CAPÍTULO 67
EL COMETIDO EN LA VIDA
Presente
—El del centro de la foto se llama Diego Valbuena.
Durante un tiempo fue profesor de historia, hasta que descubrió su verdadera vocación, su verdadero cometido en la vida.
Todos tenemos uno, ¿sabes? Y es bueno conocerlo cuanto antes.
Diego viajó por todo el mundo y aprendió cosas que no estaban al alcance de casi nadie.
Después quiso compartir todos los conocimientos que había aprendido con personas que necesitaban algo en sus vidas, que necesitaban respuestas a sus múltiples preguntas.
Pero no solo quiso compartir una nueva forma de ver la vida o de vivir la vida.
Quiso compartir el gran secreto de la vida.
Martina, quien todavía no sabe cómo va a terminar el discurso del librero, recibe una llamada de un número desconocido.
—¿Sí? ¿Quién es? —pregunta mientras observa el interior de esa trastienda en la que hay más libros que en la propia tienda.
Junto al viejo sofá en el que están sentados hay una mesa llena de ejemplares que, según parece, están para reparar o siendo reparados.
También están las dos tazas de té que, muy amablemente ha preparado Evaristo y que se acaban de beber.
—Ho-hola, ¿Martina Vega? —pregunta una voz temblorosa.
—Sí, soy yo, ¿quién es usted?
—Soy Hugo Vilafranca, estuvo ayer en mi casa, necesito hablar con usted, tengo que contarle algo.
Martina nota en el tono de voz de Hugo que algo no va bien, transmite una especie de preocupación y miedo.
—Dígame, ¿de qué se trata?
—Preferiría que hablásemos en persona.
Martina, a quien Evaristo mira con atención extrema, empieza a sentir cómo le sudan las manos.
—Ahora mismo estoy un poco liada, ¿por qué no llama a mi jefe? De hecho, en estos momentos se dirige hacia allí.
—¿Ha-hacia aquí? —pregunta Hugo con un ligero tartamudeo—. Precisamente es de él de quien quería hablarle.
Martina hace una pausa para meditar. No entiende nada. Pero un mal pálpito se adueña de ella.
—Hugo, ¿qué es lo que ocurre? ¿Qué pasa con mi jefe?
Hugo tarda un par de segundos en responder.
—No sabría cómo explicarlo, no es quien dice ser, pero la llamo más tarde y hablamos, ahora necesito ponerme a salvo —dice Hugo cortando la llamada de golpe para más preocupación de la joven psicóloga.
Las dudas acerca de quién es realmente su jefe vuelven a dispararse.
Se pregunta cómo debería tomarse las palabras de Hugo.
Sus sospechas acerca de las intenciones y el pasado de Rai vuelven a erigirse como un elemento diferencial en la resolución de toda la historia.
Se dice que, en cuanto salga de esa trastienda, llamará a su jefe para pedirle por última vez que le cuente toda la verdad.
En cuanto ve que el teléfono vuelve a reposar en silencio sobre la mesa, Evaristo prosigue con su historia.
—Bien. Como te iba diciendo, Diego Valbuena se trajo consigo el gran secreto de la vida, y quiso compartirlo con más personas.
Al principio con unos pocos, después pensó que tal vez debía ir más allá, llegar a más personas, a todo el mundo, quizá.
Para ello creó el Movimiento para la liberación del alma humana y su primer centro de interpretación.
Una de las claves de sus enseñanzas era que la gente, la sociedad, necesitaba aprender de nuevo a vivir, pero no de cualquier manera, si no de un modo digno y en comunión con la gran verdad de esta vida, para lo cual era necesario alcanzar las cuatro virtudes cardinales para que nuestro espíritu, nuestro ser, cristalizase y pudiese trascender.
Pero aparte de eso, hacía falta algo más.
—¿El qué?
Evaristo sonríe con ternura.
—No tan deprisa, cariño, no tan deprisa. Espera a llegar al final. Esta historia tiene muchos matices y hay que detenerse bien en algunos de ellos para que todo encaje y se pueda entender.
