La Norma Número Diez CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69

EL RÍO

Teo no tiene tiempo de culparse por haber desobedecido a su madre y haber aceptado la invitación de Rai, por haber caído en su engaño. Solo tiene tiempo de correr para evitar que Lobo lo alcance.

Para su sorpresa, tal y como le ha dicho Rai en tono burlón, el tiempo en el hospital no le ha sentado mal.

Puede sentir cómo sus piernas le permiten correr y saltar más.

Tal vez sea debido a la pérdida de kilos, que hace de su cuerpo algo más ligero, o a la nueva medicación que le recetaron, que hace que sus pulmones resistan más, o tal vez también a que en la cama de aquel hospital se liberó de parte de sus miedos, que eran otra de las causas que lo enlentecían y paralizaban.

Aun así, la habilidad y destreza de Lobo para correr entre los árboles superan con mucho a las de Teo.

Cuando Lobo, a tan solo medio metro de distancia, salta hacia él para atraparlo con su afilada boca, Teo vuelve a sentir el pánico.

Con Lobo mordiendo su tobillo derecho, Teo ve llegar a Rai, que ríe y disfruta viendo cómo su perro clava los dientes en la pierna de su presa.

El pánico, esa fuerza oscura y paralizante que durante tantos años ha evitado que intente defenderse o luchar, trata de aparecer otra vez para dejarlo a merced de lo que le quieran hacer.

Pero en ese instante empieza a sentir una energía y una fuerza que solo reconoce haber sentido antes en una ocasión, es una fuerza que contrarresta al pánico, y en su interior la percibe como una especie de poder, es la misma que hizo que volviera del lugar en el que se encontraba su alma cuando estaba dormido en la cama de aquel hospital.

Esa fuerza es su instinto de su supervivencia, es la semilla de su ego, que a partir de ese día crecerá y crecerá con la sola idea de protegerlo, de que, a partir de ese día, él y solo él sea siempre lo primero.

Como si estuviese poseído por esa nueva y extraordinaria energía, Teo aprieta los dientes y mira a Lobo con otros ojos, algo que el perro parece percibir, porque reacciona aumentando la fiereza de sus rugidos.

Teo mira a su alrededor en busca de algún objeto con el que poder golpear al perro, solo ve una corta pero robusta rama.

La coge y empieza a golpear a Lobo con fuerza, algo a lo que el perro no está acostumbrado.

—¡Eh! ¡Mierda seca! ¡Ni se te ocurra hacerle daño a mi perro!

¡Suelta ese palo! —grita Rai viendo cómo Lobo gime de dolor.

Pero Teo, lejos de parar, en esta ocasión está decidido a enfrentarse, a luchar hasta el final.

Continúa golpeando al perro hasta que Lobo toma la decisión de batirse en retirada, suelta la pierna de Teo y gimotea escondiéndose detrás de un árbol.

—¡Lobo! —grita Rai preocupándose por el bienestar de su perro.

Se acerca corriendo hasta él y le pasa una mano por detrás de las orejas para intentar consolarlo y calmarlo, luego evalúa los posibles daños de su espalda, aparentemente no ve nada.

Aun así, Rai se gira hacia a Teo con odio extremo en la mirada.

—Estás muerto, mierda seca, no has debido tocar a mi perro. Te voy a dar la paliza de tu vida, te voy a dar tu merecido —dice Rai apretando los puños y lanzándose contra él.

Rai lo embiste a la altura del pecho y lo tumba al suelo. A continuación, empieza a darle puñetazos en el rostro, en el cuerpo, en el cuello. Se deja poseer por la rabia y el resentimiento que durante tanto tiempo llevan mandando sobre él y cuyo origen jamás ha sido capaz de identificar.

Sin saber muy bien cómo, esa fuerza llamada ego vuelve a él con intensidad y hace que agarre con fuerza el palo que todavía sostiene con su mano derecha.

Lo alza en alto y, sin pensarlo, lo deja caer con fuerza sobre la cabeza de Rai, que suelta un grito de dolor desgarrador.

El popular chico se lleva una mano a la cabeza y, endureciendo todavía más su expresión de rabia, se dispone a golpear el rostro de Teo con todas sus fuerzas, pero antes de que deje caer su puño, Teo vuelve a golpearlo con el palo, esta vez le da de lleno en la sien izquierda.

Para sorpresa del propio Rai, un intenso mareo empieza a invadir su cuerpo, del cual, durante un momento, no percibe ser el dueño.

Sus ojos bizquean y los músculos de sus brazos y piernas dejan de responderle por un instante.

Teo aprovecha para darle un empujón y quitárselo de encima.

A pocos metros de él, Lobo, que parece haber recuperado el aliento, empieza a ladrar viendo que han herido a su dueño.

Teo consigue levantarse, y con el palo en la mano, trata de recuperar la respiración.

Su asma bronquial, con la nueva y potente medicación que se toma desde que salió del hospital, no solo hace que ya no necesite el inhalador, también tarda más en llegar.

Rai, que con el empujón de Teo ha caído al suelo, parece estar superando la intensa sensación de mareo.

Se pone en pie y se lleva una mano a la cabeza, luego la pone frente a sus ojos, ve que está llena de sangre.

—Voy a matarte, mierda seca, prepárate para morir, no tienes ni idea de lo mucho que te voy a hacer sufrir —dice Rai dirigiéndose de nuevo hacia Teo, que aguarda de pie frente a él y, siéndole imposible huir, solo tiene tiempo de defenderse.

Antes de que Rai lo alcance, Teo le asesta un duro golpe con el palo.

El fuerte golpe impacta directamente en el centro de su cara, lo que hace que el chico caiga de nuevo al suelo.

Teo se queda observándolo durante un par de segundos a la espera de que Rai se levante otra vez.

A la espera de que Rai vuelva a decirle que lo va a matar.

Pero, para su sorpresa, Rai no solo no se levanta, sino que su cuerpo empieza a convulsionar soltando pequeñas sacudidas.

A un metro de donde está él, Lobo se acerca de nuevo y empieza a ladrar otra vez, tratando de mostrarse amenazante, de proteger a su dueño.

Teo alza un poco el brazo con el que sostiene el palo y el perro retrocede con torpeza un par de metros, ahora es a él a quien paraliza el miedo.

Con un nudo en la garganta y sin la menor idea de lo que le pasa a Rai, Teo se acerca un poco hasta su hostigador y ve que tiene la nariz completamente destrozada y hundida sobre su cara.

Sintiendo cómo sus pulmones vuelven a hiperventilar, y viendo que el cuerpo de Rai sigue dando extrañas y violentas sacudidas, vuelve a sentir el miedo en toda su plenitud.

Pero en esta ocasión, es un miedo distinto, un miedo a haber hecho algo muy malo, tan malo como haber matado a alguien.

Sin perder ni un solo instante, sale corriendo de allí en busca de la única persona que puede ayudarlo, en busca de la única persona que siempre ha estado ahí. Su madre.