CAPÍTULO 59
RAQUEL CAMPOS
Presente
Rai y Martina
De camino al domicilio de la joven Raquel Campos, Martina sigue dándole vueltas a la historia que Rai le contó la noche anterior acerca de su infancia, acerca de ese niño, de Teo, el cual perdió la vida de una forma trágica.
Piensa que no debió ser sencillo para Rai crecer con un evento así, con todas las miradas apuntándolo a él, de ahí que no tuviese demasiadas ganas de hablar de ello o de volver a ese pueblo.
Por otra parte, y eso es algo que ha barrido las preocupaciones que pudiese tener acerca de que su jefe podría estar ocultando algo, Rai ha sido el primero en decir que hay que volver cuanto antes Villagordo para seguir preguntando e investigando, incluso le ha pedido a Miguel Ángel Ochoa que envíe un helicóptero a la zona para ver si desde lo alto pueden encontrar algo en los frondosos bosques que rodean a la población de interior, como por ejemplo un templo, un conjunto de edificaciones o un lugar donde reunirse.
Lo que Martina no sabe es que cuando Rai le contó la historia oficial de lo que le pasó a Teo en 1989, obvió la parte más importante y crucial, la parte no oficial, la que hasta ahora pensaba que solo él y su madre sabían, la que acabará con toda su vida cuando salga a la luz.
Cuando llegan al domicilio de Raquel Campos, es nuevamente su madre quien abre, Vanesa. Lleva la ondulada melena rubia muy encrespada. Mirada ojerosa y una bata de rizo ligeramente entreabierta.
—Buenos días, señora, no sé si se acuerda de mí, estuve aquí hace un par de días para hablar con su hija acerca del incendio en la discoteca Mya.
—Por supuesto que me acuerdo de usted, Inspector Jefe Raimundo Viel, ¿verdad? —dice Vanesa agrandando los ojos.
—Sí, buena memoria. Ella es mi compañera, Martina Vega —dice Rai señalando a Martina—. No quisiéramos robarle demasiado tiempo, pero necesitamos hablar de nuevo con Raquel.
Vanesa mira con preocupación a la pareja de agentes que tiene delante.
—Me temo que eso no va a ser posible. No está en casa —dice Vanesa con cierta vergüenza.
—¿Y podríamos saber dónde está? Nos urge bastante hablar con ella.
—No podría decirlo con seguridad. ¿Puedo saber qué ha pasado? ¿Se ha metido Raquel en algún lío?
Rai y Martina se miran extrañados.
—Vanesa, ¿le importa si hablamos un momento dentro? Hace bastante frío a estas horas de la mañana —dice Martina tratando de construir un clima más propicio.
—Sí, claro, faltaría más, pasen.
Rai y Martina toman asiento en el sofá del salón y Vanesa hace lo propio en una silla que hay a un par de metros de ellos, tras la mesa de centro.
—Vanesa, nos gustaría hablar con su hija cuanto antes para hacer unas comprobaciones relacionadas con lo que pasó en la discoteca, así que, en primer lugar, necesitamos saber en qué sitios y con quién podría estar en estos momentos —dice Rai con un tono neutro.
—Sé que lo que los voy a decir les sonará raro, pero últimamente no sé muy bien con quién sale mi hija.
Puedo darles el nombre de alguna compañera de la facultad, pero poco más.
No sé cómo ha pasado, pero en los últimos dos años hemos perdido bastante la conexión —Vanesa habla con una mezcla de vergüenza, culpa y pena.
Rai se dice que él también hace tiempo que ha perdido la conexión con sus hijas. Y eso también hace que sienta culpa y pena.
—¿Podría decirnos alguno de los nombres con los que su hija dice salir?
—A quien más nombra es a una chica que se llama Margarita, a un chico que se llama Antón, y a otra chica que se llama Lorena, que es con quien estaba en la discoteca Mya.
—¿Y ya está?
Vanesa se encoge de hombros.
—Bueno, hay otra chica que últimamente ha venido por aquí algunas veces, pero ahora mismo no recuerdo su nombre.
—¿Tiene el número de teléfono de alguna de esas amigas de su hija?
Vanesa niega con la cabeza.
—Qué va. Mi hija lleva una temporada muy recelosa de sus amistades y las personas con las que sale.
—¿Y qué me dice de los lugares en los que podría estar ahora mismo? ¿Alguna idea?
Vanesa introduce sus dedos en la raíz de su cabellera y recorre su cabeza de delante hacia detrás.
—En la biblioteca, tomando un café en algún local del barrio de Ruzafa, dando un paseo por la playa —Vanesa mira hacia la nada con tristeza.
Rai y Martina se preguntan por dónde seguir ahora. Necesitan salir de esa casa con algún tipo de información importante.
—Por lo que cuenta, su hija podría estar ahora casi en cualquier parte, ¿sabe a qué hora salió de casa? —pregunta Martina relevando a Rai.
A Vanesa le tiemblan un poco los labios.
—Anoche no durmió en casa. No sabría decirle a qué hora se fue.
