La Norma Número Diez CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

AXEL RUIZ

Presente

La sexta norma dice que se han de acatar siempre las órdenes del Maestro. En su ausencia, se acatarán las órdenes de aquellos que tengan más antigüedad o un rol superior dentro del Movimiento. El respeto por los Antiguos y por la jerarquía de roles es imprescindible e inquebrantable.

Santiago recoge a Leonardo en la calle Juan Llorens, que es donde está el piso que la policía le ha cedido de forma temporal hasta que encuentre una vivienda propia. Lleva el pelo completamente enmarañado y un color de cara más pálido de lo normal.

La casa donde está empadronado Axel Ruiz está en La Torre, una pedanía de Valencia perteneciente al distrito de Poblados del Sur que colinda con otras pedanías como Horno Alcedo o Faitanar.

Poco antes de llegar, Leonardo intenta iniciar una conversación de las que a él le gustan, de las de carácter trascendental.

—¿Qué opina acerca la gran pregunta, subinspector Bermejo?

—¿Qué gran pregunta? ¿A qué te refieres? —responde Santiago buscando entre los portales el número al que se dirigen.

—La gran pregunta que lleva haciéndose toda la humanidad desde que tiene uso de razón, ¿existe vida después de la muerte?

Santiago reflexiona un par de segundos sobre esa pregunta que, a los quince o dieciséis años, él también se hacía a diario. Lo cierto es que siempre ha sentido algo de vértigo por la respuesta con la que podría encontrarse. En el fondo le aterra pensar que no haya nada más.

—Opino que no todo en esta vida tiene por qué saberse, ni por qué tener una explicación, no todo tiene por qué estar bajo nuestro control. La muerte es innegociable, eso está claro. Lo que venga detrás, lo sabrá cada cual cuando le llegue el momento.

Leonardo esboza una sonrisa de satisfacción.

—Pues lo que yo pienso es que en esta vida sí tiene todo una explicación, y eso incluye la necesidad por creer que la muerte física no es el final y la sensación de que después hay algo más, lo cual, a su vez, incluye la respuesta a la pregunta.

Santiago vuelve a mirar a Leonardo de reojo, no quería entrar en su juego, pero al final lo ha hecho.

—¿Y esa respuesta es?

—Ya te lo he dicho, creer que hay algo más es solo una sensación que va unida a nuestro instinto de supervivencia.

Desapropiarse de esa sensación requiere de un trabajo y una madurez mental a la que no todo el mundo puede o se atreve a llegar.

Madurar no siempre es agradable, amigo, pero te aseguro que es el único camino para llegar a entender algo de este mundo.

—¿Entonces quieres decir que tu piensas que cuando morimos no hay nada más?

—No lo pienso, lo sé.

—Ah, qué bien. Entonces todos los científicos, médicos, filósofos o teólogos que dedican actualmente su vida a buscar la respuesta a esa pregunta, pierden el tiempo, ¿no? Porque según tú, la respuesta es clara y ya ha sido zanjada.

—Efectivamente, toda esa gente pierde el tiempo, o a lo mejor lo quieren perder, eso no lo sé, tampoco me interesa.

—¿Y qué me dices de todas esas personas que afirman haber vuelto después de la muerte? ¿Qué me dices de todas esas personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte y que han visto cosas?

Leonardo levanta la ceja izquierda para escrutar a Santiago con la mirada.

—Me parece que aquí tenemos un creyente.

—¿Cómo?

—Que tú si crees en la otra vida, amigo, todavía te tienen cogido, eh.

—¿De qué estás hablando? Yo no he dicho tal cosa.

—Pero tu forma de preguntar te delata. Se te nota a la legua que quieres creer, que necesitas creer, es muy propio de la gente de tu perfil.

Santiago detiene el coche con un frenazo brusco. Cierra los ojos y aprieta el volante con las dos manos. No le gustan los juicios morales de Leonardo, pero menos le gusta que en algunas cosas tenga razón, como por ejemplo en que a él sí le gustaría que después de la muerte hubiese algo más.

—¿Por qué has parado, amigo?

Santiago coge aire con profundidad y lo suelta despacio, con los labios semicerrados. Como le enseñó la psicóloga de su grupo de Mindfulness.

—He parado porque ya hemos llegado, la casa de Axel Ruiz es esa de ahí —dice Santiago señalando con el dedo índice de su mano derecha el número diez de la calle Hellín.

Santiago llama a la puerta, tanto él como su compañero esperan en silencio tras ella.

Ante ellos aparece un hombre que debe rondar los cincuenta y tantos años.

De abdomen prominente y frondosa barba. El pelo rizado y descuidado.

De un marrón castaño salpicado en canas grises.

Los ojos pequeños y a la sombra de opulentas bóvedas oculares.

Los mofletes sonrosados y los labios carnosos.

—Buenos días, ¿el señor Axel Ruiz? —pregunta Santiago con educación.

Axel tarda un par de sospechosos segundos en responder.

—Sí, soy yo, pero no quiero comprar nada, que tengan un buen día.

