La Norma Número Diez CAPÍTULO 78
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CAPÍTULO 78

PAPÁ, MAMÁ, ¿QUÉ HE HECHO?

Presente

Lo que al principio eran solo unas pocas gotas, ahora es una extensa y tupida cortina de agua. La tormenta que las nubes negras llevaban todo el día anunciando, ya se ha desatado.

Axel ha hecho unas cuantas pruebas con las cámaras de video para comprobar que funcionan perfectamente y que están preparadas para retransmitir en directo todo el proceso.

La idea es que todo el mundo sea testigo del principio de la nueva era, del nuevo mundo que el Movimiento está a punto de mostrar a la humidad.

Durante las últimas horas ha estado pensando mucho en la persona que agoniza unos metros más abajo, sobre todo desde que ha pasado por las dependencias del Profeta y ha visto que había depositado en una de las vitrinas el silbato cilíndrico, el mismo que el Profeta le arrebató al Maestro.

Se dice que no está bien lo que han hecho con él.

También echa de menos a Jimena. Y eso es algo que detesta.

Porque le recuerda que no está cien por cien preparado.

Se supone que no debería tener ese tipo de lazos, pero los tiene, y eso es algo que le atormenta.

—¿Cómo te encuentras?  —dice el Profeta mirando a Esther a los ojos.

—Bien.

—Eres valiente, significa que has cortado bien tus vínculos, de lo contrario seguirías arrastrando la cobardía de tu padre.

Te dije que todo el mundo arrastra problemas heredados, a veces de antepasados que ni tan siquiera conoce, y que son parte de los problemas que tiene la gente.

Falta muy poco, y hay algunos detalles que cerrar, también hemos hablado otras veces de la importancia y el significado de ciertos símbolos, y de ciertos ritos que se han ido repitiendo a lo largo de la historia.

Como ya sabes, tú vas a ser muy importante en el último de todos, ¿estás preparada?

Esther responde que sí. Siente un cosquilleo tras su pecho.

—Lo que vamos a hacer esta noche es cruzar el umbral que separa esta vida de la otra, justo en el momento del sol quieto, en la noche más larga del año, ¿te has preguntado alguna vez de dónde proviene el verbo cruzar?

Esther niega con la cabeza.

—Proviene de la palabra cruz, que, a su vez, significa la intersección entre dos líneas que se atraviesan en un solo punto. Cruzar es un verbo transitivo, significa pasar por un sitio atravesándolo, que es lo que vamos a hacer todos nosotros hoy.

Esther asiente ante la explicación del Profeta sin objetar ni pensar en nada.

—Pues eso es lo que vas a simbolizar tú, que el momento de cruzar ha llegado, y lo vas a hacer con el símbolo más poderoso que existe, el de la cruz, tú cuerpo se convertirá en la cruz que muestra el lugar de la intersección entre los dos caminos, el de esta vida y el de la otra. ¿Estás lista?

Esther responde con un sí tímido.

—Pues vamos, hay que empezar ya.

El Profeta conduce a Esther hacia el gran patio interior.

La lluvia azota con fuerza a las más de tres mil personas que, con el elixir en una mano y el Libro de las Instrucciones en la otra, esperan impacientes el gran momento.

El suelo, que previamente había sido cubierto de margaritas, con la intensa lluvia se ha ido convirtiendo en una pasta grisácea en la que los pétalos blancos se han ido mezclando con el barro.

Hay gente de todas las edades. No hay límite de edad cuando se trata de creer en la eternidad, en el más allá, en una segunda oportunidad. Todo el mundo guarda silencio cuando ven aparecer al Profeta acompañado de Esther.

Sin decir nada, el Profeta empieza a desabrochar lentamente los corchetes con los que lleva atada la máscara.

Nadie de los que están allí presentes, salvo alguna excepción, ha visto su verdadera cara.

Cuando se retira la máscara, todo el mundo tarda unos cuantos segundos en asimilar el rostro del que los ha guiado hasta allí.

