La Norma Número Diez CAPÍTULO 53
54%

CAPÍTULO 53

EN TIERRA YERMA NO CRECE LA YERBA

Presente

El viaje hasta los silos abandonados que hay cerca del embalse de contreras, en las inmediaciones de Villagordo del Cabriel, es tenso como una operación a corazón abierto.

Santiago es de los que prefiere observar antes de hablar, y observa que su jefe, sentado en el asiento de copiloto, apenas ha dicho nada en todo el trayecto, algo impropio en él.

Intuye que hay algo, aparte del caso que están investigando y de lo que le podría estar pasando a Berta, que le preocupa mucho.

Pero antes de preguntárselo directamente, prefiere acercarse a él más lentamente.

—¿Te habías encontrado con algo parecido alguna vez? Me refiero a un caso de semejante calibre —dice Santiago para atraer la atención de Rai.

—Ni remotamente.

—Yo tampoco. Y eso que en mis años en el departamento de seguridad presidencial tuvimos algunos casos realmente espeluznantes, pero ninguno llegó a tener una planificación como la de esta persona. ¿Y alguna idea de por qué está haciendo todo esto precisamente ahora?

—¿A qué te refieres con ahora?

—A que tal vez no estaría de más seguir investigando si ha pasado algo en los últimos meses que podría haber desatado todo esto. Encontrar el desencadenante podría ser crucial.

—Por supuesto que deben haber pasado cosas, Santiago, por Dios, y por supuesto que sería maravilloso encontrar el desencadenante, pero no lo hemos hecho porque tenemos otras malditas cosas en las que emplear nuestro tiempo —dice Rai elevando la voz de una forma desproporcionada teniendo en cuenta la pregunta que le han hecho, algo que no hace más que aumentar las alarmas internas de Santiago, quien no ha dejado de sugerir desde un principio que se debería investigar más el pasado de su propio jefe.

—En realidad me refería a algo relacionado contigo y con algo que haya podido tener lugar en tu pasado, jefe, permítame que insista, pero esa fijación en tu persona no puede ser casual.

Rai mira a Santiago con dureza antes de responder.

Apenas faltan unos minutos para llegar, y no sabe si empezar esa conversación ahora es lo mejor que les puede pasar.

A lo lejos, ven emerger entre dos montañas la formación de los cuatro silos que estaban buscando, levantados a un par de metros del suelo sobre unas enormes patas de acero, bajo cada uno de ellos, alguien ha encendido una hoguera.

—Acelera, es allí —dice Rai apuntando el horizonte con su dedo índice.

Los cuatro silos están conectados entre ellos por una serie de grandes tuberías, tanto por su parte superior, como lateralmente.

A pocos metros de dichos silos hay una gran nave industrial que parece abandonada y dos grandes torres depósito que, a su vez, también están conectadas a los cuatro silos.

Durante los escasos minutos que tardan en llegar, y sin esperar a ver con qué se van a encontrar, Rai aprovecha para llamar a Martina y a Leonardo y decirles que lo han encontrado, que es el lugar que estaban buscando, que acudan inmediatamente hasta los campos de trigo abandonados que hay en las proximidades del embalse de contreras.

Después llama a emergencias para pedir que acudan todas las ambulancias que tengan disponibles, a los bomberos, a las patrullas policiales que haya cerca, a todo aquel que pueda ayudar para lo que se están a punto de encontrar.

Aparcan a unos cuantos metros de los silos y los dos bajan del coche con nerviosismo.

Ante ellos hay cuatro grandes silos que, como si de cuatro gigantescas ollas de cocina se trataran, han sido llenadas de agua y están siendo llevadas a su punto máximo de ebullición.

Los desgarradores gritos que salen de su interior, sumado al gran calor que desprenden las cuatro hogueras, hace que tanto Santiago como Rai se sientan momentáneamente impotentes ante semejante escenario.

Lo primero que hacen es intentar localizar en qué silo se encuentra encerrada Berta exactamente.

