, algo que, según insistió su madre incansablemente, debía quedar para siempre en el olvido.

Nunca se atrevió a preguntarle a su madre qué fue lo que hizo aquella noche cuando se fue con la escopeta del abuelo escondida bajo la chaqueta, según ella, asegurarse de que nadie pusiese en duda la versión de los hechos que a partir de ese día ella iba a contar: su hijo se había suicidado tirándose al río, víctima de las secuelas psicológicas de un acoso escolar intenso y continuado.

Rai y su familia, por su parte, se marcharon de vuelta a Francia, lugar de donde procedían y al que habían dicho a todo el mundo que volvían.

¿Qué podía salir mal? Cuando su jefe le ha dicho que habían encontrado un Talbot Horizon amarillo en el fondo del pantano de contreras con dos cuerpos en su interior, ya no ha tenido ninguna duda de qué es lo que hizo su madre aquella noche.

Ahora entiende aquello a lo que se refería el verdadero Rai en su última carta cuando dijo que «después de lo que descubrió hace unos meses ya no tuve ninguna duda».

Lo que descubrió, probablemente, fue lo que había sido de sus padres, algo que no haría otra cosa que hacer que estuviese muy pero que muy enfadado.

Según el GPS de su teléfono, el lugar donde se encuentra ya es el macizo de Caroche, el tiempo restante hasta la cima es de veinte minutos.

Son las nueve y media de la noche, el sol está a punto de quedarse parado justo en el lugar más distante de la Tierra, el solsticio de invierno está a punto de empezar, su teléfono recibe una llamada entrante.

Es Ana, su mujer, y se dice que antes de que sea demasiado tarde, ha llegado el momento de contarle toda la verdad, empezando por cómo se llama en realidad.

—Rai, menos mal que respondes, estaba preocupada.

—Perdona, Ana, en el lugar en el que estoy no hay apenas cobertura, de hecho, es probable que la llamada se corte en cualquier momento.

—Tranquilo, no te preocupes, nuestra cobertura tampoco es que sea la mejor. Escucha, Rai, creo que ya sabemos dónde están, de hecho, nos dirigimos hacia allí ahora mismo.

—¿Cómo dices?

—Ha sido gracias a Lidia y a Valentina. Han conseguido acercarse a una joven y les ha dicho dónde iba a tener lugar lo que llaman la Gran Marcha.

—¿Y dices que vais hacia allí?

—Sí, Rai. Esther necesita nuestra ayuda, ahora más que nunca.

Él va a responder nuevamente movido por esa intensa fuerza que, con el afán de proteger aquello que tanto quiere, lo ha ido llenando de inseguridad y miedo para hacer que su control sea más llevadero, pero en el último instante se retiene, se dice que ha llegado el momento de pasar página de verdad, ha llegado el momento de dejar de intentar controlar lo incontrolable.

—Claro, Ana, me parece bien. ¿A qué lugar os dirigís exactamente?

—A la montaña Caroche.

—Bien. Yo me dirijo al mismo lugar. Habéis hecho un gran trabajo, Ana, formáis un equipo maravilloso.

Ana hace una pequeña pausa durante la que medita sus palabras y reordena sus sentimientos, el mar todavía no está en calma, pero al menos las olas ya no son tan altas.

—Igualmente, Rai.

Rai, que estaba a punto de confesarle a su mujer toda la verdad, vuelve a sentir que ese tampoco es el momento, y eso hace que se sienta muy ruin. En cambio, sí tiene el valor de decirle otra cosa que también necesita decir.

—Ana.

—Qué.

—Siento no haberte dicho esto cada día, cada momento, pero te quiero con todo mi corazón, y nunca he dejado de hacerlo.

Tras esas palabras, se hace el silencio. A continuación, Ana responde:

—Y yo, Rai, ya hablaremos de esto, pero ahora ve con mucho cuidado, por favor.

Tras esas palabras la llamada se corta. Rai observa cómo empieza a perder el control de su coche, se le ha reventado una rueda.

Antes de caer montaña abajo, aparca como puede a un lado de la carretera.

Lo que queda del camino, tendrá que hacerlo andando.

Saber que su mujer e hijas se dirigen al mismo lugar que él hace que se reafirme en que el monte Caroche es el lugar correcto, así que, antes de salir del coche, les envía un mensaje a Leonardo y Santiago y otro a su jefe, informándoles del lugar concreto donde va a tener lugar el suicidio masivo más grande de la historia.

Por el momento, la cobertura no permite que se envíe ninguno de los dos mensajes, que se quedan en la bandeja de salida a la espera de encontrar una brizna de cobertura a la que aferrarse.

Acelera el ritmo mientras con su mano derecha toca el inhalador que se ha guardado en el bolsillo derecho de su pantalón, durante un instante siente una extraña confusión, vuelve a sentirse como aquel niño que un día fue.

Adelanta a algunas personas más que también se están encaramando a la cima, a su paso le gritan que «no se puede entrar sin la túnica».

Cuando apenas lo separan unos metros de la verja perimetral que rodea la gran propiedad en cuyo centro puede ver una gran casa, escucha una voz a su espalda.

—Levanta las manos lentamente y no hagas ninguna tontería.

Cuando Rai se gira, ve que ante él hay un joven y una joven vestidos con sendas túnicas blancas. Cada uno sujeta una escopeta que lo apunta directamente a la cabeza.

—Vamos, el Profeta te espera —dice la chica haciendo un gesto para que camine en la dirección que ella le indica.