La Norma Número Diez CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

EL MOVIMIENTO NO SE PUEDE PARAR

Presente

De camino hasta la montaña donde tendrá lugar la gran marcha, Esther repite «los mantras de la serenidad» una y otra vez: nada te falta en el Movimiento, nadie te comprende como el Movimiento, nadie te dice cómo ser, qué decir, cómo vestir, qué pensar o a quién amar cuando estás en el Movimiento, nadie te juzga ni te reprime en el Movimiento, nadie en el Movimiento te intenta manipular ni te culpa cuando no cumples con las expectativas, estar en el Movimiento es todo cuanto necesitas en esta vida, ninguna posesión material importa cuando estás en el Movimiento .

Disolver y coagular es el único camino para avanzar.

Tranquiliza a su corazón y a su conciencia tras invocar las palabras que tantas veces ha dicho.

Repetir o pensar en algo constantemente es la base de la mayoría de las creencias.

Y ella ahora cree en el Movimiento más que en ninguna otra cosa.

Cuando llega a las tierras del gran centro de interpretación donde tendrá lugar la gran marcha toca a la puerta cuatro veces y después otras cuatro.

Arnau, un chico de unos veinticinco años, es quien abre la puerta.

Suele asistir al Profeta en algunas de sus ceremonias, como si fuese una especie de monaguillo.

Tiene el flequillo recortado sobre el principio de la frente y cuatro dientes superpuestos que hace que su sonrisa sea distinta al resto.

El joven la recorre con la mirada y se fija en las manchas de sangre seca que tiene en la entrepierna de su pantalón, luego le pregunta si ha traído el libro.

—Lo he perdido —responde Esther con nerviosismo.

Arnau la mira alarmado.

—El Profeta dijo que nadie debía perder el Libro de las Instrucciones .

—Lo sé, y me siento fatal por ello. Haré lo que sea para que se me conceda el perdón. ¿Me dejas entrar?

—El Profeta dijo que nadie podía entrar en la casa sin el Libro de las Instrucciones .

—Sí, eso también lo sé, pero necesito entrar, hoy es el gran día, y no me puedo quedar fuera. Además, el Profeta dijo que yo sería importante en el último rito. Te lo suplico, deja que entre y que hable con él.

Arnau piensa durante unos segundos lo que debería hacer. Él tampoco quisiera quedarse fuera, a pesar de que, como también insiste en decir el Profeta, algunos deberán hacerlo para asegurarse de que el mensaje siga llegando, se siga transmitiendo.

—Espera aquí un momento, voy a preguntar, ahora vuelvo —Arnau cierra la puerta dejando allí sola a Esther, que se abraza a sí misma presa de la sensación de frío invernal que la está invadiendo poco a poco.

Apenas un par de minutos después, la puerta que tiene frente a ella vuelve a abrirse. Sus dientes han empezado a rechinar.

—Puedes pasar, el Profeta te espera —dice Arnau haciéndose a un lado para que Esther entre.

Esther lo sigue a duras penas, casi no le responden las piernas.

Se dirigen al fondo de la casa y atraviesan el gran patio interior, donde hay muchas personas que transitan con prisa de un lado a otro.

En una de las paredes del patio han depositado unos cinco barriles y con ellos están llenando pequeños frascos de cristal.

Sobre el suelo están esparciendo margaritas.

Es como un gran manto que lo está cubriendo todo de blanco.

Tras atravesar el gran patio, acceden a una sala de oraciones y de ahí a una sala de descanso, donde al fondo de la misma Esther puede ver al Profeta junto a Axel, que está cubierto de sudor y habla entre el sofoco y la extenuación.

Él es uno de las personas de confianza del Profeta, uno de los «Antiguos», como se les conoce a los pocos que quedan de cuando todo empezó.

Cuando ve que hacen una pequeña pausa, Arnau aprovecha para conducir a Esther frente al Profeta, después se retira. Axel, en cambio, permanece a su lado.

—Me ha dicho Arnau que has perdido el Libro de las Instrucciones —dice el Profeta, que la mira bajo la máscara blanca.

Esther asiente. Los dientes le repiquetean cada vez más.

—¿Ha visto alguien de tu familia el libro?