Nada en la cara del Profeta está donde debería de estar.

Sus facciones están completamente desfiguradas.

Es difícil mirarlo a la cara sin sentir cierta desazón.

Tiene todos los rasgos deformados y emborronados.

Un ojo más alto que el otro. Un párpado completamente retraído y el otro medio cerrado.

Una gran cicatriz que se adentra como un valle en el centro de su frente parece que parte su cara en dos.

La nariz hundida, igual que uno de sus pómulos.

La boca deformada y la mandíbula desigual.

No parece el rostro de una persona, sino el de un monstruo.

Tras una espera que se alarga un par de minutos en los que solo se escucha el relajante sonido de la lluvia, el Profeta dice:

—Creo que todos los que estáis aquí sabéis que la vida que hay ahí fuera no es real, es contraria a lo que realmente somos y debemos ser.

Es una vida que impide que las personas puedan estar en equilibrio consigo mismas y con el resto del universo, es una vida que no respeta a las personas, que no quiere a las personas, que no le importa las personas.

Pero lo que tenemos aquí, lo que somos aquí, sí es real, y los que estamos aquí hoy y lleguemos hasta el final veremos el resultado de miles de años de búsqueda, veremos lo que hay detrás, al otro lado de la luz.

La multitud estalla en un clamor de vítores y expresiones de júbilo, interrumpiendo el discurso del Profeta, que espera unos instantes a que la multitud se calme. Cuando lo ha hecho, levanta la mano derecha para pedir la palabra otra vez.

—No soy quien para juzgar si los aquí presentes sois dignos de cruzar o no, esa parte ya no me toca a mí.

He estado muerto en varias ocasiones, y he visto el lugar que hay detrás, el lugar que nos espera, también he visto y he leído los libros más antiguos, los que hablan de la Enseñanza Original, de la única religión verdadera —El Profeta hace una pausa.

Alza ambos brazos con las palmas de las manos hacia arriba—.

Pero no tengo ningún poder para saber quién cruza y quién no, solo sé que, en la nueva vida, y eso es algo para lo que yo sí he intentado prepararos, solo se admiten personas que estén en posesión de las cuatro virtudes, personas que son igual por dentro que por fuera.

También sabéis que, como os he dicho en varias ocasiones, para poder llegar a la perfección, a la otra vida, antes hay que abandonar esta.

Lo que tenéis en la mano es fundamental para alcanzar la inmortalidad, sin eso, seréis simples mortales, seréis simples cuerpos.

No hace falta que os diga que la sustancia que se esconde en ese frasco que tenéis en la mano es lo que muchos han llamado en el pasado el elixir de la vida eterna, yo simplemente os puedo decir que lo que vais a ingerir en breves instantes, primero os matará, y después os hará revivir en otro lugar, en la otra vida.

Y pasaréis a formar de la era de la inmortalidad.

Los vítores vuelven a colmar el patio interior. El Profeta vuelve a alzar ambas manos pidiendo calma.

—Yo tengo que esperar a que venga mi otra mitad, sin él yo no puedo cruzar, en el caso de que no lo haga, cruzaréis vosotros igualmente, y yo me quedaré.

Esther va a dar inicio a la Gran Marcha, ella es quien abrirá la puerta, cuando lo haga, cuando abandone este mundo, habrá empezado el gran movimiento para la liberación del alma humana, tras ella, cruzaréis los demás.

El Profeta hace un signo de asentimiento mirando a Esther, que le devuelve el gesto, emocionada.

A continuación, Axel, acompañado de otro chico que no debe tener más de veinte años, de nombre Zacarías, llega a la tarima con una cruz de madera de aproximadamente dos metros y medio de alta por casi dos de ancha.

La dejan caer en el suelo a la espera de lo que diga el Profeta.

—Sin la túnica —dice el Profeta.

Esther asiente y se desprende de la única prenda de ropa que lleva encima, quedándose completamente desnuda.

Todo el mundo mira las múltiples heridas que recorren su cuerpo y por las cuales, como los escurridizos rápidos de un río, desciende el agua de la incesante lluvia.

