La Norma Número Diez CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

LO INEXPLICABLE

En cuanto se cumplen cuatro días exactos desde que Ezequiel inició su particular viaje, el hombre que habita en esa casa coge una pequeña lámpara de aceite y se dirige hacia la cueva que hay bajo la casa, abre la trampilla y empieza a bajar despacio.

Una vez allí, levanta la lámpara para alumbrar la primitiva estancia.

Normalmente se los encuentra a todos en el centro, cerca o a los pies de la escalera.

Todos suelen acabar así, intentando salir de allí.

Ninguno lo consigue porque desde dentro, la trampilla no se puede abrir.

Hace más de un día que ya no escucha los gritos y alaridos de Ezequiel, por lo que no espera un resultado distinto a todos los demás.

Cuando localiza su figura, tumbado en posición fetal en un recoveco de la cueva, el hombre pega su cuerpo al de Ezequiel y, sujetándole bien la cabeza, le da la vuelta.

Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta.

Toda su cara está como excavada en su calavera.

Le toca la frente y la percibe igual de fría que la piedra de la cueva.

Pone una mano sobre su cuello, tratando de no aplastar su garganta, para palpar con cuidado las venas que prácticamente se transparentan.

Y tras unos cuantos segundos de absoluto silencio, percibe un débil pulso.

El hombre deja muy quieta su mano, intentando no perder de vista ese posible latido.

A los pocos segundos lo vuelve a sentir, y tras unos pocos segundos más, lo percibe de nuevo.

El rostro del hombre se ilumina al comprobar que, aunque no sabría decir por cuánto tiempo más, de momento Ezequiel sigue con vida.

Tratando de ser muy cuidadoso para no hacerle daño, coloca la frágil figura sobre su hombro derecho y pone rumbo a la escalera.

En todos los años que lleva allí abajo, Ezequiel es la única persona, sin contarlo a él, que ha conseguido sobrevivir a los cuatro días que dura el proceso.

Si todo va bien, y no muere en las próximas horas, será cuando le haga saber que, a partir de ese momento, será él quien debe ocupar su lugar en esa casa, es así como funciona, es la misma razón por la que él lleva allí más años de los que recuerda.

A miles de kilómetros de allí, aproximadamente a las tres de la madrugada, los monitores de constantes de una de las habitaciones del Hospital General de Requena empiezan a pitar todos a la vez.

Laura, que se encuentra durmiendo en un sillón que hay próximo a la cama, y que no es la primera vez que durante los últimos días escucha y percibe cosas extrañas en la habitación de su hijo, se despierta angustiada y aterrorizada.

Se dice que el momento ha llegado. Baja del sillón y enciende la luz de la habitación.

Se gira hacia la cama y suelta un pequeño grito de sorpresa.

Su hijo no está sobre ella. El pulsioxímetro, los electrodos del monitor, el tubo respiratorio; está todo desconectado.

Durante una fracción de segundo la invade la desesperación y la angustia.

Se pregunta dónde está su hijo. Se pregunta si alguien se lo ha llevado.

Tal vez Ezequiel, a quien ya hace más de una semana que se marchó de casa y desde entonces no sabe nada de él.

Antes de poder dar un solo paso o pensar en algo más, escucha un pequeño ruido.

Es un como el lamento de un animal herido.

Con la sangre completamente congelada, y empezando a ser consciente del frío suelo que hay bajo sus pies, rodea lentamente la cama y es entonces cuando ve algo para lo que ninguno de los médicos de ese hospital tendrá una explicación científica, una explicación real.

Su hijo Teo, asustado, tiritando y abrazado sobre sí mismo, la mira, impasible, desde el polvoriento y desgastado suelo que hay a un lado de la cama.

Al principio parece no reconocerla, pero tras unos cuantos segundos en los que su rostro solo es capaz de expresar desconcierto y miedo, fija la mirada en la de su madre, dibuja una tímida sonrisa, y se alegra. A continuación, dice:

—¿Y papá? Estaba aquí hace un momento.

El rostro de Laura, que rápidamente se ha llenado de lágrimas, no sabe cómo decirle a su hijo que su padre se fue hace más de una semana y que desde entonces no sabe nada de él.

—Papá no está aquí ahora, pero estoy yo, hijo, y no me voy a mover de aquí nunca.

El rostro de Teo se contrae. Vuelve a llenarse de desconcierto y miedo.

—Pero papá ha estado aquí todo el tiempo, conmigo, ¿a dónde ha ido ahora?

Antes de que puedan seguir hablando sobre si Ezequiel ha estado o no allí, algo sobre lo que Laura no tiene ninguna duda, o sobre dónde ha ido, algo de lo que ya tendrán tiempo de hablar, a la habitación empieza a llegar el personal sanitario que, desde el control de enfermería, ha escuchado los sonidos de alarma que procedían de esa habitación.

Durante la siguiente semana, a Teo le harán diversas pruebas para corroborar lo que, a simple vista, y secuelas aparte, ya se ve.

Milagrosamente se ha despertado del coma y su cuerpo se ha encargado de sanar aquello a lo que la medicina ya no podía llegar.

Los médicos plantearán muchas teorías que buscarán explicar cómo y por qué Teo se ha recuperado. Habrá muchas y muy variadas formas de intentar comprender por qué a veces, y contra todo pronóstico, lo inexplicable, es justo lo que ocurre.