La Norma Número Diez CAPÍTULO 75
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CAPÍTULO 75

LA MADRE

Cuando Teo llega a casa, ya ha anochecido. Laura no tarda ni dos segundos en saber que algo muy malo ha pasado.

Su hijo tiene el rostro envuelto en lágrimas, el ojo derecho hinchado, el labio inferior partido, un buen moratón en el cuello y un par más en cada pómulo. También tiene la ropa hecha jirones, sobre todo a la altura de su tobillo derecho, desde donde no para de manar sangre.

—¡Teo! ¿Qué te ha pasado? —dice Laura despavorida tratando de hacer un diagnóstico rápido de las posibles lesiones que tiene su hijo.

—Mamá, creo que se está muriendo, que se va a morir por mi culpa —dice Teo en medio de un desgarrador llanto.

—¿De qué estás hablando? ¿Quién se está muriendo?

—Rai. Me dijo que quería pedirme perdón antes de irse por todo lo que me había hecho durante estos años y me propuso ir al bosque para disculparse, pero era mentira, solo quería hacerme más daño. Yo me defendí como pude, pero luego…

Laura siente cómo todo su interior arde. Se prometió a sí misma que si su hijo conseguía sobrevivir del grave estado en el que se encontraba, jamás volvería a permitir que alguien le hiciese daño, lo protegería con toda su alma, lo protegería fuese cual fuese el coste.

—Pero, ¿qué ha pasado? ¿Y dónde está Rai ahora?

—Empezó a perseguirme por el bosque, en las Hoces, iba con su perro, con Lobo, me alcanzaron, decía que me quería matar por haber dicho que cuando caí al río él y el resto de chicos me estaban persiguiendo, me defendí como pude con un palo, tuve miedo, mamá, le golpeé en la cara para defenderme.

Luego cayó semi inconsciente. Creo que se está muriendo, mamá —Teo resume como puede lo que ha pasado. Está muy nervioso, y muy asustado.

Su madre, que internamente continúa con la mente fija en proteger a su hijo, lo abraza contra ella repitiéndose una y otra vez que no va a permitir que nada ni nadie le quite a su niño otra vez, que no va a permitir que le sigan haciendo daño.

Su hijo es su vida, lo que más quiere, y se siente capaz de cualquier cosa con tal impedir que se lo arrebaten, algo que, si Rai muere como consecuencia del golpe que le ha dado, sucederá de un modo u otro.

Porque nadie creerá que ha sido un accidente, dirán que lo ha matado por venganza, acabará en un reformatorio y su vida estará arruinada. No puede permitir que eso pase.

—Escúchame, Teo, ¿dónde está Rai ahora?

—Está allí, en las Hoces, cerca del río.

—¿Y había alguien más con vosotros? ¿Sabe alguien más lo que ha pasado?

—No. Allí solo estábamos Rai y yo, bueno, y su perro.

Laura coge a Teo por los hombros y lo mira fijamente.

—Teo, necesito que me lleves ahora mismo al punto exacto donde está Rai, ¿puedes hacerlo?

Teo, que se seca las lágrimas con la manga de la camiseta, mueve cabeza afirmativamente.

—Pues vamos, no hay tiempo que perder.

Laura conduce, con su hijo al lado, hasta la entrada del bosque, ninguno de los dos dice nada en todo el trayecto.

Cuando el camino se estrecha y ya no es posible continuar en coche, se bajan y continúan a pie.

Caminan deprisa hasta el lugar donde Teo y Rai pelearon, los ladridos de Lobo, que no se ha movido de allí, les confirman la posición exacta donde se encuentra el cuerpo de su dueño.

Cuando Laura se acerca hasta el niño que se ha pasado los últimos años maltratando y acosando a su hijo, ve que tiene la nariz hundida sobre la cara, pero también que todavía respira.

De fondo, y como si fuese la banda sonora de una película de terror, Lobo no deja de ladrar, cada vez con más fuerza.

El cuerpo de Rai convulsiona con sacudidas intermitentes.

Tiene el rostro cubierto por una especie de pasta sanguinolenta desde la cual se forman diminutas burbujas fruto de la entrecortada y débil respiración del chico.

Laura, que en ese momento no es del todo consciente de lo que va a hacer, porque la realidad es que tampoco ha tenido tiempo de asimilar lo que ha pasado, mira a su hijo y le dice que no con la cabeza.

—¿Qué ocurre, mamá? —pregunta Teo en medio de un nuevo ataque de llanto.

—Que tenías razón, no va a sobrevivir, se está muriendo —dice Laura con solemnidad.

Teo, que en el fondo había pensado que su madre era capaz de salvar a Rai, rompe a llorar con más fuerza.

—Teo, mírame a los ojos, y escúchame bien —dice Laura con sobriedad mirando a su hijo a los ojos.

—Qué.

—Rai no tiene ninguna posibilidad de vivir, ¿entiendes eso?

—Pero, todavía respira, tal vez si vamos corriendo un hospital…

—No. No llegaremos a tiempo a un hospital, Teo. Está muy grave. Y se va a morir. ¿Lo entiendes o no? —Laura no está segura de lo que acaba de decir, en absoluto, pero que no quiere arriesgarse a que Rai no sobreviva y su hijo tenga que pagar por ello.

Teo dice que sí con la cabeza, aunque una parte de él se resista a creer que no haya nada que hacer.

—Soy médica, y te puedo asegurar que en estos momentos está sufriendo muchísimo, y ni tú ni yo queremos que sufra, ¿verdad?