Tras unos segundos de pausa, el Profeta le hace un signo para que se tumbe sobre la cruz, ella obedece sin titubear, aunque por dentro está hecha un flan.

Cuando se tumba sobre la madera, a la espera de que Axel y el otro chico, Zacarías, procedan, con los brazos completamente estirados y las piernas sobre el mástil longitudinal de la cruz, llega a ella un nuevo recuerdo de su infancia.

Su padre la lleva de la mano. Acaba de recogerla del colegio.

Primero van a merendar al parque. Luego hacen una visita al kiosco y, más tarde, se reúnen con su madre y sus hermanas pequeñas.

Van todos juntos al cine. No suelen hacerlo nunca entre semana, pero es viernes, y al día siguiente no hay que madrugar.

Después de la película van a cenar y, entre risas, recuerdan las escenas más emotivas.

El recuerdo de ese día, un día completo en el que no tuvieron cabida los pensamientos tristes ni feos, se sienta en el centro de su conciencia como una mole de miles de kilos.

No sabe por qué ese recuerdo bonito, ese recuerdo feliz, ha escogido ese preciso momento para salir del lugar en el que estaba encerrado e ir hasta allí, el presente.

Lo único que sabe es que por más que lo intenta no es capaz de hacer que se mueva.

Y si no se mueve, las nuevas creencias que durante el último año han ido poseyendo todo cuanto es ella, se tambalean, y eso implica que aquello que sostenían, como por ejemplo el viaje hacia la otra vida, deje de tener sentido.

Zacarías se encarga de atar su brazo derecho a la madera.

La cuerda es tosca, erosiona su frágil piel con facilidad.

Pero ella no grita ni llora, en su cabeza solo hay lugar para ese bonito recuerdo que se ha hecho grande como un castillo hinchable.

Axel hace lo propio con su brazo izquierdo, en esta ocasión siente algo más de dolor.

A continuación, atan sus piernas a la altura de sus tobillos.

Con la respiración entrecortada, mentalmente vuelve a cogerse con fuerza a la mano de su padre.

Y desea con todo su ser que, después de recogerla del colegio, la lleve un rato al parque, se coma con ella la merienda y, con un poco de suerte, terminen todos juntos en el cine, comiendo palomitas y riéndose de lo que les proponga la vida.

Un suave cosquilleo sobre la palma de su mano izquierda es el preludio del dolor más punzante e intenso de cuantos ha sentido.

Un clavo de aproximadamente un centímetro de grosor atraviesa su mano izquierda, que ahora ya no necesita las cuerdas para continuar unida a la madera.

El desgarrador grito que sale desde lo más profundo de su alma hace que las más de tres mil personas que están presenciando su crucifixión, contengan la respiración.

Pocos segundos después, Axel repite la operación sobre su mano derecha.

Lejos de suplantarse, los dolores que proceden de ambas manos parecen potenciarse.

El pensamiento bonito de hace tan solo unos instantes, a pesar de su peso, se está moviendo.

Ya no parece esa mole de varias toneladas de peso, ahora es más bien como una cabaña de paja.

El clavo con el que Axel atraviesa sus pies para clavarlos en la madera es un poco más largo y grueso que el resto.

Ha partido con suma facilidad algunos de sus huesos.

Por último, rodean su frente con un alambre de espino cuyos extremos terminan con la cabeza y la cola del dragón que se come a sí mismo, esa corona sujeta su cabeza sobre el palo central de la cruz.

Cuando Axel y Zacarías levantan la cruz y la introducen en un pequeño agujero que hay sobre la tarima, se hace de nuevo el silencio.

Esther observa durante unos instantes los rostros de todas las personas que la miran en silencio y, en ese momento, cagada de miedo, se pregunta, papá, mamá, ¿qué he hecho?

A continuación, escucha un millar de vítores y clamores que impiden cualquier tipo de grito pidiendo auxilio que ella pueda emitir. Lo más terrible está por venir.