La Norma Número Diez CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

EL FINAL LOS ESPERA

Ocho días después del Solsticio de Invierno

En la primera de las direcciones que Pedro Castalla les ha dado no han encontrado nada aparte de múltiples telarañas y un sinfín de gatos callejeros ocupando los mejores rincones del viejo caserón de Jalance, un pequeño municipio del interior del Valle de Ayora.

Algo que ha hecho que los ánimos se vengan abajo y se teman lo peor, que los hayan engañado.

De camino a la segunda de las direcciones, la inspectora Bru siente algo malo en su interior.

Es como si se hubiese traicionado a sí misma.

Como el adicto que vuelve a recaer tras muchos años de orgullosa abstinencia.

Sin saber muy bien cómo, día tras día se ha visto absorbida por ese caso que no ha hecho otra cosa que dejar un rastro de incomprensión, de preguntas sin respuesta, de sufrimiento y dolor.

Una parte de ella le dice que su obligación, su cometido, es hacer todo cuanto esté en su mano por terminar con ese caso, esa parte es la que la ha llevado a embarcarse en la intervención que ha puesto rumbo a la presunta ubicación de la persona a la que necesitan encontrar cuanto antes, porque si no lo hacen, nunca podrán dar el caso por cerrado.

Pero hay otra parte de ella que no ha dejado de repetirle que se aleje de todo eso, que se dedique a ella y a su hijo, que vuelva al sendero de las cosas buenas de la vida.

Que detrás de todo cuanto ha estado investigando, todavía se esconden muchas cosas que no le gustará conocer, que no quisiera conocer, y que no debiera conocer.

En medio de ese conflicto interior, las diez personas que conforman esa operación especial aparcan en las afueras de La Zafra, una pequeña y semiabandonada aldea perteneciente a Villena, muy cerca del llamado Barranco del Infierno.

Allí es donde se encuentra la segunda de las ubicaciones que les dio Pedro Castalla.

A medida que se aproximan, muy lentamente, todos tienen la sensación de que allí tampoco hay nadie, el silencio que los rodea no es propio de un lugar en el que exista la vida.

Aún así, cuando están frente a la puerta del caserón, esperan unos cuantos segundos junto a la puerta para intentar escuchar algo.

Cuando están a punto de echarla abajo, se quedan paralizados al oír un ruido que procede del interior.

A ese ruido se le sucede una conversación, y a esa conversación, se le sucede una discusión.

Sin decir nada, las diez personas que hay junto a esa puerta se preguntan cuántas personas habrá dentro, luego se preguntan si estarán armadas.

Siendo presa de un horrible presentimiento y diciéndose que no debería haber ido hasta allí, la inspectora Bru desenfunda su arma reglamentaria, al igual que las otras nueve personas que hay con ella.

El hombre que ha ido el primero todo el tiempo, les hace señas desde la puerta para indicarles que tienen que entrar ya, a continuación, cuenta hasta tres con la mano, después tira la puerta abajo de una fuerte patada. Luego entran. El final los espera.