CAPÍTULO 70
EL LIbrO DE LAS INSTRUCCIONES
Presente
La séptima norma dice que, mientras no se diga lo contrario, se ha de continuar, siempre, es imprescindible dejarse llevar y confiar plenamente en que todo funciona como tiene que funcionar, que todo está en armonía y que no hay que por qué tener miedo.
La confianza plena en el Movimiento, en sus normas y en todo lo que ocurra en el interior del centro de interpretación es esencial para que todo transcurra con normalidad.
Cuando Esther abre los ojos tarda un rato en centrarse de nuevo. Todo está muy confuso en su cabeza. El interior de su cerebro es como los restos de un gran accidente aéreo. Un amasijo de emociones rotas, recuerdos interrumpidos, ilusiones contradictorias. Es difícil encontrar las partes de nada.
Tirada en un colchón, ve que a su lado le han dejado el Libro de las Instrucciones .
Lo ha conseguido recuperar. Lo que significa que puede cruzar, eso hace que se centre un poco y que las múltiples partes de nada que merodean en su cabeza se reorganicen en una forma abstracta que ella identifica como sus nuevas creencias.
Al ponerse de pie toda su espalda clama de dolor.
Junto al libro también está la túnica blanca que tanto le costó recuperar el día anterior, se la pone por encima con dificultad.
Siente cómo se le pega a la espalda y a los muslos debido a las múltiples heridas sangrantes.
Se dispone a salir de la habitación en la que está para ir al encuentro del resto de miembros del Movimiento, que ya deben estar llegando para la Gran Marcha, pero antes de que tenga tiempo de atravesar el umbral de la puerta, una voz hace que se detenga.
—Veo que has despertado. Sabía que eras fuerte, sabía que lo lograrías. Lo llevas en la sangre.
Esther se gira en la dirección de la que proviene la voz y ve que, a tan solo unos metros de ella, sentado en un sillón y rodeado de sombras, está el Profeta. Al parecer la ha estado velando, al menos durante un rato. Se pone en pie y se acerca a ella.
—Yo sufrí muchísimo cuando solo era un niño.
Tuve que enfrentarme a cosas a las que nadie más se ha enfrentado.
Vi la muerte con mis propios ojos, me abracé a ella con fuerza.
No una, ni dos, sino muchas veces, pero todas y cada una de ellas la muerte me rechazó por una simple y llana razón.
Una razón que me costó tiempo entender y comprender.
Yo estaba aquí para cumplir con una misión.
La más importante que jamás haya hecho nadie antes.
Esther escucha con emoción las palabras del Profeta, a quien sin haberle visto nunca la cara, considera una especie de Dios.
—Yo conocí a tu padre, nunca te he hablado de lo que pasó entre él y yo, pero sí te he dicho él también es muy importante, de hecho, lo es casi tanto como yo, tal vez incluso más.
El problema es que no estaba preparado, ninguno lo estamos al principio, por eso hemos tenido que hacerle un programa especial.
Esther asiente con veneración mientras espera a que el Profeta coja aire. Se nota que hablar le supone un esfuerzo especial.
—Tu padre no se portó bien en el pasado, nunca te lo he contado, y por lo que intuyo, él tampoco lo ha hecho.
Yo no lo he considerado oportuno porque nunca he querido condicionarte, si estás aquí es porque quieres y deseas estar aquí, pero por ti misma, no por resentimiento ni por odio ni por rabia, quiero que estés aquí con todo tu ser.
En cuanto a él, supongo que los motivos por los que no te lo ha contado son otros, imagino que el primero de ellos es ocultar lo que hizo.
Algo muy malo. Si te cuento esto ahora es porque no me gusta ocultar cosas, menos a las personas que más me importan.
Quiero saber si cuando llegue el momento de la verdad estarás del lado de la verdad, si estarás de mi lado.
Esther dice que sí emocionada. Un par de lágrimas descienden por su cara.
—Mi padre es la persona más egoísta que he conocido en mi vida, solo piensa en él. Y nunca ha hablado de su pasado, siempre que le hemos preguntado ha cambiado de tema. Con el paso de los años se ha ido volviendo cada vez más extraño, más desconocido.
Ahora es el Profeta quien, bajo su máscara, sonríe complacido. Luego añade algo importante.