Evaristo le cuenta a Martina la historia de Teo Calatayud, el niño que cayó al río moribundo y a quien las personas integrantes del Movimiento no dudaron en señalar como un enviado de Dios, uno muy especial.
Esa creencia se agrandó porque el padre del niño, viendo que su hijo estaba a punto de morir, viajó a un lugar muy concreto y especial del Tíbet siguiendo las indicaciones de Diego Valbuena.
Ese viaje, en realidad, fue un viaje al más allá, a un lugar donde es posible existir fuera del cuerpo humano.
Y lo que ocurrió tras ese viaje fue que Teo, contra todo pronóstico, logró despertar del coma.
No obstante, poco tiempo después, Teo volvió a caer al río, esta vez como consecuencia de un intento de suicidio, a todos los grandes líderes espirituales les cuesta asumir y entender lo que son, pero nuevamente volvió de entre los muertos, esta vez dispuesto a transmitir el Mensaje, a completar la misión para la que había sido elegido, mostrar el camino hacia la vida eterna.
Martina hace una pausa para coger aire con fuerza, para meditar sobre la historia que le está contando Evaristo. Antes de continuar necesita saber algo.
—Evaristo, necesito hacerte una pregunta, y te agradecería que fueses sincero conmigo.
—Claro, cariño, pregunta.
—Necesito saber cómo es posible que conozcas tan bien los detalles de toda esta historia, necesito saber si conoces a las personas que estoy buscando y si podrías conducirme hasta ellas.
Como te he dicho al principio, estoy aquí porque tenemos que encontrar a una joven que está desaparecida y que podría estar junto a las personas que, muy probablemente, sean afines a toda esta historia que me estás contando.
El rostro de Evaristo permanece imperturbable mientras Martina habla, pero cuando termina de hacerlo, entrecierra los ojos y sonríe con ternura.
—Cariño, conozco tan bien esta historia porque yo conocí personalmente a la persona que recibió al padre de Teo en aquella montaña del Tíbet, escuché de primera mano lo que ocurrió en aquella vieja casa de piedra y vi cómo Teo despertaba contra todo pronóstico.
—¿Cómo? —Los ojos de Martina se agrandan. Lo que Evaristo le está diciendo de forma bastante explícita es que él forma parte del Movimiento desde el principio.
—Bueno, creo que es difícil ser más explícito —dice Evaristo levantándose del viejo sofá en el que está—.
Te dije antes que todos tenemos un cometido en la vida, Diego Valbuena conoció el suyo, igual que lo conoció más tarde el niño que cayó dos veces al río y que fue erigido como Profeta.
No te he dicho cuál ha sido siempre el mío, siempre he sido bueno guiando a las personas, aconsejándolas, ayudándolas a encontrar su camino, el camino correcto.
Martina trata de reflexionar de nuevo acerca de quién es la persona que tiene delante, al parecer, alguien que, aparte de vender libros, se ha estado dedicando a captar a personas para que formen parte de la secta de la que es miembro, la misma que están buscando.
Le tiemblan las piernas solo de pensar que ella, diez años atrás, estuvo probablemente en su lista de futuribles candidatas para formar parte del Movimiento.
—Has sido muy amable contándome toda esta historia, Evaristo, pero como tú has dicho antes, todos tenemos un cometido en la vida, y el mío es impedir que personas como tú sigan haciendo daño a los demás, así que te voy a pedir amablemente que me acompañes a la Jefatura de Policía para prestar declaración —dice Martina poniéndose de pie, pero rápidamente vuelve a sentarse.
Las piernas le fallan, una fuerte sensación de mareo la empuja contra la silla—. Qué… ¿qué me está pasando?
—Martina, usted siempre tan inocente. No creo que sea necesario explicarle que no puedo dejar que se marche, usted ha escogido escuchar la historia, podría haberse marchado, pero no lo ha hecho, ahora tiene que acatar las consecuencias.
Hoy es un día muy especial para nosotros, llevamos mucho tiempo esperándolo, no puedo dejar que lo estropee.
La próxima vez no acepte una taza de té así como así. Ahora duerma, descanse y coja fuerzas.
Martina vuelve a intentar levantarse, pero en esta ocasión, se desvanece.