Teóricamente está en el tercero, pero prefieren asegurarse.

—¡Berta! ¿Estás ahí? ¡Aguanta un momento, enseguida te sacamos! —grita Rai acercándose todo lo posible al tercer silo, pero sus palabras apenas se elevan un poco sobre el ronco crepitar de las llamas.

En el tercer silo nadie responde, en cambio sí lo hacen en los otros tres silos.

En su interior hay personas que empiezan a gritar con desesperación, gritan que las ayuden, que las saquen de allí cuanto antes.

Es imposible saber cuánta gente hay dentro, pero por el potente y heterogéneo coro de voces, podría haber un total entre quince y veinte personas.

—¡Tranquilos! ¡Somos policías! ¡Os vamos a sacar enseguida! —dice Rai tratando de aumentar más el volumen de su voz para que puedan oírlo, pero para eso hace falta coger bastante aire, y sus pulmones llegan hasta donde llegan.

Santiago y Rai se coordinan para rodear los silos siguiendo cada uno una dirección.

Buscan alguna forma rápida de abrirlos, o si, por un casual, en los alrededores hay alguna especie de manguera para poder apagar las hogueras.

Pero a su alrededor lo máximo que pueden conseguir para sofocar el fuego es la tierra yerma de los campos de trigo que un día dieron abundantes cosechas y que hoy tan solo son grande extensiones de tierra muerta.

En un pequeño momento de lucidez, Rai recuerda para lo que está allí, recuerda a qué ha sido invitado: a tener templanza.

Internamente aparta de su mente el temor a lo que puedan estar sufriendo las personas que hay encerradas ahí dentro y se centra completamente en la razón.

Si no logra templar sus nervios y sus emociones, no logrará salvar a nadie de los que hay ahí dentro, empezando por su compañera Berta.

—¡Aquí! —grita Santiago señalando una de las patas del primer silo.

Rai se acerca hasta donde está Santiago y ve lo que ha descubierto el subinspector.

Sobre una de las patas de la estructura en la que se asienta el silo, hay una palanca de acero que parece terminar en un lateral donde se aprecia el perímetro de una pequeña compuerta de aproximadamente unos cincuenta centímetros de alto por cuarenta de ancho, suficiente para que por ahí puedan salir las personas que se están cociendo dentro.

Cuando observan los otros tres silos, ven que todos ellos disponen de dicha palanca.

—¡Hay que tirar de las palancas! —grita Santiago a la espera de que Rai, que permanece en silencio observando todo el conjunto, diga algo.

Santiago se quita la cazadora y el suéter, quedándose tan solo con una camiseta interior blanca.

Se coloca la chaqueta sobre uno de sus brazos y el suéter sobre el otro.

Para llegar hasta las palancas hay que trepar por las patas de acero del silo, que se encuentran a pocos centímetros del fuego. Es más que probable que estén ardiendo.

Rai hace lo mismo que su compañero, pero a menor ritmo. Todavía sigue dándole vueltas a que hay algo que no le encaja.

Santiago vuelve a gritar el nombre de su compañera, de quien todavía no han obtenido respuesta. En esta ocasión sí se escuchan unos pequeños golpes desde el interior del tercer silo.

—¡Es ella! —grita Santiago con el rostro iluminado por la esperanza, que sin dudarlo ni un segundo, se aproxima hasta la estructura de acero sobre la que se asienta el silo y empieza a trepar por una de sus patas.

Rai sigue tratando de ver lo que no encaja, de encontrar esa templanza que le haga resolver ese reto de la mejor forma posible.

Sus ojos recorren los silos de arriba abajo, las tuberías que los unen, las torres depósito.

Los gritos son cada vez más intensos y desgarradores.

Y justo cuando Santiago está a punto de tirar de la palanca del tercer silo, es cuando Rai lo ve claro.

Esa palanca, además de la compuerta que abre, está conectada a unos tensores de acero que, a su vez, están conectados al resto de palancas y compuertas.

