CAPÍTULO 75 #2
—Escúchame, Teo, ahora voy a tener que salir para hacer una cosa, ni se te ocurra salir de casa o abrirle la puerta a nadie, ¿de acuerdo?
Teo, que no tiene ni la menor idea de lo que está a punto de hacer su madre, asiente.
—Prometí un día que no dejaría que nada ni nadie te haría daño otra vez, y eso es lo que estoy haciendo, hijo, protegerte.
A partir de ahora tendrás que hacer todo lo que yo te diga y seguir mis instrucciones a rajatabla, de lo contrario, no saldrá bien, ¿de acuerdo?
Si alguien descubre que tú o yo hemos estado implicados en la muerte de Rai, nos acusarán de asesinato.
Yo acabaré en la cárcel, probablemente hasta el final de mis días, y tú en un reformatorio, probablemente hasta que tu vida esté completamente arruinada. No puedo permitir que eso pase.
Teo dice que sí con la cabeza, pero en realidad le cuesta seguir los razonamientos de su madre.
—Pero, ¿qué va a pasar ahora? —pregunta Teo con miedo.
—Que vas a tener que dejar de ser Teo, hijo, a partir ahora vas a tener que convertirte en otra persona, es la única forma.
Confía en mí, terminarás entendiéndolo. A partir de ahora Teo está muerto, es el niño que acaba de caerse al río.
Nadie notará la diferencia porque yo me encargaré de identificarlo cuando su cuerpo aparezca.
Eso, que su cara es irreconocible, la nota de suicidio que dejarás y la ropa y la cartera que lleva encima, harán el resto.
Teo ve cómo su madre se dirige hasta la vieja habitación donde su abuelo pasó sus últimos días y rebusca en su armario.
De su interior saca su vieja escopeta de caza.
Comprueba que está cargada, pero por si acaso se echa unos cuantos cartuchos en el bolsillo de su pantalón.
Antes de salir de casa, Teo le vuelve a preguntar:
—Mamá, pero ¿qué está pasando? ¿Qué vas a hacer ahora?
—Ya te lo he dicho, vas a tener que convertirte en otra persona, pero para poder hacer eso antes tengo que hacer yo otra cosa. Tú no salgas de casa ni le abras la puerta a nadie. Hasta nueva orden, no vas a poder comunicarte con nadie. Nadie puede saber que estás aquí, ¿de acuerdo?
Cuando Laura se convence de que su hijo la ha entendido y que la va a obedecer, sale de allí escondiendo la vieja escopeta de su padre bajo su chaqueta.
Con la cabeza envuelta en oscuras turbulencias, pone rumbo hacia la casa de Rai, donde sus padres deben estar preocupados, esperándolo.
Más si cabe porque, tal y como han estado diciendo durante los últimos días, se iban a marchar a vivir a Francia esa misma noche.
Cuando Laura llega hasta la casa de Rai ve que, en efecto, sus padres están junto a la puerta, muy preocupados, a unos cuantos metros puede ver, aparcado junto a la acera y preparado para el largo viaje, su coche, el Talbot Horizon color amarillo.
Los padres de Rai endurecen el rostro cuando ven a Laura dirigirse hacia ellos. Desde que Teo despertó del coma y contó lo que había pasado, la ya de por sí frágil relación entre las dos familias se resquebrajó por completo.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunta la madre de Rai con acritud.
—¿Podemos hablar un momento dentro, por favor? —dice Laura tratando de transmitir tranquilidad, de que no se le note el gran estado de nervios y turbación en el que se encuentra.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Sabes algo de Rai?
—Hablemos dentro, por favor, y os cuento.
Los padres de Rai se miran y se preguntan qué está pasando, esa mujer jamás ha ido hasta su casa.
—Pasa —dice el padre de Rai con recelo.
Laura entra en esa casa sin ser del todo consciente de lo que va a hacer, pero estando plenamente convencida de ello.
Cuando la puerta se ha cerrado tras ella, y se encuentran en el salón, se sitúa frente a los padres de Rai y, en un rápido movimiento, saca la escopeta que escondía bajo la chaqueta.
—De rodillas, los dos.
En el rostro de la madre de Rai se dibuja una mueca de terror.
—¡Que os pongáis de rodillas he dicho! —grita Laura apuntándolos con la escopeta.
La madre de Rai es la primera que hace lo que le están diciendo. El padre de Rai, que mira muy serio a la mujer que tiene delante, tarda un par de segundos en hacer lo que le piden, cuando lo ha hecho, dice:
—¿Se puede saber qué estás haciendo, zorra? Te aseguro que como no sueltes ahora mismo esa escopeta lo pagarás muy caro. Y reza porque no le hayas hecho algo a nuestro hijo.
La madre de Rai, que hasta ese momento no se había planteado algo semejante, mira a su marido aterrorizada y después mira a Laura.
—¿Le has hecho algo a nuestro Rai? ¿Es eso, zorra? ¿Le has hecho algo a nuestro hijo? ¿No te valía con que nos fuéramos del pueblo? ¡Dónde está Rai!
Laura ve que la situación se le puede descontrolar en cualquier momento. La mujer y el hombre que tiene delante están muy nerviosos, y podrían saltar hacia ella en cualquier momento. Y después qué. Qué sería de su hijo si a ella le pasase algo en esa casa. Ahora ya no hay marcha atrás.
—Tumbaos boca abajo. Ya —dice Laura tensando los brazos sobre la escopeta.
El padre de Rai niega con soberbia.
—No voy a tumbarme, zorra. Si quieres dispararme, hazlo mirándome a la cara. Pero me temo que eres como tu marido y como tu hijo, una cobarde, de tal palo, tal astilla. No vas a hacer nada.
—¡Que os pongáis boca abajo ahora mismo, joder! —grita Laura con ansiedad. La escopeta le empieza a resultar pesada. Una parte de ella quiere soltarla, acabar con todo eso de una vez, una parte de ella no quiere usarla. Ella es médica, se dedica a salvar vidas, no a quitarlas.
La madre de Rai, presa del miedo, hace lo que le pide Laura y se tumba boca abajo.
—¡Y ahora tú! ¡Venga! —grita Laura mirando al padre de Rai a los ojos tratando de mostrar fiereza.
El padre de Rai le sostiene la mirada durante unos segundos más, luego dice:
—Ya te he dicho que si quieres disparar lo hagas mirándome a la cara, zorra.
No voy a tumbarme boca abajo por mucho que grites, sé reconocer la cobardía a kilómetros.
Y eso es lo que sois tú y tu hijo, unos cobardes, bueno, y tu marido, que se marchó corriendo cuando se empezaron a complicar las cosas.