—No sé si alguna vez te has preguntado el porqué de lo que te pasa, el porqué de la incomprensión, de la tristeza, del dolor interior. El por qué estás aquí ahora y no con tu familia.
Esther siente la necesidad de llorar. El Profeta acaba de meter el dedo en la llaga.
—Me lo he preguntado una infinidad de veces desde que tengo uso de razón.
El Profeta asiente satisfecho.
—Como ya has visto, no eres la única. A todas las personas que forman parte del Movimiento les pasa lo mismo, no entienden lo que les pasa, solo que no están bien y que, si siguen con sus particulares vidas, nunca lo estarán, todo lo contrario, irán a peor.
Pero yo sí sé lo que les pasa, porque yo también estuve muchísimo tiempo en esa situación.
Detrás de la mayoría de las personas, incluida tú, incluido yo, incluido tu padre, hay ciertos problemas que han heredado, que hemos heredado.
Problemas que no nos pertenecen, pero que nos ha tocado sufrir y vivir con ellos.
Tú eres hija de la mentira, del engaño, del miedo y la cobardía, eres hija del sentimiento de culpa, y por eso siempre has sentido todas esas cosas para las que ni tú ni nadie tenía explicación.
Tu padre también heredó algunos de esos problemas, por eso él no tiene toda la culpa.
Yo también heredé muchas cosas malas, y por eso lo primero que tuve que aprender fue a deshacerme de ellas.
La mayoría de problemas que heredamos provienen de nuestras familias, de ahí la gran importancia de cortar el vínculo cuanto antes.
Para poder trascender, para poder romper el círculo, antes hay que deshacerse de todas las impurezas, después hay que trabajar las cuatro virtudes y buscar el equilibrio interior y exterior, como es arriba, es abajo, como es por dentro, es por fuera.
El equilibrio es la clave. ¿Lo entiendes todo?
Para poder trascender, se ha de estar en armonía con el universo, y el universo es una cuestión de fuerzas en equilibrio.
Esther dice que sí con la cabeza.
—¿Has visto alguna vez mi verdadera cara? —pregunta el Profeta.
—No.
—¿Sabes por qué siempre llevo esta máscara?
Esther se agita interiormente.
—Porque no todo el mundo está preparado para ver tu verdadero rostro. No todo el mundo puede soportar el rostro de la gran verdad.
—Algo de eso es cierto, sí, mi cara oculta una gran verdad. ¿Quieres verla?
Esther dice que sí con gran emoción.
El Profeta se quita primero el silbato con forma cilíndrica que, junto con el colgante del dragón, siempre lleva puesto, se queda unos segundos mirándolo y, tras coger aire, lo deja en el interior de una vitrina.
Luego se quita la máscara con sumo cuidado, despasando los corchetes por los que se ajusta a su nuca, a continuación, mira a Esther a los ojos con su verdadero rostro.
Esther ni tan siquiera parpadea. La cara que tiene frente a ella no es ni de lejos parecida al resto de caras que ha visto a lo largo de su vida. La cara que tiene frente a ella, lo cierto es que le está haciendo sentir un poco de miedo. Ahora entiende por qué habla así.
Tras unos instantes en los que ninguno de los dos dice nada, el Profeta vuelve a ponerse la máscara, pero no el silbato, que lo ha dejado dentro de la vitrina con la intención de olvidarlo para siempre y con él, lo que significa, después dice:
—Ven, vayamos afuera, quiero que todo el mundo te vea, tú vas a ser protagonista cuando todo empiece. Tú vas a ser en quien piense la gente a partir de ahora cada vez que se haga en la frente la señal de la cruz, tú vas a ser quien simbolizará el verdadero significado de la palabra cruzar.
Cuando salen al gran patio interior, Esther puede ver cómo los miembros del Movimiento ya se cuentan por cientos.
Han empezado a caer las primeras gotas de la que parece que será una gran tormenta.
Todo el mundo tiene el Libro de las Instrucciones bajo el brazo y, en un pequeño frasquito, el elixir necesario para poder trascender, el resultado de tantísimas horas de trabajo y de investigación a lo largo de la historia, el resultado final de la Gran Obra.
Sobre diferentes puntos de ese patio interior, Áxel está terminando con la instalación de las diferentes cámaras que retransmitirán en directo ese gran momento para la humanidad. La Gran Marcha de la que, muy pronto, todo el mundo hablará.