CAPÍTULO 77
EL DÍA SE ACABA
Presente
Santiago vuelve a llamar con insistencia, ignorando por completo los comentarios de su compañero. Sobre ellos ha empezado a caer una fina lluvia. Nadie responde.
—¿Se puede saber qué hacemos aquí? No hay nadie, joder —vuelve a decir Leonardo.
Como ya es normal en esa relación, Santiago elude responder.
Su instinto le dice que si la última localización de Martina es en esa librería, y que sigue sin dar señales de vida, existen muchas posibilidades de que en ese lugar le haya pasado algo.
Sus ojos se posan en la cerradura con la que está cerrada la persiana.
—Es una SAG antibumping de alta seguridad, no te lo va a poner fácil —dice Leonardo, que observa con atención los movimientos de su compañero.
—Eso lo veremos —dice Santiago irguiendo la postura y sacando su arma reglamentaria. A continuación, dispara un par de veces sobre la cerradura, que se encuentra a ras del suelo.
Santiago consigue subir la persiana tras deshacerse de la cerradura SAG con un par de tirones, que, tras los dos certeros disparos, ha quedado destrozada.
—Debe de haberte oído todo el vecindario, si sigues así, los vas cagar de miedo.
—Que se caguen de miedo, no es para menos.
Con la puerta de la tienda que hay tras la persiana no tiene que recurrir a su arma reglamentaria, la derriba de una fuerte patada.
Santiago se adentra en la librería sin titubear gritando el nombre de Martina, tras él, a menor ritmo y no pudiendo evitar fijarse en los curiosos libros que encuentra a su paso, le sigue Leonardo.
—¡Martina! —Santiago atraviesa la librería mientras sigue gritando el nombre de su compañera. Instintivamente se dirige hacia la estancia que se esconde tras el mostrador. Recurre a dos nuevas patadas para derribar la puerta.
Cuando Santiago entra en la trastienda y enciende la luz, puede ver un pie que asoma tras un viejo sofá. Avanza hacia él con rapidez y, allí, tirada en el suelo, ve a Martina.
—¡Está aquí! —grita Santiago con desesperación.
El cuerpo de Martina está en una posición antinatural.
Con las cuatro extremidades retorcidas y agarrotadas.
Las manos en forma de garras. La boca abierta de un modo grotesco, como si estuviese haciendo un gran esfuerzo por bostezar.
Los ojos abiertos de par en par, con los párpados completamente retraídos.
Y la piel de su cara con un tono entre lívido y amoratado, con todos los músculos del cuello y de las primeras costillas contraídos.
—Hostia puta —dice Leonardo en cuanto ve el estado en el que se encuentra Martina.
Santiago, que le está tomando el pulso a su compañera, se gira hacia Leonardo y grita:
—¡Todavía está viva! —A continuación, Santiago zarandea el cuerpo de su compañera para intentar que reaccione.
—Se está ahogando. Tiene paralizado el diafragma. En realidad, tiene la mayoría de músculos del cuerpo tetanizados —dice Leonardo mientras rehace la coleta con la que recoge su pelo.
—¿Se puede saber por qué no has llamado ya a una ambulancia? —dice Santiago mientras continúa intentando hacer que Martina reaccione.
—No te recomiendo que hagas eso.
—¿El qué?
—Que la zarandees así, solo harás que aumente la tetanización. Deben haberla envenenado con un neurotóxico, y creo que no es cicuta, como en las otras chicas.
—¿Cómo lo sabes?
—Si fuese cicuta ya estaría muerta, o casi. Es otra cosa. Y es precisamente esto lo que puede que estén buscando.
—¿El qué?
—Una muerte lenta y dolorosa.
—¡Joder! —grita Santiago con rabia. Después añade: ¿Se puede saber por qué aun no has llamado a una ambulancia?
—Tranquilo, socio, estoy pensando. La ambulancia no sé si llegará a tiempo, pero puede que nosotros sí.
—¿A qué te refieres?
—Por el color de la piel de nuestra compañera, no estoy seguro de que cuando lleguen la encuentren viva, en cambio, nosotros, puede que sí tengamos alguna posibilidad.
—Coño, eso ya lo has dicho antes, ¿y qué se supone que debemos hacer?
—Ayúdame a buscar si por un casual el viejo librero guardaba medicamentos en la cueva. Con su edad, le deben haber hecho recetas para aburrir.
—¿Qué medicamentos?
—Tú busca, luego yo te digo si nos valen o no.
Sin tiempo para cuestionar lo que dice Leonardo, Santiago empieza a buscar por toda la librería posibles lugares donde Evaristo pudiese guardar medicación.
Tras un par de minutos de intensa y frenética búsqueda, encuentra un cajón en el que hay unas cuantas cajas.
Las coge todas y vuelve junto a Martina.
Leonardo, por su parte, también ha encontrado un par de cajas.
Tras observar brevemente los medicamentos con los que cuentan, en el rostro de Leonardo se dibuja una sonrisa de satisfacción.
—A lo mejor hoy nuestra amiga vuelve a nacer —Leonardo coge una caja de Diazepam que lleva un par de años caducada y saca varias pastillas.
Las machaca bien con en el lomo de un libro hasta convertirlas en polvo.
Después coge un pellizco y lo empieza a colocar bajo la lengua de Martina, cuyo rostro está cada vez más amoratado.
Repite la operación varias veces, frotando bien con su dedo índice por el interior de toda la cavidad bucal de Martina.
Santiago, que no tiene ni idea de lo que está haciendo su compañero, se queda observando sin pestañear el rostro de su compañera a la espera de que ocurra un milagro.
Aproximadamente un minuto después, como si acabase de volver de entre los muertos, el tórax de Martina se empieza a mover y, a continuación, recupera primero la respiración, después, poco a poco, la movilidad del resto de su cuerpo.
Santiago, a quien están a punto de saltársele las lágrimas de pura emoción, abraza a Martina con fuerza, apretándola contra su pecho, mientras observa por encima de su hombro a su compañero Leonardo, que permanece en silencio.
No tiene ni idea de cómo lo ha hecho, pero en esos momentos lo considera un auténtico genio.
Lo que acaba de presenciar hará que se gane su eterno respeto.
Unos cuantos minutos después, y ya con Martina bastante recuperada, incluida la función del habla, llega la ambulancia.
Pero de ningún modo aceptará ir con ellos al hospital, que es lo que le sugieren que haga.
Todo lo contrario, dice que se va con Santiago y Leonardo a parar lo imparable.
Cuando sus compañeros le cuentan la decisión de Rai de que ellos vayan al Alto de las Barracas, ella dice que, de ningún modo, que ellos se van también al macizo Caroche, que es allí donde va a tener lugar la tragedia que hará temblar a toda la humanidad, se lo dijo Evaristo antes de que se marchase.