CAPÍTULO 54
EL TEMPLO PROHIBIDO
A Ezequiel le es imposible saber la cantidad de tiempo que ha pasado escalando la cima imposible en busca de la casa más inhóspita del mundo. Solo sabe que inició la escalada con el sol calentando su espalda y que ahora ya es noche cerrada.
Sufriría más de estar más entero, pero sus terminaciones nerviosas ya hace rato que dejaron de funcionar.
Tiene las manos entumecidas, la piel de los dedos destrozada, y el rostro cubierto de grietas sangrantes a causa de las continuas ráfagas de gélido viento que, como espinados látigos, lo han estado azotando incesantemente.
Pero apenas siente nada de eso porque el devastador frío y el cansancio extremo ejercen una especie de contrapeso contra el dolor.
Así que podría decirse que en estos momentos está más cerca de un ser inerte que de uno que vive y que siente.
Cuando llega hasta el pequeño descanso donde un día alguien decidió construir esa extraña casa, está en un plano de consciencia tan bajo que le es imposible alegrarse o manifestar cualquier otro tipo de emoción.
Solo tiene fuerzas para dejarse caer y respirar un aire que, como finas cuchillas, lo va cortando por dentro.
La puerta de esa casa se abre y un pequeño haz de luz amarilla baña su cuerpo, coloreando su figura en medio del gris paisaje. La persona que lo ve ahí tirado no tiene dudas en salir hacia él y, arrastrándolo desde sus brazos, lo introduce con cuidado en el interior de la casa.
La vista de Ezequiel tarda bastante en aclararse, y cuando lo hace se da cuenta de que por un ojo lo no ve absolutamente nada.
La intensa radiación ultravioleta reflejada por la nieve y los múltiples latigazos de viento que ha estado recibiendo se lo han quemado por completo.
Observa con atención los movimientos del hombre que habita en esa casa, que poco a poco y sin decir ni una palabra ha ido cubriendo sus manos, sus pies y su frente con paños húmedos ligeramente templados.
Luego le ofrece una taza de una bebida también templada que desprende un fuerte olor a hierbas.
Cuando parece que ha terminado de asistir a Ezequiel, se sienta a su lado y lo vuelve a contemplar de arriba abajo.
Después, para su sorpresa, le habla en su propio idioma.
—¿Qué haces aquí?
Ezequiel tarda unos segundos en responder.
Vuelve a sorber de la taza y ahora es él quien contempla con detenimiento al hombre que tiene delante.
Observa que en el dorso de sus dos manos tiene tatuajes muy rudimentarios que no sabe lo que significan, parecen palabras escritas en el mismo idioma en el que está escrito su libro.
—Una señora me ha dirigido hasta esta casa.
—¿Por qué?
Ezequiel introduce su mano derecha en el interior de la chaqueta y saca el mapa de piel, está doblado en ocho partes, en su interior se encuentra el medallón.
Se lo tiende al hombre que tiene delante sin decir nada más.
El hombre coge el mapa y lo despliega con cuidado.
Observa el medallón. Luego mira a Ezequiel otra vez, que, volviendo a introducir la mano en su chaqueta, le tiende el libro que estaba cubierto con el mapa de piel.
El hombre lo coge y lo ojea con detenimiento. A continuación, lo deja sobre una mesa.
—¿Lo has leído?
—Lo he intentado, pero no entiendo el idioma en el que está escrito.
—Es sánscrito, una lengua muy antigua que prácticamente ya nadie habla. Pero sigue siendo única para describir ciertas cosas. ¿Sabes qué se describe en este libro?
Ezequiel, que está experimentando el único momento de serenidad y de paz mental desde que desapareció su hijo, niega con la cabeza.
—Habla sobre un viaje muy especial. Uno que muy poca gente ha hecho y en el que las cosas no siempre funcionan como se espera. También es un viaje en el que no se llega a ningún lugar, sino a una persona. Dime, ¿a quién estás buscando tú?
—A mi único hijo, necesito traerlo de vuelta como sea.
—¿Por qué?
—Porque él es mi vida, sin él nada tiene sentido para mí.
El hombre asiente y su mirada transmite que, a pesar de que no es la mejor respuesta que ha escuchado, la da por buena.
—Tienes que saber que no es seguro que puedas encontrarlo, y en el caso de que lo hagas, tampoco es seguro que puedas hacer que vuelva.
