La Norma Número Diez CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

LA CASA ROJA

Presente

La novena norma dice que, si alguien tiene alguna duda acerca del Movimiento o quiere salir del mismo, tiene que hablar directamente con el Maestro o, en su ausencia, con la persona de más rango. La salida del Movimiento se hará siempre bajo los términos y condiciones previamente pactados.

Si Rai no ha cogido el teléfono móvil durante los últimos minutos no ha sido por decisión propia, sino porque no lo ha oído.

Su capacidad auditiva es inferior al cuarenta por cien de la que debería tener, no es fácil entender que muchas de las cosas que ocurren a su alrededor no las oiga, como por ejemplo una llamada de teléfono.

Pero eso es algo de las tantas y tantas cosas que a lo largo de su vida se ha guardado para él y que nadie más sabe pero que, ha terminado condicionando su forma de ser y su carácter.

Sus problemas de audición, como muchas otras dolencias y limitaciones físicas que tiene, no son algo con lo que nació, son más bien secuelas de lo que le pasó.

La casa roja donde vive Jimena está donde Hugo dijo que estaría.

Parece un pequeño castillo levantado en mitad del bosque, una fortaleza con ventanas apuntadas revestidas por robustas rejas y cuatro torreones acabados con teja de pizarra.

Se pregunta cuánto dinero debió costar una casa así y por qué está en posesión de una mujer que pertenecía a un movimiento con claros tintes anticapitalistas.

Antes de salir del coche, revisa de nuevo su teléfono móvil y ve que tiene varias llamadas y mensajes.

De Santiago, de Ana, de Miguel Ángel Ochoa.

Santiago le ha escrito diciéndole que han encontrado un médico censado en Valencia que hizo hace poco más de un año una cirugía de transformación corporal como la que están buscando y que su idea es ir a hablar con él, pero antes quieren ir a buscar a Martina, que no da señales de vida.

También le cuenta que han encontrado pruebas que apuntan a que las dos familias de terratenientes de las que les habló la experta en sectas, los Aranda y los Castalla, podrían haber estado financiando el Movimiento.

Ana le cuenta que sus hijas podrían estar cerca de que alguna de las nuevas amigas que Esther había hecho a través de las redes sociales les diga algo relacionado con lo que va a pasar esa misma noche y dónde va a pasar.

Miguel Ángel también le ha escrito pidiéndole explicaciones, que le informe de cómo van.

Pero Rai, a quien las fuerzas están empezando a abandonar, sale del coche tras responder a Santiago y a su mujer con la esperanza de que tras las paredes de esa enigmática casa roja se esconda por fin la respuesta a todas sus preguntas: que le digan cuál es la verdadera identidad de la persona que está detrás de todo, qué es lo que se propone y dónde está ahora.

Porque por mucho que él ya tenga sus sospechas, le resulta casi imposible que sean ciertas.

Porque esa persona que tiene en mente, está muerta.

Cuando Rai pulsa el timbre, Jimena no tarda en abrir la puerta. Durante unos segundos se quedan mirándose, como dos extraños que acaban de reconocerse tras muchos años.

—Buenas tardes, ¿Jimena?

Jimena asiente con amabilidad.

—Soy el inspector jefe de la UICAV, me gustaría hacerle unas preguntas relacionadas con una importante investigación que estamos llevando a cabo. Si es tan amable, solo nos llevará un rato.

La mujer observa con detenimiento al hombre que tiene delante. Su cabellera negra es excepcionalmente larga. Su longitud sobrepasa ampliamente sus nalgas.

—¿Cómo ha dicho que se llama?

—No lo he dicho, soy el inspector jefe Viel.

Jimena vuelve a observarlo de arriba abajo durante unos segundos, después lo invita a pasar al interior.

Cuando llegan al salón, Rai se fija en que hay un par de cuadros y también un tapiz en el que la figura central es el dragón enroscado sobre sí mismo.

No hay duda de que, como le dijo Hugo, esa mujer perteneció al Movimiento.

—¿Qué es lo que quiere saber exactamente? —pregunta Jimena.

—Estamos investigando a un grupo de personas que a finales de los años ochenta formó algo así como un grupo de convivencia que se hacía llamar el Movimiento. Esas personas podrían estar a punto de cometer un acto delictivo muy grave.

Jimena mesa con delicadeza el lado derecho de su larga cabellera.

—¿Y en qué puedo ayudarle yo exactamente?

—Según me han dicho, usted formó parte de ese grupo durante algunos años, y me gustaría que me ayudara a saber cuál es la identidad del líder de ese grupo y dónde podría encontrarlos.

Jimena no aparta la mirada ni un instante de Rai. A pesar de que debe haber sobrepasado los cincuenta, conserva una piel muy tersa. Lleva una camiseta blanca de tirantes y un pantalón también blanco de una tela similar al lino.

—Por lo que veo, no se anda usted por las ramas.

—Tal vez lo haría si tuviese tiempo, pero no lo tengo.

Jimena empieza a mesar el lado izquierdo de su cabellera, inclinando la cabeza hacia ese lado. Con sus delicados movimientos desprende un agradable aroma especiado, con notas de madera, vainilla y ciprés.

—Sí, formé parte del Movimiento durante muchos años, pero ya hace un tiempo que me fui. No sé si soy la persona más indicada para ayudarle.

—Yo creo que sí.

—¿Por?

Rai arquea la comisura de sus labios en un gesto triste, apagado.

—Porque no me queda casi tiempo, y necesito encontrar a mi hija mayor sea como sea. Lo siento, pero no me puedo ir de aquí sin que me dé algo de información que me pueda acercar a ella.

Jimena mira al hombre que tiene delante con pena. Sus manos dejan de mesar su pelo.

—¿Su hija está con ellos? —pregunta Jimena con preocupación.

Rai aprieta los labios con algo de vergüenza mientras dice que sí con la cabeza. Siente como si conociese de algo a la mujer que tiene delante, pero no sabría decir de qué.

—Se lo suplico, dígame lo que pueda, haga un esfuerzo por recordar algo importante, ¿quién es la persona que está al frente? —Rai pregunta desde la desesperación de un padre que está a milímetros de perderlo todo.

Jimena lo mira desde la pena. Una parte de ella empatiza con él y quiere ayudarlo, pero también piensa en las diez normas del Movimiento, las diez normas incorruptibles. Duda sobre qué debería hacer.

—No sé qué contarle, la verdad, ni por dónde empezar.

—Empiece por hablarme de la persona que está al frente, por favor.

—La persona que ahora está al frente es el Profeta que el Maestro dijo que un día vendría para culminar la Gran Obra y mostrarnos el camino hacia la Gran Verdad, hacia la eternidad.

El Profeta es quien que rescataría del olvido la única religión verdadera, la religión de la que proceden todas las religiones del mundo.

—¿Qué más puedes decirme de ese Profeta?

—Bueno, cambió mucho con los años. Al principio tardó un tiempo en saber lo que era, aunque bueno, lo mismo cuentan de la mayoría de profetas de otras religiones que se han conocido a lo largo de la historia, que no es hasta cumplida una edad determinada cuando comprenden realmente quiénes son.

Fue alguien que cayó dos veces al río, que sobrevivió dos veces a una muerte segura.

Mucha gente dijo que la persona que cayó al río la segunda vez no era la misma que la primera, que esa persona no era el auténtico Profeta.

Incluso él mismo tardó en reconocerse a sí mismo como lo que era, quiero decir, no solo como el Profeta, afirmaba ser otra persona, afirmaba que él no era quien decíamos que era.

No paraba de repetir un nombre. Pero en la cartera que llevaba consigo había un carné de identidad, y allí había un nombre escrito, el nombre del Profeta, Teo Calatayud.

Con lo que acaba de escuchar, Rai ya sabe perfectamente quién es el Profeta, por inverosímil e increíble que le parezca.

Ahora entiende por qué le está haciendo la vida imposible, por qué se ha llevado a su hija.

Internamente maldice a su madre. La persona que creía muerta, por alguna extraña razón, en realidad no lo está.

Y eso es malo, porque entiende que debe estar terriblemente enfadado.

—¿Y qué pasó luego?

—Bueno. Al final, después de tanto insistir, terminó asumiendo que era quien decíamos que era, y tras un tiempo de preparación en el cual solo podía verlo el Maestro, se marchó para emprender un viaje de aprendizaje por todo el mundo, como también lo hicieron otros grandes profetas a lo largo de la historia.

Tardó bastantes años en volver, pero cuando lo hizo ya no tenía ninguna duda de lo que era y de lo que quería, de lo que iba a hacer.

—¿Y qué es lo que quería? ¿Qué es lo que iba a hacer?

A Jimena se le pinta la cara de nostalgia. Agacha un poco el rostro.

—Dijo que estaba preparado para mostrarnos el camino hacia la vida eterna.

Dijo que nosotros seríamos los primeros en llegar a ese lugar, pero para conseguir llegar a esa vida, primero había que prepararse, que formarse antes adecuadamente antes del día de la Gran Marcha.

Supongo que, por la urgencia que tiene, por lo que ha dicho que va a pasar, ese día es hoy, ¿me equivoco?

Rai afirma con la cabeza. Siente cómo su garganta se estrecha cuando traga saliva.

—¿Y dónde cree que podrían estar ahora? Necesito encontrarlos como sea, necesito llegar antes de que ocurra una desgracia. Si nuestras investigaciones no están equivocadas, creo que se esconden en una montaña, en un lugar alto.

Jimena lo mira a los ojos y después le devuelve una sonrisa tierna, casi familiar, una sonrisa que a Rai le incomoda. Después se levanta.

—Espere un momento, voy a por una cosa que es posible que le sirva de ayuda, enseguida vuelvo.