CAPÍTULO 62
LOS MONSTRUOS
Presente
Ana tiene serias dificultades para asimilar lo que ha pasado con su hija Esther. Inseguridad y Miedo, los dos monstruos a los que lleva tanto tiempo alimentando y que han crecido hasta convertirse en el decorado que reviste todo su interior, la tienen maniatada por los pies y por las manos.
Valentina y Lidia no paran de preguntarle qué es lo que le pasa a su hermana mayor. Pero ninguna de las tres mujeres que habitan en el interior de Ana; la madre, la psicóloga y la esposa, que se sienten derrotadas y sin fuerzas, tienen una respuesta que dar.
Desesperada, entra en el cuarto de Esther en busca de algo que la ayude a saber dónde podría estar, o lo que le está pasando.
Lo primero que encuentra, sobre la mesilla de noche, es su teléfono móvil, que está apagado.
Lo siguiente que hace, casi instintivamente, es retirar la vieja manta de la cama y ver la mancha de sangre que tiñe el centro del colchón, no le cuesta mucho encontrar la pelota de sábanas y el pijama que hay bajo la cama.
Ana se lleva las dos manos a la boca y no grita porque los dos grandes monstruos que no se despegan de ella ni un solo milímetro, la tienen amordaza para eso, para que no levante la voz, ni mucho menos intente pedir ayuda.
Ella es como la rehén de dos maléficos seres que, tras muchos años de arduo trabajo, no piensan renunciar a su botín, al gran bocado.
Los dos monstruos se turnan para hacer guardia e impedir que salga del lugar en el que la tienen secuestrada.
Lo primero en lo que piensa es que su hija se ha cortado las venas.
Es el segundo método que escogen los jóvenes para quitarse la vida, solo por detrás del envenenamiento con medicamentos.
Ahora entiende el color tan pálido de su piel.
Las ojeras. El interés por que ella no entrara en su habitación.
Tratando de calmar un poco su corazón, ve otra cosa tirada en un rincón de la habitación. Es el libro con el que llegó su hija a casa de madrugada. En el centro de la cubierta pone: « El Libro de las Instrucciones ».
Con una sensación extraña, Ana lo abre por la primera página.
Pero antes de que pueda leer nada, escucha cómo alguien introduce la llave en la puerta de su casa.
Algo en su interior se llena de esperanza, de emoción.
Piensa que su hija ha recuperado la cordura y ha vuelto a casa para pedir ayuda.
Pero esa esperanza se esfuma con suma rapidez.
No es su hija Esther quien ha entrado en casa, es Rai, y su cara denota que él tampoco está bien, nada bien.
En lugar de esperanza, lo que llena su corazón es el puro horror.
—¿Está Esther en casa? —pregunta Rai con urgencia en la voz.
Y Ana solo tiene fuerzas para negar con la cabeza.
Rai observa que su mujer sostiene un libro con una mano, en la otra puede ver restos de sangre.
—Creo que nuestra hija está en grave peligro —dice Ana entre lamentos.
Rai la mira y traga saliva con dificultad. Él no lo cree, lo sabe. Y no solo su hija Esther, todos están en grave peligro.