—Lo entiendo. Tú solo explícame cómo puedo llegar hasta él, de lo que pase luego, yo me hago cargo. ¿Cuándo podemos empezar?
—¿Por qué tienes prisa?
—Mi hijo se está muriendo, puede que no le quede demasiado tiempo. Si no es ahora, no será nunca.
El hombre endurece el rostro. Lo que va a pasar en el interior de esa vieja casa de piedra en las próximas horas no es una cuestión para ir con prisas.
Quiere asegurarse de que las personas que acceden, que lo intentan, entienden bien lo que va a pasar, porque no siempre es lo que esperan, y porque las consecuencias son las que son. Y no suelen ser buenas.
—En el libro que has traído se describe un proceso dividido en tres partes.
Como ya te he dicho antes, en el viaje del que se habla en el libro no se va a ningún lugar, sino a una persona.
Para encontrar a tu hijo tienes que ir hasta donde está él, y para eso tienes que estar como está él.
Esa es la primera parte del proceso, ¿entiendes eso?
Ezequiel responde afirmativamente.
—En la segunda parte del proceso tienes que encontrarlo, y para ello y de forma previa a la primera parte del proceso, tu único pensamiento debe ser él y nada más que él.
Tienes que eliminar de tu mente toda sensación, toda emoción, y quedarte solo con tu hijo.
Olvídate de todo, olvídate de ti, él tiene que ser lo único que exista en ti, es el único modo.
Para llegar hasta su corazón tienes que dejarte guiar por el tuyo.
No hay ni caminos ni direcciones para ir hasta donde vas a ir, el camino lo tienes que hacer tú, y la dirección es distinta para cada persona.
Me hubiese gustado leerte el libro, en él lo explica un poco mejor, pero tú mismo me has dicho que no tienes tiempo, así que tendrás que confiar en mí, en lo que te estoy contando, pero, sobre todo, tendrás que confiar en ti.
Ezequiel vuelve a inclinar su cuello hacia delante mientras trata de despojar de él los últimos pensamientos que lo atan a su mujer, a la vida que ha llevado, al padre que no estuvo y a la madre que no fue, a los cuatro chicos que empujaron a su hijo al interior de ese río y permitieron que estuviese tres días perdido, a él mismo y a todas las preocupaciones sobre su vida y la de su familia que todavía arrastra.
Como le acaba de decir el hombre que tiene delante, se deshace de todo aquello que no es su hijo, internamente se dice que, cuando todo empiece, estará listo.
—En la tercera parte del proceso tienes que convencerlo para que vuelva.
Es la parte más difícil de todas. En el estado en el que se encuentra tu hijo no es consciente de lo que le sucede, ni de lo que le está pasando, es como una especie de mecanismo de defensa.
Su alma no quiere aceptar la realidad, ni asumirla, se resiste a avanzar, tampoco la entiende, así que tendrás que ir con mucho cuidado para no asustarlo, de lo contrario podrías hacer que desapareciese aún más rápidamente.
Si llegas y se lo cuentas de golpe saldrá corriendo y el fino hilo del que pende se partirá, y ahí lo perderás.
Tienes que llegar hasta él poco a poco, y que sea él quien entienda lo que le pasa, lo que le está ocurriendo.
Que sea él quien inicie el camino de vuelta.
Como te he dicho, tienes que convencerlo, no puedes cogerlo de un brazo y llevártelo a rastras.
Tienes que llegar a su origen como ser partiendo del tuyo propio, a su parte más original partiendo de la tuya propia.
Solo cuando recuerde y entienda quién es, por qué está donde está y por qué tiene que volver, logrará encontrar la forma de hacerlo.
Ezequiel coge aire con fuerza y cierra un segundo los ojos tratando de ordenar su mente y todo lo que acaba de escuchar.
—Estoy listo, empecemos —dice Ezequiel sin titubear.
El hombre lo conduce hasta una habitación que hay en el fondo de esa humilde casa.
A continuación, enciende una pequeña lámpara de aceite y abre una pequeña trampilla que hay en el suelo.
Tras ella puede verse una vieja escalera de madera.
El hombre, lámpara en mano, empieza a descenderla poco a poco, Ezequiel lo sigue.
Cuando están los dos abajo, Ezequiel mira a su alrededor y ve que lo único que hay allí es piedra, roca viva.