Teo tarda un par de segundos en responder, no entiende a dónde quiere ir a parar.

—Teo, ¿me estás escuchando? Ni tú ni yo queremos que Rai sufra, ¿verdad? Y lo que ha pasado ha sido un accidente, nada más. Te has defendido porque quería matarte, y tú no querías hacerle esto, ha sido un accidente. Dilo.

Viendo cómo el rostro de su madre se endurece, Teo asiente, más por no llevarle la contraria que por estar de acuerdo con lo que dice.

—Teo, que lo digas.

Teo vuelve a mirar a su madre a los ojos, nunca ha visto esa expresión en ella. La expresión salvaje.

—¿El qué?

—Di que ha sido un accidente.

—Ha sido un accidente.

—Bien, a partir de ahora te lo repetirás una y otra vez cada vez que recuerdes lo que ha pasado. Con el tiempo terminarás olvidándolo, te lo prometo. Ahora quiero que te des la vuelta, no quiero que veas esto.

—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer, mamá?

—Date la vuelta y no mires, voy a hacer que Rai deje de sufrir, solo eso, pero no quiero que lo veas porque si lo ves, esa imagen te acompañará el resto de tu vida. Y te aseguro que ni tú ni yo queremos eso.

Teo se queda mirando a su madre a los ojos, la expresión salvaje se ha adueñado de ella.

—¿Has entendido lo que te he dicho, Teo?

Teo vuelve a asentir con un nudo en la garganta.

—Bien, pues ahora date la vuelta, ya.

Teo se da la vuelta, roto por el dolor y el miedo.

Las piernas le tiemblan. Cierra los ojos con fuerza tratando de escuchar lo que está pasando a unos metros detrás de él, pero por mucho que se esfuerza, apenas oye nada.

Cuando estaba en el hospital los médicos le dijeron que, debido al tiempo que había estado en coma y a la inflamación cerebral que había sufrido, tendría algunas secuelas que probablemente lo acompañarían de por vida, entre ellas, una importante pérdida de la capacidad auditiva.

Tras unos cuantos segundos en los que no sabe qué es lo que está haciendo su madre exactamente, se gira movido por la curiosidad.

Y la imagen que ve, tal y como su propia madre le acaba de decir, lo acompañará el resto de su vida.

Laura está golpeando una y otra vez el rostro de Rai contra una roca muy afilada.

No es hasta que su cara está tan destrozada que es completamente irreconocible, cuando lo deja caer en el suelo.

Durante unos segundos, Laura permanece en silencio, horrorizada por lo que ha hecho y sin la menor idea de las consecuencias que un día tendrán sus actos.

Cuando ve que el cuerpo de Rai ya no convulsiona y de su rostro tampoco salen burbujitas, se gira hacia su hijo, y le dice:

—Dame tu cartera, Teo.

Teo, que no puede creer lo que acaba de ver, no responde.

—¡Teo, que me des tu cartera de una vez! —grita Laura muy nerviosa.

Teo rebusca en el bolsillo derecho de su pantalón y saca su cartera de la marca Privata.

Laura comprueba que en su interior está el DNI de su hijo. Después rebusca en los pantalones de Rai, pero él no lleva ninguna cartera encima. Se gira de nuevo a hacia su hijo.

—Quítate la ropa.

—¿Por qué?

—¡Porque lo digo yo!

Teo hace lo que su madre le dice mientras ve cómo ella desnuda el cuerpo inerte de Rai. Cuando él se ha quitado toda su ropa, su madre la coge sin decir nada y viste con ella a Rai. Después introduce la cartera de su hijo en los pantalones que acaba de ponerle a Rai.

—Mamá, ¿qué vas a hacer? —pregunta Teo viendo cómo su madre está a punto de empujar a Rai en el interior del río Cabriel.

—Salvarte la vida, hijo —Tras esas palabras, Laura introduce el cuerpo de Rai en el río y tanto ella como su hijo ven cómo las turbulentas aguas dulces lo arrastran y engullen con suma rapidez.

—Marchémonos, aquí ya no hacemos nada —dice Laura con una frialdad hasta entonces desconocida en ella.

Los ladridos de Lobo se agudizan al ver el cuerpo de su dueño desaparecer en el interior del río.

Laura se gira hacia el perro y, tras unos cuantos segundos baremando una posibilidad, busca en el suelo un palo largo y robusto, luego se acerca poco a poco hasta el perro.

—Mamá, ¿qué vas a hacer? —pregunta Teo intuyendo las intenciones de su madre.

—Es mejor que él tampoco esté, podría echarlo todo a perder si continúa ladrando cuando encuentren el cuerpo de su dueño —dice Laura mientras se acerca más al perro y levanta el palo en alto.

—No, mamá, por favor, te lo ruego, deja al perro, no lo mates, él no ha hecho nada —dice Teo llorando desconsoladamente. No puede soportar más violencia.

Tras unos cuantos segundos en los que Laura decide qué hacer, Teo ve cómo la expresión salvaje abandona momentáneamente el rostro de su madre, que deja caer el palo en el suelo ante la atenta y feroz mirada del perro.

Antes de poner rumbo al coche, Teo se pone la ropa que llevaba Rai. De camino a casa ninguno de los dos dice nada. Teo no deja de preguntarse si su madre se ha convertido en una especie de asesina.

Cuando llegan a casa, Laura mira fijamente a su hijo, y le dice: