La Norma Número Diez CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

TEO

Ya han pasado dos semanas desde que Teo se despertó del coma contra todo pronóstico.

Tras el desconcierto inicial, los médicos no dudan en atribuir las causas de su despertar a un proceso de regeneración y recuperación interna que, aunque poco frecuente, a veces pasa, sobre todo dentro del primer mes desde que se diagnostica la muerte cerebral.

Lo llaman recuperación espontánea, y es debida a que el propio cuerpo, aprovechando ese estado vegetal en el que no hay actividad encefálica, redirige a todas sus células hacia el órgano que habita en el centro de la cabeza para que sane esa parte del cuerpo sin la cual, no funciona nada más.

Nadie sabe muy bien por qué unos sí y otros no, pero así es como funciona la ciencia y la medicina, primero se conoce la existencia de algo que, a simple vista, parece un milagro, después es cuando se trabaja y se investiga para conocer el por qué y el cómo de ese algo.

Entonces es cuando el milagro se convierte en hallazgo.

Laura quiere pensar que todo el amor que le ha estado dando a su hijo, que todo su esfuerzo por cuidarlo y salvarlo ha tenido algo que ver en su curación.

Pero Teo se empeña en repetir que era su padre el que estaba ahí con él, apoyándolo, acompañándolo.

Esa idea, con el paso de los días, y en parte debido a la insistencia de su madre por quitársela de la cabeza, irá desapareciendo poco a poco.

Como uno de esos sueños que, con el paso de los días y de los años, se termina desvaneciendo.

Laura tampoco le dará ningún tipo de importancia a las palabras de Diego Valbuena, ese hombre que tuvo a su hijo retenido tres días y que les dijo que Teo era especial, que no era quien ellos creían que era.

Por desgracia, ni ella ni la policía pueden hablar con él para pedirle explicaciones por lo que hicieron o sobre qué hacían allí exactamente, dado que se marcharon al poco de llevarse a Teo.

Por alguna razón que desconoce, tal vez para no seguir calentándole la cabeza a su hijo con extrañas historias, no le cuenta nada de esa parte de la historia, no le cuenta que estuvo retenido por una especie de secta que creía que él era una especie de enviado de Dios.

Tanto su madre, como los médicos y como la policía, le preguntan a Teo por lo sucedido, le preguntan por cómo cayó al río.

Y él, cansado de ser la víctima, de estar siempre sintiéndose culpable por lo que le han estado haciendo durante los últimos años, decide contar por primera vez la verdad.

Los chicos, como él los llama, lo perseguían por el bosque para asustarlo, algo de lo más habitual en su día a día, en un momento dado, tratando de recuperar su inhalador para el asma que le habían quitado, resbaló y se golpeó contra una piedra, acto seguido cayó al agua.

Eso es lo último que recuerda antes de despertarse en la cama del hospital un mes más tarde.

La madre de Teo se pregunta qué debería hacer ella ahora.

Cómo debería actuar con relación a esos chicos, si debería denunciarlos, dado que esa versión no es exactamente igual que la que contó Hugo, quien tan solo afirmó que estaban «jugando» con él.

Por culpa de esos chicos su hijo no ha muerto de milagro, pero a su marido, que no tiene ni idea de a dónde fue, ya se está haciendo a la idea de que no lo va a volver a ver.

La versión que Laura le cuenta a su hijo, y con la intención de que no viva persiguiendo una sombra, es que su padre se marchó por motivos laborales y no sabe cuándo volverá.

No le cuenta la verdad porque no termina de entender por qué se marchó ni mucho menos a dónde fue.

A veces piensa que se fue en busca de un milagro, de algo mágico, otras se dice que solo huyó porque no soportaba lo que estaba pasando.

En cualquier caso, la decisión de ocultar la verdad por parte de Laura impide que su hijo sea quien decida qué pensar, qué creer, qué sentir con relación a todo eso.

Sin ser consciente de ello, ni mucho menos pretenderlo, Laura empieza a cogerle afición a las mentiras, sobre todo las que tienen que ver con el mundo que rodea a su hijo.

En cierta manera es como si le hubiese cogido miedo a la cruda realidad y estuviese constantemente camuflándola y maquillándola con pequeñas —y grandes— mentiras.

Se dice que, las cosas contadas a su manera, suenan mejor. Que la vida, de por sí, es dañina.

Tras mucho pensarlo, y después de recibir los continuos «consejos» del padre Cosme, el párroco de la iglesia, sobre la importancia de perdonar y de dar una segunda oportunidad, Laura decide no denunciar a las familias de los cuatro chicos, de todas formas, en Villagordo del Cabriel ya se ha corrido la voz de quiénes han sido los responsables de que Teo haya estado a un solo paso de perder la vida, y los cuatro están siendo objeto de un encarnizado asedio por parte de casi todo el pueblo.

Han pasado de ser intocables a ser repudiados.

Tal es la situación, que los padres de Raimundo Viel deciden que lo mejor para su familia es marcharse del pueblo.

Su padre es de ascendencia francesa, concretamente de Thionville, así que es allí a donde deciden ir.

De vuelta a casa, se dice el padre de Raimundo, de vuelta al hogar.

Teo no ha tenido contacto con los cuatro chicos desde que cayó al río y, por orden de su madre, así es como debe seguir siendo, pero Rai, cuyos padres están terminando de hacer las maletas para marcharse del pueblo esa misma noche, quiere decirle algo a Teo antes de irse, según él, solo quiere despedirse.

Así que le deja una nota en la ventana de su habitación y le dice que necesita despedirse de él en persona, pedirle perdón de hombre a hombre antes de marcharse de ese pueblo para siempre.

La cita es en el bosque, y aunque Teo no termina de fiarse, decide aceptar la invitación.

El párroco también ha hablado mucho con él desde que despertó, y de igual forma que le ha dicho a su madre, le ha insistido mucho en la importancia de saber perdonar, y eso es lo que piensa mientras se dirige hasta el bosque, si Rai le pide perdón, él lo aceptará.

Necesita pasar página, tal y como dice el padre Cosme, pasar página para poder seguir hacia delante, de lo contrario se quedará siempre estancado en el mismo lugar y no podrá avanzar.

Cuando Teo llega al bosque ve a Rai sentado sobre una roca acariciando a Lobo, que permanece acurrucado a sus pies. Por la forma en lo que mira, Teo no tarda ni dos segundos en percibir que Rai no está allí para pedirle perdón, de ninguna manera.

—Vaya, ya no eres el gordito que eras, te ha sentado bien el hospital. ¿Cuántos kilos has perdido? ¿Quince? Deberías darme las gracias.

Teo coge aire con lentitud, no quiere provocar a sus dañados bronquios. El miedo que le tiene a ese chico ya ha empezado a invadirlo.

—¿Qué es lo quieres?

—No debiste irte de la boca. Eres un chivato, un chivato mierda seca, ¿sabes lo que les pasa a los chivatos y a los mierdas secas?

Teo se queda momentáneamente sin palabras, paralizado. En lugar de avanzar, como decía el padre Cosme, acaba de volver hacia atrás, al peor lugar.

—Vaya, parece que te ha comido la lengua el gato, no estabas tan callado cuando te preguntaron cómo te caíste.

¿Sabes qué, gordito? Bueno, mejor dicho, ¿sabes qué, mierda seca?

Que me aburres, ya no me divierte perseguirte, ni ir detrás de ti, ahora lo que quiero es verte sufrir de verdad.

¿Estás listo para correr, mierda seca? Ahora la carrera es de verdad. El juego empieza ya.

Antes de que Teo pueda decir algo más, o recrearse en sus miedos, Rai suelta la correa con la que sujeta a Lobo, que empieza a correr hacia él con la boca abierta y la lengua fuera.

El cuerpo del pastor alemán se estira y se pliega sobre sí mismo a gran velocidad, es como una máquina perfecta de matar.

Teo pensaba que ya no podían asustarlo más, pero estaba muy equivocado, siempre hay un miedo que supera a otro miedo, siempre hay un dolor que supera a otro dolor.

Sin ser consciente de que la película ya ha empezado otra vez, Teo empieza a correr.