La Norma Número Diez CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

VIAJE AL PASADO

Presente

Rai cabecea con desesperación cuando Ana le cuenta que su hija se ha marchado de casa.

Sujeta el libro que tenía su mujer en la mano cuando ha llegado, el Libro de las Instrucciones , aprieta las mandíbulas con rabia después de haber leído tan solo un par de páginas.

Sin ser consciente de por qué lo hace, se ensaña con ella y le dice cosas realmente feas.

Como que es una inútil, como que no sabe cuidar de sus hijas.

Ana intenta defenderse como puede. Los dos se gritan llenos de rabia, de rencor, de cansancio y desesperación.

Lo peor es que sus otras dos hijas lo están viendo y oyendo todo.

—¡Queréis parar los dos de una vez! ¿Pero qué os pasa? ¡Esther necesita nuestra ayuda y lo único que os importa a vosotros es seguir haciéndoos daño! ¡Dais pena! —grita Lidia desde el umbral de la puerta del cuarto de Esther.

Tanto Rai como Ana se giran sorprendidos al ver y escuchar los gritos desesperados de su hija mediana.

Rai va a responder defensivamente, pero ver el rostro repleto de lágrimas tanto de Lidia como de Valentina, hace que toda esa tensión, rabia y agresividad con las que estaba atacando a su mujer, se desinflen tan rápido como un globo pinchado.

Mira a su mujer, en cuyo rostro soy hay lugar para la tristeza y la pena.

Y de pronto, como si lo acabase de abandonar una especie de posesión que a veces toma el control de su interior, es decir, ese poderoso ego que ha ido creciendo con los años para conquistar cada rincón de su cuerpo, es plenamente consciente de que nada en su vida tiene sentido sin su familia.

De que la única batalla por la que vale la pena luchar, es aquella que tenga como fin alcanzar la felicidad de su mujer e hijas, algo que, por lo que se ve, no solo no ha conseguido, sino que lo ha estado alejando con cada una de sus acciones.

Rai se lleva una mano a la cara tras la que se toma un respiro para encontrar la calma suficiente para ser quien debe ser esta vez. ¿El farsante padre de familia? ¿El policía perfecto y ególatra? ¿O el auténtico?

—Lidia, Valentina, Ana, os pido disculpas por mi comportamiento, no sé qué me ha pasado, pero os prometo que no volveréis a verme así, como ha dicho Lidia, Esther necesita nuestra ayuda, creo que ha sido captada por una secta muy destructiva, y no os voy a mentir, en estos momentos su vida podría estar en grave peligro.

Lidia y Valentina se miran en silencio, ahora entienden a qué se refería su hermana cuando les hablaba de que había conocido un lugar que estaba lleno de personas maravillosas, un lugar en el que podías ser quien quisieses, un lugar en el que todo el mundo era feliz, un lugar al que las iba a llevar a ellas también.

Ana se pregunta desde cuándo tiene su marido esa sospecha y por qué no le ha contado nada antes, pero lo que importa ahora es encontrar a su hija Esther, no seguir hurgando en las múltiples grietas y heridas que hay entre ella y su marido.

—Rai, ¿cómo puedo ayudar a encontrar a nuestra hija? —pregunta Ana mirando a su marido a la cara, quien ahora se siente horriblemente mal por cómo ha tratado a su mujer, pero, sobre todo, por todo lo que no le ha contado.

—Ana, la persona que estuvo aquí hace unas noches y puso una bomba en nuestra casa está detrás de un grupo de personas muy peligrosas, no quiero que ni tú ni las niñas corráis ningún tipo de peligro, creemos que esta noche va a pasar algo muy malo, y necesito estar seguro de que al menos a vosotras no os pase nada.

Así que te voy a pedir por favor que os marchéis ahora mismo a la antigua casa de tu madre, que os encerréis allí y que no le abráis la puerta a nadie hasta que todo esto pase.

—¿Me hablas en serio? ¿Quieres que yo y las niñas nos marchemos a Zaragoza mientras Esther podría estar muriéndose en estos momentos?

—Papá. Lidia y yo ya hace tiempo que dejamos de ser unas niñas, no nos vamos a ninguna parte sin nuestra hermana —dice Valentina secándose las lágrimas.

Es la pequeña de la casa, eso es cierto, pero hace tiempo que se ha convertido en una persona completamente distinta a quien todos en esa casa ven cuando la miran.

Es la versión adulta de esa niña que trepaba por las estanterías y se ponía de pie mucho antes de lo que por edad le correspondía.

Es la gran mujer en ciernes en la que un día se convertirá.

Rai, que cada vez siente más cercano el momento de la verdad, mira otra vez a su mujer e hijas, y se pregunta qué esperan de él esta vez, se pregunta de nuevo quién debería ser.

