La Norma Número Diez CAPÍTULO 72
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CAPÍTULO 72

LAS FAMILIAS ARANDA Y CASTALLA

Siete días después del Solsticio de Invierno

Elísabet lleva casi dos horas interrogando a Juan Aranda y a Pedro Castalla, los dos terratenientes que han estado comprando tierras para el Movimiento durante los últimos cuarenta años y financiando otro tipo de operaciones y transacciones.

Se desespera al chocar una y otra vez contra el silencio, contra la lealtad de esas personas que, al igual que las que ha interrogado los días previos, y también esa misma mañana, se muestran totalmente en contra de colaborar.

Lo único que en ese momento quiere, una semana después del solsticio de invierno, es encontrar de una vez por todas a la persona que ha estado detrás del Movimiento y a quien todavía no han logrado atrapar.

Confía en que pueda estar escondido en alguna de las múltiples propiedades que están a nombre de esas dos personas.

Las amenazas de la inspectora con lo que les podría pasar no parecen tener efecto alguno en los dos octogenarios, que saben que, aunque terminen en la cárcel, a su avanzada edad, no tendrán tiempo de sufrir demasiado.

Pero tras más de dos horas golpeándolos una y otra vez con la idea de que solo han sido las marionetas de alguien que los ha estado manipulando durante cuarenta años, es cuando, finalmente, las barreras de sus creencias se vienen finalmente abajo.

Elísabet puede ver cómo la mirada de Pedro Castalla se empaña, está a punto de derrumbarse, Juan Aranda, en cambio, deja caer sus cansados brazos sobre la mesa y apoya la cabeza sobre ellos.

—No es seguro que esté allí, pero hay bastantes posibilidades —dice Pedro por fin, con los ojos enrojecidos.

—¿Dónde? ¿Dónde está? —pregunta Elísabet con ilusión en la mirada.

—Apunte. Son dos direcciones, pero antes de que se las dé, quiero que me prometa una cosa —dice Pedro con la voz trémula.

—Claro, dígame, ¿qué quiere a cambio?

—Cuando esa persona esté sentada en esta misma silla que ahora estoy yo, me gustaría poder tener una conversación a solas, que me explique cara a cara algunas cosas, ¿puede ser?

Elísabet lo piensa durante unos segundos. Y a pesar de que ella no está a cargo de ese caso, y de que apenas conoce al fiscal jefe y no sabe qué pensará al respecto, decide tirarse a la piscina.

—Por supuesto que puede ser, de hecho, le doy mi palabra de que así será.

—Está bien, me fio de usted. Apunte.

En cuanto Pedro Castalla le da las dos direcciones en las que podría esconderse la persona a la que están buscando, Elísabet vuelve a recuperar algo que hacía mucho tiempo que no sentía, que es buena haciendo su trabajo, un trabajo que contrarresta y equilibra las cosas malas que hay en la vida.

A continuación, se pregunta si ella debería formar parte del grupo de personas que vayan a esas direcciones para proceder a la detención de la persona más buscada del país.

Pero eso ya no sería limitarse a preparar el sumario, eso sería volver a ser quien dijo que nunca más sería.