Axel hace ademán de cerrar la puerta, pero Santiago lo impide estirando el brazo y apoyando la palma de la mano a la altura del picaporte.

—No hemos venido a vender nada, somos agentes de policía, y necesitamos hacerle unas preguntas.

Axel frunce el ceño. Sus grandes bóvedas oculares cubren un poco más sus ojos color verde oscuro.

—¿Unas preguntas sobre qué?

—¿Le importa si lo hablamos dentro? No me apetece llegar resfriado a la nochebuena —dice Santiago con sarcasmo.

Axel vuelve a pensarse la respuesta. A continuación, dirige a la pareja de policías hasta el salón de la casa.

—Tomen asiento, por favor, ¿puedo ofrecerles algo de beber?

—No, estamos bien, siéntese usted también, si es tan amable —dice Santiago ocupando el centro de un viejo sofá cubierto por mantas de lana deshilachadas. Leonardo se sienta en una silla y Axel en otra.

—Ustedes dirán, ¿qué quieren preguntar?

—Verá, no me andaré con rodeos, tenemos conocimiento de que hace unos meses usted compró unas micro cámaras de video muy particulares, y quisiéramos saber para qué las necesitaba y si todavía las tiene en su poder.

Tanto Santiago como Leonardo observan cómo el color de los mofletes de Axel desaparece. La pregunta le caído como un jarro de agua fría.

—Siempre me ha gustado el cine, ser director es mi sueño desde que soy un niño —dice Axel dirigiendo la mirada hacia una de las paredes del salón donde pueden verse carteles de cine pegados con celo. El Exorcista. El Resplandor. Johny cogió su fusil. Vértigo.

—Director, eh, ¿y para qué unas cámaras tan pequeñas? ¿Es que acaso quería grabar a sus actores en secreto? —El doble sentido de las preguntas de Santiago arranca una sonrisa interna en Leonardo, que disfruta viendo cómo su compañero acorrala sin piedad al sospechoso.

—Son para grabar exteriores, planos generales para completar escenas, siempre vienen bien como recursos extra.

—Ya. En cualquier caso, supongo que no tendrá problemas con enseñarnos esas cámaras que tanto uso les da.

Axel vuelve a quedarse en modo pausa durante un segundo. Dos gotas de sudor caen por un lateral de su frente. Luego asiente.

—Por supuesto que no. ¿Las quieren ver ahora?

—Sí, por favor, tenemos un poco de prisa y cuanto antes terminemos con esto, mejor.

—Pues esperen un segundo, voy a por ellas.

Axel se levanta y su oronda figura desaparece por el oscuro pasillo de la casa. Todo él desprende un olor rancio, a no haberse duchado en bastantes días. Cuando han pasado unos pocos segundos de cortesía, Santiago mira a Leonardo y le pregunta:

—¿Qué opinas?

—Es obvio que está mintiendo. No ha mostrado ningún tipo de interés en saber por qué le estamos preguntando por esas cámaras, lo cual denota que solo le preocupa dar respuestas creíbles.

Santiago piensa lo mismo. Axel oculta algo. A continuación, se miran y, sin decir nada, llegan a la misma conclusión, ¿ha ido Axel realmente en busca de esas cámaras?

Es Santiago quien se levanta primero. Leonardo, con más reservas, lo imita.

—¿Axel? ¿Todo bien? —pregunta Santiago alzando un poco la voz mientras inicia la marcha hacia el fondo del pasillo. Saca su arma reglamentaria y la empuña con firmeza. Leonardo, que va pegado a él, también lleva un arma reglamentaria, pero apenas sabe cómo usarla.

—Sí, todo bien, ya voy —dice Axel desde el fondo de la casa.

Pero no todo está bien. Es algo que se respira en el ambiente.

Santiago y Leonardo avanzan por el pasillo tratando de no hacer ningún ruido.

Se asoman a una primera habitación y solo ven montañas de cajas de cartón.

Avanzan un poco más y se asoman a una segunda habitación.

Hay una cama con la estructura de madera y una montaña de ropa sobre ella.

Las paredes están cubiertas de manchas negras de humedad.

Avanzan con cuidado hasta la siguiente estancia, es un cuarto de baño que en sus cincuenta años de vida jamás ha sido reformado. Huele a desagüe, a aguas residuales.

Cuando ponen rumbo hacia la última estancia a la que da lugar ese pasillo, escuchan un ruido que hace que ambos policías se paren de golpe. Santiago alza un poco su mano derecha indicándole a Leonardo que no se mueva. Cuenta mentalmente hasta tres y, a continuación, entra en esa habitación.

—Mierda. Este cabrón se nos ha escapado —dice Santiago arrastrando cada letra.

Leonardo se asoma a la estancia en la que está Santiago. Ve a su compañero frente a una pequeña ventana abierta cuya hoja da golpes como consecuencia del viento contra el marco con irregular intermitencia.

—¿No deberíamos ir tras él? —pregunta Leonardo.