Esther traga saliva.

—No lo sé —dice a duras penas.

—¿Sabe alguien de tu familia que has venido aquí, que formas parte del Movimiento?

Esther se apresura a negar con la cabeza.

—¿Tu padre tampoco?

Esther vuelve a negar con firmeza. Sabe que su padre es muy importante para el Profeta por alguna razón que ella desconoce.

Ella fue quien le facilitó la entrada a su casa unos días antes para que pudiese prepararle un «juego» a su padre.

Ella fue quien le entregó la carta a Raquel Campos en la discoteca Mya para que ella se la entregara a su padre si lograba rescatarla, esa noche el Profeta no estuvo en ningún momento en esa discoteca, como en la versión de los hechos que a Raquel y a Lorena les dijeron que tenían que contar. Por eso nadie más lo vio aquella noche.

El Profeta vuelve a permanecer unos segundos en silencio.

—Has perdido el Libro de las Instrucciones . Y sin el libro no puedes cruzar. Fui muy claro con eso. En el Libro de las Instrucciones dice todo lo que deben saber las personas que van a cruzar, ¿tuviste tiempo de leerlo?

Esther responde afirmativamente, luego dice:

—Pido disculpas por haberlo perdido, fue un grave error que no debió suceder. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para enmendar mi error.

—Lo que has hecho es muy grave. Ayer volviste a la túnica negra y tuviste que purgarte para volver a la blanca, y ahora esto. No sé qué pensar, te dije que tú serías muy importante para el último rito, pero después de todo esto… ¿de verdad quieres cruzar con nosotros, de verdad quieres ser eterna?

Esther trata de controlar el rechinar de sus dientes, luego añade:

—Deseo cruzar y deseo ser eterna, más que ninguna otra cosa. Y deseo ser partícipe en el último rito.

El Profeta acaricia el quebradizo pelo de Esther y la mira a los ojos.

—Está bien, ahora ve con Axel y sigue sus instrucciones para intentar recuperar el libro. No puedo asegurarte nada, nadie puede. Será lo que tenga que ser. Yo no hago el camino, el camino siempre ha estado ahí.

—Muchas gracias —dice Esther inclinando su cuerpo hacia delante y sintiendo la paz que siempre le transmiten las palabras del Profeta.

El Profeta le dice algo al oído a Axel que solo él puede escuchar, después se marcha.

Esther acompaña a Axel hasta una pequeña habitación donde hay otra joven de unos veinticinco años. Le suena de haberla visto en el club de lectura de la librería «2001», que fue donde le hablaron por primera vez de la existencia del Movimiento.

—Quitaos la ropa —dice Axel mientras él también se desprende de la camiseta que lleva.

Tanto Esther como la otra chica se apresuran a desnudarse.

Cuando están listas, Axel les pide que se coloquen de cara a una de las paredes de esa habitación, que coloquen las manos sobre dicha pared con las palmas bien abiertas, que separen las piernas, y que no se muevan.

Las dos chicas obedecen sin rechistar. No pueden ver cómo a sus espaldas Axel abre un viejo baúl de madera y observa los diferentes objetos que hay dentro.

Está pensando por cuál de ellos se decanta.

El Profeta le ha pedido que deben mostrar fortaleza, tanto física como mental, y para lograr eso necesita una herramienta de castigo que permita prolongar el sufrimiento, y el dolor.

Sin decir nada, Axel se aproxima a ellas con un palo de madera que está atado a una cuerda.

—Abrid la boca.

Las dos chicas obedecen y Axel les coloca el palo de madera en posición horizontal, se asemeja al bocado de la brida de un caballo.

—Morded.

Las dos chicas muerden. Ninguna de las dos ve que dichos palos están repletos de muescas, de las marcas dentales de otras personas. Cuando tienen el palo sujeto por su propia dentadura, Axel ata la cuerda que pende de cada uno de sus extremos por detrás de sus cabezas. Luego dice:

—Las dos habéis perdido parte de las cuatro virtudes que son necesarias para cruzar, y no hay mucho tiempo para recuperarlas.

Solo hay una forma de mostrar entereza, de mostrar que estáis listas, y es sobreponiéndoos al castigo físico.