—Escuchadme un momento, la persona que está detrás de esa secta es muy probable que sea alguien que pertenezca a mi pasado y que quiera hacerme daño a mí, y eso incluye a mi familia, tal vez por eso ha atraído a Esther hacia él, para hacerme daño a mí.

Y estoy seguro que no va a parar hasta que lo consiga.

La desesperación con la que Rai habla hace que Ana intuya algo.

—Rai, ¿hay algo que no nos hayas contado y que deberíamos saber? —dice Ana, no desde el reproche, sino desde la intención de acercamiento.

Rai resuella con dificultad. Entrecierra los ojos y siente cómo sin la presencia de ese ego a quien hizo fuerte precisamente para protegerle, se vuelve débil, es decir, se vuelve auténtico.

—Hace años, cuando era un niño, viví unos años en un pueblo del interior de Valencia, Villagordo del Cabriel, y allí pasó algo muy malo.

Ana mira a su marido desde esa mujer que habita en su interior que es experta en escuchar sin juzgar, esa a quien trató de recuperar y a quien culpa de haber descuidado a su familia. La brillante psicóloga.

—¿Qué fue lo que pasó, Rai? Te prometo que no voy a juzgarte. Sea lo que sea, puedes contármelo.

Rai busca palabras suaves, pero no encuentra ninguna.

—Murió un niño. Y es posible que yo tuviese parte de culpa.

Valentina y Lidia se llevan las manos a la boca, pero tampoco dicen nada.

Ana aguanta el embiste que supone lo que acaba de escuchar y se posiciona en un lugar neutral, si deja que emerja la esposa o la madre que habitan en su interior, perderá la oportunidad de acercarse a ese pasado de su marido, de acercarse a él.

—¿Piensas que alguien relacionado con ese niño quiere hacerte daño como venganza por esa parte de culpa que dices tener?

Rai asiente con un nudo en la garganta. A su cabeza vuelve otra vez el recuerdo de lo que pasó. Los ladridos de perro se escuchan más cercanos, casi a su lado.

—Rai, necesito saber si mataste a ese niño.

Rai se apresura a negar con la cabeza.

—No. Fue un accidente —Las palabras escúchame bien, ha sido un accidente , retruenan en su cabeza como los primeros rugidos de una tormenta.

—Y si fue un accidente, ¿entonces por qué crees que alguien te está culpando por ello?

—Yo estaba presente cuando pasó.

—Viste lo que ocurrió y no hiciste nada por evitarlo, ¿es eso?

Rai dice que sí con la mirada empañada, esperanzado de que por fin pueda librarse de esa carga, de que por fin pueda seguir su camino sin mentiras ni artificios, ese que se vio truncado por las circunstancias.

Ana piensa en el posible perfil de esa persona que está detrás de todos esos crímenes. Se le ocurren varias posibilidades, empezando por los familiares más cercanos de ese niño.

—¿Sabes de alguien que supiese lo que realmente pasó? ¿Alguien más aparte de ti presenció ese accidente?

—No, que yo sepa. Nadie supo nunca lo que realmente ocurrió. O al menos eso pensaba hasta ahora.

—Y por lo que veo, nunca dijiste nada a nadie, ¿cierto?

Rai responde que sí con la cabeza.

—¿Y qué sabes de los padres de ese niño? ¿Tenía hermanos o hermanas?

—Sus padres creo que murieron hace tiempo, y que yo sepa no tenía hermanos ni hermanas. Si tenía o tiene algún otro familiar cercano, en el pueblo nadie lo conocía.

Ana asiente mientras sigue descartando posibilidades.

—¿Tal vez algún vecino del pueblo? ¿Algún amigo que viese lo que pasó y que podría estar culpabilizándote a ti? ¿Es posible que culpasen a alguien de lo que pasó y que ahora te esté haciendo a ti responsable por ello?

Rai vuelve a negar.

—No. No se culpó a nadie de su muerte, bueno, al menos no directamente. El niño dejó una nota anunciando su muerte.

Ana arquea las cejas. La historia no sería tan sospechosa si su marido fuese más claro al hablar, si no hubiese que sacarle la información con unas delicadas pinzas quirúrgicas.

—¿Quieres decir que se suicidó?

Rai afirma en silencio.

—Y por lo que puedo entender, en esa nota tú eras una de las personas a las que responsabilizaba de querer quitarse la vida, ¿puede ser?

Rai piensa qué decir en esos momentos. Las mentiras siempre se acaban sabiendo debido a que no se sustentan en un recuerdo real, sino en una fantasía ficticia. El material con el que están fabricadas es como papel mojado, que con el tiempo se deshace, desaparece y se convierte en nada.

—Más o menos, sí, así fue.

—¿Y responsabilizaba a alguien más en esa carta?

Rai vuelve a mirar el dibujo de la mentira, pero le resulta muy complicado ver algo ahí, el dibujo, con el paso del tiempo, se ha borrado. Ahora es solo un lienzo repleto de manchas difíciles de identificar.