—Si supiésemos en qué dirección se ha ido, todavía, pero salir corriendo sin saber hacia dónde no tiene mucho sentido. Joder, lo teníamos —Santiago aprieta su puño derecho en un acceso de rabia.

—Bueno, supongo que, ya que estamos aquí, no creo que a Axel le importe demasiado que demos un vistazo por su casa, ¿no? Es posible que con las prisas por marcharse haya olvidado algo que nos pueda decir dónde encontrarlo o lo que están tramando.

Santiago asiente con resignación mientras vuelve a guardar la pistola.

En esa planta baja no ven nada aparte de más trastos como los que ya han visto. Ropa antigua, cajas de recuerdos, libros viejos, fotos de familia. Es como si en esas habitaciones hubiesen encerrado toda una vida.

Luego se dirigen a la planta superior subiendo por una estrecha escalera cuyos peldaños se han curvado por el centro.

La primera habitación parece ser el dormitorio de Axel.

La cama deshecha y ropa sucia por el suelo.

En las paredes está pintado por todas partes el símbolo del dragón que se come a sí mismo.

En la siguiente habitación ven lo que parece ser el estudio de Axel, el lugar donde ha estado alimentando sus creencias durante años.

En las paredes no solo está el símbolo del dragón, sino una gran variedad más de símbolos.

Santiago se gira en dirección a Leonardo a la espera de que arroje algo de luz, quien no tarda ni dos segundos en interpretar lo que demanda su compañero.

—Son símbolos alquímicos. Representan algunos metales presentes en la naturaleza.

Los cuatro elementos. Procesos químicos.

En general todo aquello que de un modo u otro es necesario para llegar al elemento más importante, al del círculo del dragón, al de la Gran Obra previo paso a lograr la vida eterna.

Santiago asiente mientras ojea algunos de los libros que hay amontonados sobre una mesa de escritorio.

Algunos son de filosofía, otros sobre teoría de la religión.

Tanto en el suelo como sobre la mesa, Santiago ve una imagen que se repite, es como un hombre con dos cabezas que está posado sobre un dragón.

—¿Y este quién se supone que es? —pregunta Santiago mostrándole la imagen a Leonardo, que está mirando fijamente uno de los símbolos de la pared.

Leonardo aparta la mirada de la pared para centrarse en el dibujo del hombre con dos cabezas que le muestra Santiago.

—Se conoce como Rebis. Es una especie de ser mitológico en el que creía la alquimia.

Es como el ser perfecto, una especie de hermafrodita.

Mitad hombre mitad mujer. Se supone que es como una especie de elegido, el encargado de alcanzar la Gran Obra, de ser quien muestre el camino hacia la vida eterna, por eso aparece sobre un dragón, representa la victoria sobre los ciclos perpetuos de vida y muerte en la Tierra.

Santiago trata de hilar cabos en su cabeza, pero todo es muy complicado. Solo sabe que ante ellos hay un grupo de personas con unas férreas creencias detrás que están a punto de hacer algo muy malo.

—Lo que está claro es que hoy es el día —añade Leonardo.

—¿Por qué está claro? —pregunta Santiago.

Leonardo señala el dibujo de la pared que estaba mirando fijamente hace un momento.

—Ese conjunto de símbolos de ahí representan el solsticio de invierno.

El símbolo se repite una y otra vez por toda la habitación, si te fijas un poco los verás.

El solsticio de invierno, y no solo en la alquimia o teosofía, sino en muchas religiones y creencias, representa una celebración, una muy particular.

Es el día de la muerte que precede a la resurrección.

Es el fin de la oscuridad, previo al inicio de la luz.

Así que, si hay un día especial para ellos, podría decirse que ese día es el solsticio de invierno, el problema es que ese día, este año, es hoy.

Santiago mira a Leonardo con preocupación, que le devuelve una mirada no menos preocupada.

—Conozco a una persona que sabe bastante de estos temas, creo que deberíamos ir a verla cuanto antes —añade Leonardo mostrando cierto pesar.

—Jamás pensé que pedirías ayuda.

—Pues yo menos, pero tampoco pensé que me vería en una situación tan desesperada. De hecho, amigo, creo que deberíamos ir ahora mismo, esa persona no siempre acepta visitas, así que es posible que nos haga esperar un rato.

—¿Y eso por qué?

—Bueno, dejémoslo en que es alguien muy particular.

Antes de abandonar esa planta superior, escuchan un ruido que procede de una habitación a la que no han entrado, una que se encuentra al final de esa planta. Sus alarmas internas se disparan de nuevo.

Con el arma en la mano y el corazón latiendo deprisa, entran a esa habitación de la que procede el ruido que han oído. Frente a ellos ven una imagen que, sin ser amenazante, es impactante.

Tumbada en una cama similar a las que se usan en los hospitales, hay una mujer que debe rondar los ochenta y tantos años.

Está conectada a un respirador que, al parecer, se ha puesto en marcha y ha empezado a realizar insuflaciones periódicas.

La mujer que está postrada en esa cama los mira en silencio desde la distancia, sin decir nada.

Por lo que parece, no puede mover nada aparte de las pestañas.