CAPÍTULO 75 #3
Laura, que siente cómo hierve su interior, y presa de esa expresión salvaje que parece haberla poseído, en un rápido movimiento que hace sin pensar, coge un grueso cojín del sofá que tiene junto a ella, lo acerca hasta el padre de Rai, lo mira a los ojos y, poniendo la escopeta junto a él, dispara.
El padre de Rai no es plenamente consciente de lo que acaba de hacer Laura hasta que empieza a notar como sus pulmones se llenan rápidamente de sangre.
Intenta decir algo, pero su cuerpo cae abatido hacia delante.
No tarda ni cinco segundos en dejar de respirar.
La madre de Rai, que ve cómo su marido acaba de caer junto a ella, va a empezar a gritar, pero antes de que lo haga, Laura coge otro cojín y repite la misma operación con ella, en esta ocasión el disparo es por la espalda.
A pesar de la atenuación que han posibilitado los dos cojines, se ha escuchado algo de ruido.
Durante la hora siguiente, Laura permanece en silencio, acurrucada en el suelo de esa casa, esperando a que algún vecino que haya podido oír algo llame a la puerta, vea lo que ha pasado y la delate. Pero para su sorpresa, nadie llama.
Cuando las manos dejan de temblarle. Busca las carteras de los padres de Rai y del propio Rai, afortunadamente, no tarda en encontrarlo todo.
En el recibidor hay un pequeño bolso de cuero donde está toda la documentación de los Viel, como las tarjetas de la seguridad social o los carnés de identidad.
Debían tenerlo preparado, dado que estaban a punto de mudarse.
Tras asegurarse que no hay nadie en el exterior, saca con esfuerzo los cuerpos de los padres de Rai y los mete en el asiento trasero del Talbot amarillo.
En el maletero no hay espacio para nada más, está repleto de las maletas con las que esa familia iba a empezar de cero en otro país.
Después conduce hasta el embalse de Contreras y, cuando llega a una de las zonas con mayor desnivel, se baja del coche sin olvidar la documentación de toda la familia, que se la queda con ella, luego empuja con todas sus fuerzas el coche hacia el interior del embalse.
Las oscuras aguas no tardan ni diez segundos en engullir el Talbot Horizon amarillo.
Y allí permanecerá durante los siguientes treinta y cuatro años y medio, cuando un equipo de salvamento lo encuentre al tratar de rescatar a otro coche que ha caído accidentalmente tras salirse de la carretera.
Cuando Laura llega a casa, ya de madrugada, ve que su hijo se ha quedado dormido esperándola junto a la puerta.
Lo mira con ternura y se vuelve a repetir que nunca, nunca, nunca, dejará que nadie se lo arrebate ni que le vuelva a hacer daño.
Que volvería a hacer lo que acaba de hacer una y mil veces.
Al día siguiente redactará una carta que firmará su hijo Teo en la que anuncia que ya no soporta más la vida, que se va a suicidar tirándose de nuevo al río Cabriel.
Y con esa carta irá destrozada a la policía para que empiecen con las operaciones de búsqueda y rescate.
Su plan era que encontraran el cuerpo de Rai con la cartera de su hijo en su interior.
Ella lo identificaría y su hijo pasaría a estar oficialmente muerto.
Pero para su sorpresa, el cuerpo de Rai, tras un mes de búsqueda, no aparece.
Los equipos de rescate dirán que es algo que suele pasar, que no siempre es posible rescatar a los cuerpos de los ríos, que a veces aparecen meses después, o años después, o que nunca aparecen.
Laura, ante la noticia de que la policía y los equipos de rescate van a dejar de buscar a su hijo porque es imposible que tras un mes pueda continuar con vida y porque ya no tiene sentido seguir empleando recursos en buscar el cuerpo de una persona que no ha podido sobrevivir, decidirá marcharse de ese pueblo para no volver nunca más.
Lo que nadie sabe es que, en el maletero de su coche viajará con ella su hijo Teo.
Llegarán hasta Francia y allí, adoptando la identidad de la madre de Rai ella, y del propio Rai él, empezarán otra vez de cero, tal y como el verdadero Rai y sus padres iban a hacer.
Lo que Laura nunca sabrá, ni tampoco el cuerpo nacional de policía, es que apenas unas horas después de que Laura tirase el cuerpo de Rai al río, lo rescatarían algunos miembros del Movimiento, que lo vieron flotando en un pequeño remanso, alertados por los ladridos de un fiero perro negro.
Al ver el carné de identidad que había en su bolsillo, Diego Valbuena, el Maestro y líder del Movimiento, no tendría ninguna duda en identificarlo como el mismo niño al que ya rescataron unas semanas antes, que, como muchos otros profetas en la historia, tuvieron no solo una, sino dos llegadas.
Y allí permanecerá más de un mes en ese estado de coma hasta que, milagrosamente, se recupere.
Eso sí, la cara la tendrá tan destrozada que absolutamente nadie será capaz de afirmar que ese niño no es Teo, a pesar de su insistencia en afirmar lo contrario.