La ondulante llama de la luz de la lámpara juega con los cantos perversamente afilados de las paredes para proyectar grotescas sombras que bailan constantemente.
Pueden verse manchas de tonos marrones y rojizos.
También el símbolo circular del dragón que tantas veces ha visto últimamente y palabras escritas en el mismo idioma en el que está escrito el libro que el hombre de pelo cano entregó a Ezequiel que, según el hombre que habita en esa casa, es el sánscrito.
Lo que no le ha contado el hombre es que, según cuenta la leyenda, el sánscrito es el idioma que hablaban los dioses.
Allí abajo hace frío, el ambiente es muy húmedo, y huele a descomposición de metales como el hierro, el azufre, el cobre.
—¿Estás preparado?
—Sí —responde Ezequiel sin dudar.
—Para iniciar el proceso, como ya te he explicado antes, tienes que encontrarte en el mismo estado que está tu hijo.
Para ello tienes que tomarte esto, y después esperar a que haga su efecto —El hombre le tiende a Ezequiel un pequeño frasco en cuyo interior hay una sustancia de un color blanquecino.
Ezequiel coge el pequeño frasco de cristal y, antes de quitarle el tapón de madera y bebérselo, cierra los ojos y, por lo que pueda pasar, se despide internamente de su mujer, de sus amigos y conocidos, de todas aquellas personas a cuantas ha conocido en este mundo, de su vida, de sus vivencias, de sus ilusiones y alegrías.
Después abre el frasco y se lo bebe de un trago. Está amargo, pero pasa rápido.
El hombre vuelve a guardarse el frasco. Se queda mirándolo durante unos segundos sin decir nada.
—He bajado contigo hasta aquí, hasta la puerta, a partir de ahora tienes que recorrer el resto del viaje tú solo, es así como funciona.
Primero empezarás a sentirte muy mareado, por eso te recomiendo que te tumbes en el suelo desde un principio.
Después te zumbarán los oídos, se te dormirán las manos y los pies, luego el resto del cuerpo.
Por último, dejarás de ver y de oír, tu corazón empezará a latir muy fuerte, más de lo que lo ha hecho nunca.
Perderás la conciencia, aunque más tarde volverás a recuperarla, pero en otro sitio y en otro estado, el mismo en el que está ahora tu hijo.
Y ahí es cuando tendrás que empezar a buscarlo y, si consigues encontrarlo, convencerlo poco a poco para que sea él quien vuelva.
Ezequiel traga saliva y siente cómo ya se está empezando a marear. Antes de que el hombre se marche, siente la necesidad de saber una última cosa.
—¿Puedo preguntar por algo?
—Sí.
—¿Qué significa el símbolo del dragón?
El hombre lo mira y toma algo de aire antes de responder.
—Los ciclos eternos. Cuando algo muere, algo nace. Es el círculo sin fin.
—¿Significa eso que, cuando morimos, volvemos a nacer?
El hombre lo mira de una forma imponente. Su frente se estrecha.
—Yo no he dicho eso. ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?
—¿Hay vida después de la muerte?
—Sí, aunque no necesariamente.
Ezequiel siente cómo el mareo está empezando a zarandear su posición.
Ya tiene su respuesta. Siempre ha querido pensar que había algo más, en cierta manera, eso formaba parte de ese optimismo interno y secreto que lo empujaban a continuar.
Pensar en la eternidad le arranca una última sonrisa antes de perder el control de los músculos de su cara.
Después se despide del hombre que tiene delante.
No le dedica ni medio segundo al matiz de «no necesariamente», solo se centra en ese «sí» que lo llena de una extraña paz.
—Estarás aquí abajo durante cuatro días, después abriré la puerta y bajaré a buscarte. Que tengas un buen viaje, Ezequiel, hasta pronto.
Tras esas palabras, el hombre vuelve a subir la estrecha escalera, llevándose con él la lámpara de aceite y dejando a Ezequiel en la más completa oscuridad, en la más lúgubre soledad.
Cierra la trampilla con fuerza y se pregunta si esta vez será diferente, si cuando descienda otra vez allí abajo, la persona con la que se encuentre estará viva, y no muerta.
En menos de un minuto, empieza a escuchar, de forma muy lejana y atenuada, los primeros gritos desesperados de la persona que se encuentra unos cuantos metros bajo sus pies. Luego empieza a rezar por él. Los próximos cuatro días se le van a hacer muy largos.