Solo así os podréis librar con rapidez de todas las cadenas tóxicas que todavía os atan a esta vida.

Las dos chicas contienen la respiración, no tienen ni idea de lo que les espera.

Esther mira a la otra chica de reojo, no recuerda su nombre, antes de que pueda seguir pensando en cualquier cosa más, recibe el primer latigazo sobre la zona lumbar.

La herramienta de castigo escogida por Axel es un látigo de cuero trenzado, similar al que se usa para la doma de caballos.

Su espalda se arquea con violencia. Instintivamente se gira hacia detrás.

Sus dientes, sin pensarlo, aprietan el bocado de madera.

—Mira hacia delante. No te puedes girar —dice Axel con rudeza.

Esther, con la respiración entrecortada, vuelve a girarse hacia la pared.

El siguiente latigazo es para la otra chica, que suelta un desgarrador grito mientras muerde la madera con fuerza.

Luego es el turno de Esther, y después le tocará otra vez a la otra chica.

A partir del latigazo número diez las dos chicas ya no son capaces de contener el llanto.

Sus gritos se confunden con sus lamentos y con el azote del látigo cortando el viento antes de impactar contra la carne.

Ninguna de las dos puede verlo, pero a partir del latigazo número veinte la piel de su cuerpo se abre con suma facilidad, con cada azote aparece una nueva herida.

Cuando Axel ha repartido treinta latigazos a cada una, Esther, a quien ya no le quedan apenas fuerzas, se deja caer en el suelo y adopta, sin pensarlo, una postura fetal.

Es como si quisiera volver al vientre materno para empezar de cero otra vez.

Allí dentro la vida era segura, tranquila, en cambio fuera todo es dolor, todo son problemas.

—Tienes diez segundos para levantarte, de lo contrario, daremos el castigo por finalizado. No habrá más oportunidades de recuperar el libro.

La otra chica mira hacia abajo y se llena de pavor al ver el cuerpo de Esther cubierto de heridas. Tiene la espalda, los glúteos y los muslos en carne viva.

Esther busca dentro de ella algo de fuerza a la que amarrarse, con la que poder levantarse.

Las ganas y la necesidad por escapar de su vida, una vida que no ha hecho más que hacerla sufrir, hacen que se levante en medio de un desolador llanto.

En eso se parece bastante a su padre. Él también es de los que no se rinden nunca.

Con las piernas temblorosas, vuelve a colocarse mirando a la pared.

Los siguientes veinte latigazos son una tortura difícil de imaginar.

Con la piel de la espalda completamente desollada, la siguiente que cae al suelo como un cuerpo inerte es la otra chica, quien no puede ni escuchar cómo Axel le repite la misma frase que le dijo a Esther cuando cayó, dado que está completamente inconsciente.

A continuación, Esther puede escuchar vagamente cómo Axel deja caer el látigo en el suelo.

—Enhorabuena. Recuperas el libro. El Profeta me ha pedido que te llevara hasta él si superabas el castigo.

Esther se gira y, con todo su cuerpo temblando y sin apenas fuerzas ni para abrir los ojos, mira al hombre que acaba de torturarla hasta casi matarla.

Después deja que la coja en brazos y la lleve hasta la habitación donde el Profeta se concentra en las últimas horas que los separan del gran momento.

El momento en el que dejarán de ser mortales para ser eternos.

A solo unas cuantas horas de la gran marcha, y después de tantos y tantos años formando parte de todo aquello, Axel se vuelve a preguntar, como ya lo ha hecho en más de una ocasión, qué están haciendo, si lo que están haciendo es correcto.

Eso le recuerda a la persona que ya lleva casi un año encerrada unos cuantos metros más abajo, en la mazmorra de esa casa.

Se pregunta si no debería liberarla. A continuación, piensa en su madre, en la cantidad de años que lleva enferma y en los caros tratamientos que ha podido pagarle gracias a las gratificaciones que le ha reportado el Movimiento, más si cabe desde que el Profeta, hace un año, asumió el mando, en detrimento del Maestro.

Así que, pese a las dudas, se dice que hay que continuar, que el Movimiento no se puede parar.