La Norma Número Diez CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

LA EXPERTA EN SECTAS

Presente

La mujer que encontraron postrada en una cama en casa de Axel Ruiz es su madre, Severina García, y al parecer lleva en ese estado casi diez años como consecuencia de una grave enfermedad degenerativa.

Según han podido saber, requiere cuidados continuos y muy caros para su alimentación e higiene personal y es su propio hijo quien se los estaría proporcionando y costeando.

Ese sería el motivo por el que casualmente lo han encontrado en casa, y ese sería el motivo por el que debería volver en algún momento, a no ser que haya decidido marcharse para siempre, dejando a su madre a su propia suerte.

Mientras un equipo médico evalúa el estado de Severina y trata de lograr que diga algo —de momento solo emite sonidos guturales indescifrables—, Santiago y Leonardo se dirigen hacia el domicilio de esa persona que, según Leonardo, es una gran fuente de saber en cuanto a sectas y sociedades secretas se refiere.

Antes de eso han hecho una parada rápida en las oficinas de la UICAV para hacer una copia de los documentos que han reunido hasta ahora, como las cuatro cartas y el artículo de prensa que encontró Martina donde se contaba la historia del profesor de historia que se fue a vivir a las montañas de Villagordo con un grupo de estudiantes.

—¿Algo que deba saber sobre la persona que vamos a ver antes de que llamemos a su puerta? —pregunta Santiago.

Leonardo lo mira con su actual aire de suficiencia.

—Antes de nada, comentar que yo solo he hablado con ella por teléfono algunas veces, no nos hemos visto nunca personalmente.

Se llama Catalina Marí, es doctora en historia, en sociología y en psicología, esta última por la universidad de Harvard.

Tiene una pena de localización permanente que le impide salir de su domicilio, el delito imputado es homicidio múltiple imprudente.

También tiene una extraña enfermedad que hace que se pase prácticamente todo el día durmiendo.

—¿Homicidio múltiple imprudente? ¿Qué hizo? —pregunta Santiago alarmado.

—Tenía un equipo de investigación en psicología social que estudiaba el proceso de alienación, captación y posterior aislamiento que ejercen algunas sectas en la actualidad, y para ello no se le ocurrió mejor forma que montar su propia secta ficticia.

La historia es un poco larga, pero como ya te puedes imaginar terminó con la muerte de algunas personas.

Catalina fue condenada a una pena de unos diez años de cárcel, que debido a su enfermedad y al compromiso de colaborar con la policía cuando se le requiriese, se le conmutó por una pena de localización domiciliaria permanente.

Y este es un breve resumen de su historia, ¿más conforme?

Santiago mira a su compañero sin dejar de sorprenderse por la cantidad de datos e historias que se esconden tras esas gafas redondas a lo John Lennon. Cuando están frente al domicilio de Catalina, tienen que llamar hasta ocho veces hasta que alguien responda.

Catalina farfulla algo inentendible antes de abriles la puerta.

Cuando llegan al último piso, ven que la puerta del número veinticuatro está abierta. Entienden que pueden entrar sin llamar.

Los dos policías avanzan despacio por la oscura casa hasta llegar al salón, que también está en la penumbra.

Repleto de libros por todas partes, incluido el suelo, echan un vistazo mientras esperan a la anfitriona.

Santiago se fija en que allí apenas se ve nada.

Las ventanas del salón están bajadas, y del techo solo pende una luz amarillenta que parpadea a intervalos intermitentes.

Leonardo, en cambio, con una gran sonrisa recorriendo su cara, se detiene en observar las montañas de libros que hay por todas partes.

A él siempre le ha gustado alardear de lo completa que es su colección, pero la de Catalina le da mil vueltas a la suya, algo que no hace más que aumentar el interés que en esos momentos siente por ella.

Para Santiago, esa es una casa muy oscura, en cambio para Leonardo, está llena de luz.

—Espero que sea importante, no sé si lo sabéis, pero estaba durmiendo, y odio que me despierten.

¿Quién de los dos es Leonardo? —pregunta Catalina malhumorada.

Debe rondar los cincuenta años. Se ha puesto una bata de seda japonesa y se ha esforzado por lavarse la cara, de ahí las rojeces que salpican su abotargado rostro.

Se ha recogido el pelo gris perla en una basta coleta.

Las gafas de pasta negra que lleva puestas tienen los cristales un poco rayados, pero eso no impide que el brillo de sus grandes ojos resplandezca entre tanta oscuridad.

—Yo soy Leonardo —dice el joven sonriendo.

—¿Tú eres Leonardo? ¿Cuántos años tienes?

—Lo sé, tengo bastantes menos de lo que aparento.

—¿Cuántos?

—Veintisiete.

—No me jodas, te hacía mayor, solo eres un crío.

—La edad biológica es solo un constructo social. Mi carné de identidad dice una cosa, pero mi interior y mi cerebro dicen otra. Por cierto, he visto que tienes algún que otro libro de William James y Albert Bandura, pero no he visto ninguno de Kohlberg.