—Sí, a tres chicos más.

—¿Y sabes algo de ellos? ¿Sabes si también han recibido amenazas de algún tipo?

—Uno murió hace unos años, otro está en la cárcel, y el tercero sigue viviendo en el pueblo, pero él no ha recibido ningún tipo de amenaza, al menos que yo sepa.

En la cabeza de Ana las posibilidades se agotan, sobre todo ante la falta de información.

—Rai, ¿por qué estás tan seguro de que la persona que está haciendo esto está relacionada con la muerte de ese niño? Por lo que me has contado, no parece haber ningún nexo de unión con la actualidad.

Rai vuelve a mirar al pasado. Luego al presente. Hasta el momento se había dicho que no podía ser, pero tal vez solo negaba la evidencia.

—Por la forma en la que se dirige a mí en las cartas.

Por la forma que tiene de hablar. Por el lugar donde murió ahogada mi compañera Berta.

Porque cuando yo era niño, en las afueras de Villagordo de Cabriel, hubo una secta que parece ser el germen de esta, o tal vez sea la misma, que todavía perdura, quién sabe.

Ana vuelve a ponerse la piel de la brillante psicóloga para tratar de entender de la forma más rápida y completa posible lo que su marido le está contando.

—Por lo que estás contando, es posible que en Villagordo de Cabriel pueda haber algunas respuestas. Tal vez habría que hablar otra vez con ese otro chico que todavía sigue allí, o con alguna de las personas que pudieron pertenecer a esa secta original.

Rai afirma con cierta congoja. El momento de volver al pasado ha llegado. De volver al río.

—Pues no hay tiempo que perder, si es allí donde empezó todo, es posible que allí termine, tenemos que ir cuanto antes.

—Ana, si no te importa, te agradecería que me dejases hacer esto a mí solo, no va a ser fácil para mí volver allí, pero siento que debe ser así, que debo ser yo solo quien lo haga, espero lo que entiendas.

Ahora es Ana quien niega con la cabeza.

—Ni hablar, voy a ir contigo, y voy a encontrar a nuestra hija, ya te he dicho que ni yo, ni Lidia, ni Valentina vamos a escondernos en ningún pueblo de Zaragoza.

—Ni tampoco quiero que lo hagáis, de verdad, ya no, tenéis razón, no soy quién para deciros cómo debéis protegeros de alguien que realmente es a mí a quien quiere, pero necesito que entendáis que debo ir a Villagordo yo solo y enfrentarme a mi pasado por mí mismo.

Además, no creo que Esther esté allí, todo lo contrario, creo que más bien está en algún cerca de aquí.

Si queréis ayudar, podéis empezar por investigar y seguirle la pista a alguna de las amigas con las que salía, tal vez deis con alguien que nos pueda acercar a ella o a esa secta.

Valentina, Lidia, seguro que vosotras podéis hacer más que yo y que vuestra madre en este sentido, con vosotras tenía algo más de conexión.

Ana, tú puedes quedarte este libro y analizarlo tú misma, no conozco a nadie mejor para ello —Rai le tiende el Libro de las Instrucciones a su mujer a sabiendas de que le está haciendo entrega de una prueba muy valiosa que tal vez debería estar camino de las oficinas de la UICAV para su análisis pormenorizado, pero tal y como le acaba de decir, lo cierto es que allí no conoce a nadie mejor que ella para estudiar cada página y cada palabra de ese libro.

Cuando su mujer vuelve a coger el libro, cree ver en ella algo parecido a lo que veía cuando no tenía ninguna duda de que se querían más que a nada en el mundo.

De que se querrían para el resto de sus vidas.

Ana no se plantea rebatir el planteamiento de su marido, con solo mirarlo a los ojos, las tres mujeres que habitan en su interior coinciden —por primera vez en mucho tiempo— en que deben dejarlo solo en ese viaje, porque la realidad es que no solo es un viaje a un pueblo del interior, sino un viaje a su pasado, a su propio interior, y eso es algo que no se puede hacer en compañía de nadie, se ha de hacer en solitario.

Cuando está a punto de salir por la puerta, Rai se gira hacia su mujer, que lo mira entre el amor pasado y la tristeza.

Hay muchas cosas que le gustaría decirle, muchas mentiras que necesita confesarle y que han sido parte de la causa de su paulatino distanciamiento, pero prefiere empezar por matizarle algo de lo que no es culpable.

—Ana, quiero que sepas que no me acosté con esa mujer, nunca he hecho nada semejante.

Ana asiente con la mirada empañada.

—Ve con cuidado, Rai.

Cuando Rai sale por la puerta de casa siente que por mucho que su madre se empeñó en impedirlo, siempre hubo algo en su interior que sabía que algún día tendría que volver al río.