Rai mira de reojo a Martina, que parece estar más preparada para dirigir la ronda de preguntas.
—¿Es habitual en Raquel no venir a casa por las noches?
Vanesa la mira con un nudo en la garganta.
—Desde hace medio año más o menos, sí. Diría que desde que mi marido y yo nos divorciamos. Antes Raquel no era así. Quiero decir, no salía tanto, ni por asomo.
—¿Y qué me dice de su padre? ¿Cree que podría estar con él en estos momentos?
—Lo dudo mucho. Pero si quieren pueden llamarlo.
Tendrán suerte si descuelga. Mi ex marido siempre ha sido un egoísta de mierda.
Jamás le ha preocupado otra cosa que no sea él mismo.
Nunca se hizo cargo de Raquel, siempre trabajando, siempre de viajes, siempre ocupado o con alguna de sus zorras —Al hablar de su ex marido, las mejillas de Vanesa se encienden.
Martina y Rai vuelven a mirarse. Esa vital información con la que deberían salir de allí de momento no aparece. Ahora es Rai quien vuelve a tomar el control.
—¿Le importaría si le pegásemos un vistazo a la habitación de Raquel? Quizá veamos algo que nos pueda decir dónde podría estar o con quién.
Vanesa acompaña a la pareja de policías hasta la habitación de su hija, les dice que puede tomarse el tiempo que necesiten, que ella, con permiso, se va a dar una ducha.
Lo primero que les llama la atención es que en esa habitación, aparte de los libros de medicina, hay una buena colección de novelas de misterio, tratados de filosofía, clásicos de la literatura.
—¿Sabías que se puede llegar a conocer a una persona por sus gustos literarios? —dice Martina mientras repasa uno a uno todos los ejemplares de la biblioteca privada de Raquel.
—¿Sí? ¿Y qué has conocido de Raquel con los libros que hay en esta habitación?
—responde Rai con escepticismo mientras se dedica a rebuscar por los cajones del escritorio, de la mesilla de noche, de la cómoda.
A él le gusta escarbar en esos pequeños espacios donde a menudo la gente deja olvidadas pequeñas cosas de gran importancia.
Como un tique de compra, un pendiente, una tarjeta de visita, una entrada de cine.
Detalles que podrían describir una trayectoria, fijar un momento y un lugar en el tiempo.
—Raquel es una mujer inusualmente despierta para su edad, me recuerda a mí —dice Martina mientras sigue ojeando libros.
Entretanto, Rai ha levantado una pequeña torre de pequeños objetos que para él podrían tener cierta importancia.
Hay un carné de biblioteca. Bastantes tiques de compra de una librería que se llama 2001.
Otros tantos de tiendas de ropa. Una tarjeta de crédito caducada.
—¿Despierta en qué en sentido? —pregunta Rai mientras sigue apilando pequeños objetos.
—Según los libros que hay en esta habitación, creo que Raquel tenía un interés muy intenso por conocer cosas acerca de quién era ella, del sentido de esta vida.
—Ya —responde Rai sin prestar demasiado interés en lo que le está contando Martina. Acaba de encontrar escondida al fondo de la cómoda una pequeña caja de metal decorada con grabados ornamentales de color marrón. La abre con cuidado tratando de que lo que haya en su interior no se caiga.
Primero saca un pequeño trozo de tela blanca, es un retal de corte irregular.
Luego saca otro retal negro de características similares.
Bajo las telas hay unas cuantas fotos que, inmediatamente, disparan el interés de Rai.
En la primera de ellas se ve una especie de cabañas que están medio quemadas.
De fondo puede verse una especie de casa grande que también está parcialmente quemada.
En la segunda foto hay un grupo de personas en cuyo centro hay un hombre con la barba larga y el pelo cano.
Lleva puesta una chilaba blanca. De su cuello cuelga un colgante con el símbolo del dragón enroscado, también pende un silbato con forma cilíndrica.
Ese grupo de personas lo lleva a pensar en la sociedad que vivió en los bosques de Villagordo de Cabriel en los ochenta, en que, efectivamente, cada vez es más probable que la persona responsable de todo lo que está pasando, cuyo sello personal es ese mismo dragón, esté relacionada con ese pueblo y con ese grupo de personas.
Hay algunas fotos más en las que se puede ver a más personas vestidas con esas túnicas blancas, pero la último foto hace que el maltrecho corazón de Rai se contraiga con fuerza.
En ella puede ver a Raquel junto a dos chicas más, están sentadas sobre un pequeño murete de piedra, en un pequeño claro de un bosque.
Una de ellas es la chica con la que Raquel se quedó encerrada en el baño de la discoteca Mya, la otra es alguien a quien conoce muy bien, es su hija Esther, y no tiene ni la menor idea de cómo es posible que esté en una foto junto a una persona que podría ser cómplice de todo lo que está pasando.
—Bueno, qué, ¿has encontrado algo interesante? —pregunta Martina, justo detrás de su espalda.
Rai se da la vuelta al tiempo que esconde la fotografía en la que aparece su hija Esther en el bolsillo trasero de su pantalón.
