CAPÍTULO 57
LA SANGRE
Presente
Esther
Solsticio de Invierno
Cuando Esther se despierta siente un fuerte dolor de cabeza.
Pero eso no es nada con el terror que la invade cuando ve que está sentada sobre un charco de sangre cuya procedencia no tarda en ver que es el interior de su vagina.
De nuevo se pregunta qué fue exactamente lo que el Profeta le dio a beber el día de antes y si tendrá relación con ese abundante sangrado interno.
Unos golpes sobre la puerta de su cuarto hacen que levante, nerviosa, la mirada de su entrepierna. La dirige hacia el pomo de la puerta.
—Esther, soy mamá, ¿puedo pasar?
Esther no quiere ni imaginar qué pensará su madre si la ve así. Ese sentimiento de culpabilidad que, por alguna razón, siempre ha caminado a su lado, se aferra a ella con mucha fuerza.
—Espera un momento, mamá, enseguida salgo —dice Esther endulzando la voz.
Al principio su madre no responde, pero el pomo de la puerta se mueve unos milímetros arriba y abajo, el máximo rango de movimiento que permite el seguro que hay puesto.
—Necesito hablar contigo un momento, Esther, sobre lo que pasó anoche, ¿me dejas pasar, por favor?
Esther tiene dificultad para pensar con claridad. Toda esa sangre a su alrededor nubla su consciencia.
—Espera un momento, por favor, ya salgo —dice Esther dando un salto de la cama. Se dice que urge deshacerse como sea de las sábanas manchadas de sangre, o de lo contrario la llevará corriendo a un hospital, y lo que es peor, llamará a su padre.
—Esther, me estás preocupando, ¿estás bien?
—Sí, mamá, espera un momento, por favor, no seas pesada, te he dicho que ya salgo.
El pomo de la puerta se vuelve a mover, esta vez con más fuerza.
Esther tira de las sábanas con rapidez y hace una gran pelota con ellas.
Sus ojos se quedan observando el colchón durante un par de segundos.
Tiene una gran mancha circular en el centro, es como un gran Sol, pero de un color rojo oscuro.
—Esther, te he dicho que abras la puerta inmediatamente.
El tono de voz de Ana se vuelve más áspero, pero el de Esther se torna como el papel de lija.
—¡Que te he dicho que ya salgo!
Esther mete la pelota de sábanas llenas de sangre debajo de la cama y luego se quita el pijama, que también está manchado de sangre, y también lo oculta bajo la cama.
Mira entre la ropa de su armario y se pone lo primero que encuentra.
Un pantalón vaquero negro que le está ancho, una camiseta de manga larga y una sudadera deportiva con capucha.
Se calza unas Converse de semi caña y se dirige hacia la puerta, pero justo cuando está a punto de abrir, cae en la cuenta de la mancha de su cama que parece un Sol rojo.
Se gira de nuevo con rapidez y abre el altillo de su armario.
Coge la manta más gruesa que encuentra y la deja caer sobre el colchón. A continuación, abre la puerta.
Ana, cuyos ojos están parcialmente cubiertos de lágrimas, mira a su hija fijamente tratando de saber lo que le pasa.
Ve que se ha puesto lo primero que ha encontrado, algo no habitual en ella.
Pero, sobre todo, ve que a su hija le pasa algo que, como ya intuyó la noche anterior, es mucho más grave de lo que pensaba. Es algo malo de verdad.
—¿Se puede saber qué quieres ahora? Tengo prisa, ¿sabes? —dice Esther tratando de pasar junto a su madre, que le bloquea parcialmente el paso.
—Hija, ¿qué es lo que te pasa? Soy tu madre, te prometo que sea lo que sea estoy aquí para escucharte, y para ayudarte.
Esther ve que, tras su madre, sus dos hermanas, Lidia y Valentina, han salido de sus habitaciones para ver lo que está pasando.
—¿Pero tú estás loca o qué? ¡No me pasa nada, he quedado para estudiar y tú vas a hacer que llegue tarde! ¡Eres insoportable! ¡Por eso te ha dejado papá!
—Esther, te voy a pedir que te tranquilices, no vas a ir ninguna parte hasta que hablemos —dice Ana poniendo las manos sobre los hombros de su hija, que las repele con violencia.
—Que me dejes en paz, joder, te he dicho que no me pasa nada. ¿Te apartas de en medio o te tengo que apartar yo?
Ana le mantiene la mirada a su hija. Sabe que en esos momentos es fundamental mostrar seguridad y firmeza, pero por dentro, toda ella tiembla.
—¿Estás sorda? ¡Que te he dicho que te apartes, joder!
Esther arremete contra su madre con violencia y la tira al suelo de un fuerte empujón. Ana, perpleja y paralizada por la violencia con la que su hija la está tratando, no hace nada por evitar que su hija pase por encima de ella.
Al salir de casa pone rumbo hacia el centro de interpretación que está junto a la gran montaña, el lugar donde todo está preparado para el gran día, para la gran marcha.
Unos cuantos minutos después cae en la cuenta de una cosa muy importante, algo que no sabe qué consecuencias podría tener.
Con las prisas por salir ha olvidado coger el Libro de las Instrucciones .
El Profeta fue muy claro con eso: nadie que haya recibido el Libro de las Instrucciones puede ni debe separarse de él.