—Porque Kohlberg es idiota. ¿Se puede saber qué hacías mirando en mi biblioteca?

—No he visto ningún cartel de prohibido mirar. Además, todo aquí es biblioteca, así que técnicamente es imposible no verla a no ser que lleves puesta una venda.

Santiago carraspea antes de interrumpir la extraña conversación entre su compañero y esa mujer con la que, discrepancias aparte, parecen hablar el mismo «idioma».

—Perdonad la interrupción, pero tenemos algo de prisa, agradecería que nos centrásemos en el tema por el cual hemos venido aquí.

—¿Y tú eres? —pregunta Catalina arqueando las cejas.

—Soy el subinspector Santiago Bermejo, y estoy aquí junto a mi compañero porque creemos que hay una secta destructiva muy peligrosa a punto de cometer un crimen de consecuencias muy graves —Santiago le tiende la mano a Catalina, que se la da a duras penas.

Luego arruga el entrecejo mirando de nuevo a Leonardo.

—¿De qué secta estamos hablando?

Leonardo le hace un excelente resumen de todo cuanto ha pasado y saben hasta el momento, incluidas sus propias conclusiones y elucubraciones.

Después le tiende las cuatro cartas que tienen hasta el momento.

Santiago aprovecha para mostrarle también el dibujo en el que aparece ese ser mitad hombre y mitad mujer al que llaman Rebis.

Catalina tarda unos cuantos minutos en leer lo que le han dado. Después se toma unos cuantos segundos que parece dedicar a aclarar su mente. Luego coge aire con profundidad y mira a los dos miembros de la UICAV con cara de malas noticias.

—Bien, ¿queréis saber lo que pienso de todo esto?

—A eso hemos venido —responde Leonardo con su habitual soberbia.

—Punto número uno. Es evidente que la persona que está detrás de todo esto se cree una especie de profeta o ser superior que piensa que se le ha encomendado una misión muy concreta.

Esa misión parece tener que ver con responder a la gran pregunta de la humanidad, a si hay vida después de la muerte.

Punto número dos. Dentro del submundo de las sectas y de todos los tipos que existen, esta en concreto podría pertenecer a las más peligrosas de todas, aquellas en las que sus creencias incluyen ritos y sacrificios que suelen terminar en tragedia.

Piensan que su misión está por encima de cualquier persona, incluso por encima de ellos mismos, y están dispuestos a todo con tal de cumplirla.

No les importará si ello implica que muera mucha gente.

Catalina hace una pausa para coger aire. Leonardo y Santiago la miran atentamente mientras esperan a que prosiga con su diagnóstico.

—Punto número tres. Como bien habéis dicho, respetan mucho los símbolos y textos antiguos, así que, efectivamente, yo también pienso que hoy es el día en el que terminarán lo que han venido a hacer aquí.

Hoy es el solsticio de invierno, la fiesta del Sol, es el día de la muerte y resurrección, lo es en multitud de religiones y grupos espirituales, y creo que eso es justo lo que va a pasar.

—¿El qué es lo que va a pasar? —pregunta Santiago.

—Que su rito o representación final incluye la muerte de personas, creo que de bastantes personas.

Punto número cuatro. Vuestro jefe es un elemento clave, es algo obvio desde el principio.

Creo que la persona que está detrás de todo lo ha estado preparando porque cree que lo necesita para que le ayude a convertirse en el ser perfecto, el del dibujo de ese ser mitad hombre y mitad mujer, el Rebis, el ser destinado a romper los ciclos eternos de la vida mundana para poder trascender y alcanzar la vida eterna, a completar la Gran Obra de la Alquimia.

—Pero el Rebis del que hablas es mitad hombre y mitad mujer, ¿no? —pregunta de nuevo Santiago.

—Efectivamente.

—Entonces no tendría sentido que quisiese a nuestro jefe para completarlo.

—¿Por qué? —replica Catalina.

—Porque, como hemos visto, el Rebis es mitad hombre y mitad mujer, y tanto el presunto líder de esa secta como nuestro jefe son los dos hombres. ¿No tendría más lógica buscar a una mujer para esta cuestión?

Catalina, que ya esperaba esa pregunta, asiente con suficiencia.

—Bueno, por lo que sabéis y me habéis contado hasta ahora, esa persona siempre lleva puesta una máscara y no lo habéis visto sin ropa, así que, ¿por qué estáis tan seguros de que no es una mujer?

—Porque la familia de nuestro jefe lo vio, y aseguran que, a pesar de llevar la máscara e ir vestido, era un hombre.

Catalina muestra cierta disconformidad ante esa respuesta.

—Yo no pondría la mano en el fuego a que eso es así, de hecho, y esto no deja de ser una intuición sin demasiado fundamento, os aconsejaría investigar posibles casos de cambio de sexo extremos o raros.

—¿Cómo? —pregunta Leonardo con asombro.