CAPÍTULO 63
LA LIbrERÍA
Presente
Hacía mucho tiempo que Martina no iba a la librería de la cual Raquel Campos tenía bastantes tiques, la misma que, según ella, es la más peculiar de Valencia y a la que, durante un tiempo, frecuentó con relativa frecuencia.
La etapa en la que frecuentaba esa librería ya hace años que la cerró.
Por aquel entonces se encontraba bastante perdida y buscaba encontrarle un sentido a su propia vida.
Y en esa librería vendían los libros que no vendían en ningún sitio, libros con respuestas que nadie más tenía.
No obstante, también se podían encontrar clásicos de la filosofía y ensayos sobre el pensamiento de la sociedad actual.
Al empujar la puerta escucha de nuevo el inconfundible tintineo del móvil de metal que avisa al dueño de que alguien acaba de entrar en su local.
Como si hubiese vuelto a entrar en la joven de veintitrés años y desde entonces no hubiese pasado ni un solo día de tiempo, se dirige de forma automática a la estantería a la que siempre iba.
Se permite perderse un rato ojeando libros, abriéndolos por la parte central y aspirando su aroma único y particular, pero una voz la devuelve a la realidad, a su yo actual.
El viaje en el tiempo acaba de terminar.
—¿Necesita que la ayude con algo?
Martina se gira y ve a la persona que se esconde tras esa voz.
Es Evaristo, a quien los últimos diez años le han caído como una losa.
Ha perdido la mayor parte del pelo y también unos veinte kilos.
Su figura se ha encorvado ligeramente y la piel de su cara ha dejado de tener un color vainilla, ahora recuerda más a un café manchado.
—Vaya, ¿cuánto hacía que no venías por aquí? Pensaba que te habías mudado de ciudad —añade Evaristo al reconocerla.
—Hola, Evaristo. Sí, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vine. Estuve fuera una temporada, pero terminé volviendo. Me ha alegrado saber que todavía sigue en pie esté lugar. Hay pocos sitios como «2001».
Evaristo sonríe con ternura.
—Mientras yo siga en pie, «2001» seguirá en pie. Dime, ¿qué te trae por aquí?
—Digamos que estoy colaborando con una investigación y quería preguntarte por una joven que viene aquí a veces.
Evaristo arquea las cejas. Su mirada se agranda.
—¿Eres policía?
—Más o menos. No llevo pistola ni nada de eso, pero participo en las investigaciones.
Elaboro perfiles psicológicos, ayudo a entender las motivaciones criminales, ese tipo de cosas en las que los policías corrientes no están especializados.
Te quería preguntar por una chica que se llama Raquel Campos, tiene veinte años, morena, muy guapa, suele vestir ropa negra, y al parecer es una gran lectora.
Evaristo se queda pensando un instante.
—Creo que sé a quién te refieres, no es que vengan muchas chicas jóvenes por aquí de forma habitual, de todas formas, ayudaría si tuvieses alguna foto —dice Evaristo sin apartar su atenta mirada de Martina.
Martina saca una de las fotografías que se llevó de casa de Raquel. Evaristo la reconoce al instante.
—Sí, es la chica en la que estaba pensando, viene mucho por aquí. ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?
—Necesitamos hablar con ella cuanto antes, es posible que se haya metido en un lío. El problema es que no sabemos dónde encontrarla, su madre no tiene ni idea de dónde podría estar y no tenemos la dirección ni el contacto de ninguna de sus amigas.
Evaristo, tras pensarlo durante unos segundos, pregunta:
—Dime, Martina, ¿en qué podría ayudarte yo?
—Me gustaría que me orientases sobre cómo era en realidad, qué pensaba, qué es lo que buscaba. También si por alguna de aquellas te habló alguna vez de alguien especial para ella o, quién sabe, de algún grupo de personas con las que se juntase, eso podría servirnos de ayuda.
El anciano se lleva una mano a la barbilla y junta los labios.
—En cierta manera me recuerda a ti cuando venías por aquí.
Es una chica muy despierta mentalmente, con muchas preguntas en la cabeza y con un gran interés por saber quién es, por encontrarse.
Hace un tiempo empezaron a gustarle mucho los libros relacionados con el más allá.
Ya sabes, esos que hablan sobre aquello que hay después de la muerte, de lo que ocurre cuando morimos.
—¿Y qué libros le recomendaste?
—Bueno, un poco de todo. Filosofía clásica, filosofía antigua, filosofía moderna, y algo más distante, ya sabes, libros sobre esoterismo, corrientes de pensamiento minoritarias, un poco de todo.
—¿Algo acerca de la Teosofía o la Alquimia?
Evaristo hace una pequeña pausa, después asiente.
—Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?
—Es posible que aquello con lo que Raquel haya podido tener relación tenga que ver con unas personas que piensan en muchas de las cosas que decía Helena Blavatsky, ya sabes, la creadora de la Teosofía.
Esas personas podrían ser peligrosas, de hecho, pensamos que podrían formar parte de una secta destructiva.
En parte para eso queremos hablar con Raquel, para poder encontrar a esas personas.
Evaristo vuelve a hacer otra pausa. Su mirada mengua. Se cruza de brazos.
—Martina, no sé si Raquel formará parte de una secta o no, pero, en fin, como poder, podría ser, por supuesto que sí, aunque de ser así, las sectas no tienen por qué ser malas, la gente está muy equivocada.
De todas formas, lo que es a mí, nunca me dijo nada ni me habló de nadie en concreto.
Así que lo siento, no puedo ayudarte con eso.
Ahora es Martina la que frunce el ceño. Tiene la impresión de que Evaristo no se lo está contando todo, de que le oculta algo.
Después coge aire con fuerza y decide adentrarse de lleno en el centro de la tormenta, saca otra fotografía que se llevó de casa de Raquel, esa en la que se ve al hombre de pelo cano en el centro de un grupo de personas, y la coloca a un palmo de la cara de Evaristo.
—¿Y qué me dices de la persona del centro de la foto? ¿Sabes quién es? ¿Lo habías visto alguna vez?
El rostro de Evaristo se constriñe. Es inútil negar que sí lo conoce. Después abre la boca despacio.
—¿De dónde has sacado esa foto?
—De casa de Raquel Campos. La chica que estoy buscando.
Evaristo la sostiene entre las manos un par de segundos. Luego da dos pasos hacia la puerta de «2001» y pasa la llave. A continuación, coloca el cartel de cerrado para que se vea bien desde el exterior.
—Vamos a la trastienda, quiero enseñarte algo —dice Evaristo con solemnidad mientras se dirige hacia el fondo de la librería sin esperar una respuesta de Martina, que se pregunta durante unos instantes qué ha de hacer, si marcharse de allí, llamar a algún compañero, o ir tras ese hombre que acaba de cerrar la tienda con llave.
Un mal presentimiento se cierne sobre su cabeza, pero no es capaz de evitar seguir al anciano hasta fondo de esa tienda.