No sabe muy bien por qué acaba de hacer eso, es como un acto reflejo.
Pero no quiere que ni Martina ni nadie puedan relacionar a su hija Esther con esa chica, con esa gente, porque tiene miedo a lo que eso podría significar.
—Es posible que tengamos algo, ¿qué te parecen estas fotos? También he encontrado unos cuantos tiques y carnés que podrían acercarnos a ella, al parecer iba mucho a una librería llamada «2001» —Rai le pasa el taco de fotos a Martina a la espera de conocer su opinión.
Martina arruga el entrecejo y empieza a pasar las fotos sin decir nada. Rai observa cómo el joven rostro de la psicóloga se va llenando poco a poco de turbación.
—¿Qué opinas? ¿Crees que esas personas podrían ser el grupo de teósofos de Villagordo del Cabriel? El hombre de más edad lleva un colgante con el símbolo del dragón, del uróboro .
—Es más que probable —dice Martina devolviéndole las fotos a Rai. La joven se cruza de brazos y hace como que mira hacia la ventana.
—¿Todo bien? ¿Has visto algo más? —pregunta Rai preocupado por la expresión de Martina.
—Sí, he visto algo más, Rai. He visto cómo te guardabas una foto en el bolsillo trasero de tu pantalón, ¿qué está pasando aquí?
Primero toda esa historia de Teo de la que tanto te ha costado hablar y que no has querido compartir con nadie más, y ahora me ocultas una foto delante de mis narices que apuesto a que podría ser crucial.
Así que me parece que soy yo la que te pregunta a ti, ¿hay algo más que deba saber?
—¿Qué estás queriendo decir exactamente? ¿Acaso me estás acusando de algo?
—No te estoy acusando de nada, solo quiero saber por qué te has escondido una prueba. No me negarás que como poco resulta sospechoso.
Rai va negar que ha hecho tal cosa, pero eso sí sería absurdo, está claro que lo ha visto. Suelta un suspiro pesado y vuelve a sacar la foto del bolsillo trasero de su pantalón.
—Te pido disculpas. Te juro que no sé qué está pasando ni qué tengo que ver yo o mi familia con todo esto, pero cuando veas está foto comprenderás que al verla he sentido mucho miedo, no debería haberla escondido, lo cierto es que no sé ni por qué lo he hecho —Rai le tiende la foto para que la vea.
Martina la coge y la observa con detenimiento. Sus cejas se arquean levemente al reconocer a la hija mayor de Rai.
—¿Sabías que tu hija y Raquel eran amigas?
—Por supuesto que no, me acabo de enterar en este preciso momento, igual que tú.
Martina mira a Rai a los ojos y, aunque acompañada por la culpa y el miedo, ve sinceridad en ellos.
Antes de que alguno de los dos diga algo más, Vanesa vuelve a la habitación. Lleva una toalla enrollada en la cabeza. Se ha puesto unos pantalones vaqueros muy ajustados y un fino suéter negro.
—¿Cómo vais? ¿Habéis encontrado algo importante?
—¿Conoces a esta chica de aquí que aparece junto a Raquel y su otra amiga? —pregunta Rai mostrándole a Vanesa la foto que momentos antes le había ocultado a Martina.
Vanesa no tarda ni dos segundos en reconocerla.
—Claro, es esa amiga de Raquel que os he dicho que no recordaba cómo se llamaba. Ha estado aquí algunas veces.
—Gracias, Vanesa. Es posible que hayamos encontrado algunas cosas que nos puedan ayudar a dar con su hija. Vamos a tener que marcharnos ya. ¿Le importa si nos llevamos un par de fotos de Raquel?
Vanesa sonríe con algo de pena.
—Por supuesto que no, si eso sirve para que la encuentren pronto…
—Eso esperamos, muchas gracias por todo, le avisamos en cuanto sepamos algo —dice Rai con solemnidad.
—Sí, por favor —dice Vanesa diciendo adiós con la mano.
Cuando se sientan en el coche, Rai espera un par de segundos antes de arrancar. Luego mira a Martina.
—¿Te importa si voy a buscar a mi hija? Solo espero que esté en casa.
—Por supuesto que no, para nada, de hecho, es lo que debes hacer. ¿Prefieres ir solo o quieres que vaya contigo?
—Espero que lo entiendas, pero preferiría ir solo, la verdad.
—Lo entiendo, pero avísame en cuanto sepas algo, ¿vale?
—Te lo prometo —dice Rai con tristeza.
—Si te parece, yo voy a visitar la tienda de libros que Raquel frecuentaba con bastante asiduidad, al parecer los libros eran muy importantes en su vida, tal vez allí puedan decirme algo acerca de dónde o con quién podría estar.
—Me parece perfecto, luego nos vemos.
Antes de poner rumbo a su casa, en la urbanización de Mas Camarena, Rai deja a Martina en el centro de la ciudad, en la calle Convento Jerusalén, el barrio de La Roqueta, cerca de la librería en la que Raquel compraba casi todos sus libros, una de las librerías más peculiares de Valencia y de la que, curiosamente, Martina también fue clienta habitual bastantes años atrás.