En cuanto Santiago tire de la palanca del silo número tres, lo más probable es que eso haga que los tensores bloqueen el resto de palancas y sea imposible abrirlas.

Y he aquí la virtud de la templanza, por un lado, puede salvar a su compañera de trabajo, la inspectora Berta Díaz, con quien lleva un año trabajando codo con codo y a quien él mismo envió a la papelera de San Jorge, lugar donde la secuestraron, y por otro lado está el resto de personas que se encuentra en el interior del resto de silos, cuyas vidas dependen directamente de la decisión que está a punto de tomar.

—¡No tires de la palanca, Santiago!

Santiago, cuya mano derecha termina de cerrarse sobre el mango de esa palanca, se gira y mira a su jefe lleno de contrariedad.

—¿Cómo?

—¡Que no tires de la palanca! ¡Si abres esa compuerta, no podremos abrir el resto!

Santiago no entiende nada, solo que su compañera está a punto de morir.

Sus ojos tratan de ver lo mismo que ha visto Rai unos pocos segundos antes.

En ese momento él no ve nada de lo que ha visto su jefe.

Se desespera. Su mano derecha vuelve a cerrarse sobre la palanca, va a tirar de ella con todas sus fuerzas.

—¡No la abras, Santiago!

—¿Pero, por qué?

—¡Ya te lo he dicho! ¡Esa palanca está conectada al resto, si la abres las bloquearás y no podremos abrirlas! ¡Hay que abrir las otras primero, o de lo contrario morirá toda la gente que se encuentra en el resto de los silos!

Santiago se queda pensando durante unos segundos en lo que su jefe, sin decirlo claramente, ha dicho: «para que el resto de personas viva, Berta tiene que morir».

Es como una especie de sacrificio que tienen que asumir si quieren salvar a las personas que hay dentro de los otros silos, que son un número mucho mayor.

El subinspector Bermejo siempre ha sido bueno respetando las jerarquías, sabe lo que le corresponde a cada uno de los elementos de un sistema jerárquico.

No termina de entender la decisión de Rai, pero entiende que tiene que acatarla porque está por encima de él.

Baja del silo con cuidado y, tras coger aire con profundidad, ve cómo, por primera vez desde que lo conoce, a su jefe se le empaña la mirada.

Con un nudo en la garganta, y la incertidumbre de no saber si estará haciendo lo correcto, si no estará condenando a muerte a su compañera sin un motivo de peso, Rai se encarama hacia el primer silo y, a pesar de las quemaduras que rápidamente recorren sus brazos y manos, tira de la palanca con mucho esfuerzo a la espera de que la compuerta se abra.

Para su sorpresa y para confirmación de lo que había observado, no solo se abre dicha compuerta, también lo hace la compuerta del silo dos y cuatro.

Todas menos la del tercero, donde se encuentra Berta.

El agua que empieza a caer de los silos se encarga de ir apagando las hogueras que hay bajo ellos.

Santiago se dirige de nuevo al silo número tres y tira de dicha palanca con fuerza, pero tal y como avanzó Rai, ahora está bloqueada.

Hasta que no se terminen de vaciar el resto de silos, lo más probable es que no puedan abrirla.

Los silos todavía tardarán bastante rato en vaciarse lo suficiente como para que las personas que hay en su interior puedan salir.

Cuando eso pase, los bomberos, los equipos de emergencias, las patrullas de refuerzo y también Leonardo y Martina, ya habrán llegado.

En los tres silos había un total de dieciocho personas, pero solo catorce de ellas siguen con vida, las otras cuatro, están muertas.

Cuando los bomberos consigan vaciar el tercer silo y lo puedan abrir verán que, al contrario que en los otros silos, solo había una persona en su interior, esa persona es la inspectora Berta Diaz, y está muerta.

Todavía pasarán un par de horas hasta que, entre los restos de la hoguera que había bajo el silo en el que estaba Berta, enterrada a unos pocos centímetros del suelo, encuentren una pequeña caja negra de acero inoxidable en cuyo interior verán la cuarta y última carta: la Prudencia.