CAPÍTULO 52
EL TÍBET
La quinta norma dice que es imprescindible que todos los miembros se formen en adquirir las cuatro virtudes. Cuando lo logren, podrán lucir las túnicas blancas, entretanto deberán llevar las negras.
Ezequiel ha tardado unos cuatro días en llegar al Tíbet.
Ya no le queda dinero, está más cansado de lo que lo ha estado en su vida, con los pies llenos de llagas y el cuerpo cubierto de cardenales.
Pero sin duda alguna, lo que peor está llevando es la incertidumbre de no saber cómo estará su hijo, de no saber si lo que está haciendo tiene algún sentido y no es tan solo un intento desesperado y delirante de alguien incapaz de asumir la realidad.
Si llegar a Lhasa, la capital del Tíbet, ha sido complicado, acceder hasta la región de Dongji, que es el lugar donde se supone que está el punto al que debe dirigirse, ha sido una auténtica odisea.
Mapa en mano, y sin conocer el idioma del país, todavía tarda bastantes horas en encontrar la colaboración necesaria para llegar hasta el lugar concreto de Dongji que está buscando, un lugar rodeado de las montañas más altas de la Tierra.
Es una mujer muy mayor, con la cara repleta de profundas arrugas y el pelo gris oscuro, cuando ve el mapa de piel que le muestra Ezequiel, se queda unos segundos mirándolo.
A continuación, dirige su mirada hacia un punto de las montañas que hay frente a ellos y lo señala con el dedo índice de su mano derecha.
Ezequiel entrecierra los párpados para poder agudizar un poco más la vista, a lo lejos localiza una pequeña casa de piedra en lo alto de una montaña que, de tan alta y empinada, parece de otro mundo.
Es como un puñal apuntando al corazón del cielo.
A Ezequiel le tiemblan las piernas solo de verla.
La señala con el dedo y luego mira a la mujer, esperando que le confirme que no se ha equivocado de lugar.
La mujer asiente con solemnidad y le hace un gesto con las manos para que se agache, a continuación, pone una rodilla en el suelo para que su cabeza quede a la altura del pecho de la mujer.
Ella lo mira con mucha seriedad, con una profundidad que traspasa todo su ser.
Pone el dedo pulgar de su mano derecha sobre la frente de Ezequiel, luego realiza unos trazos que a él le son imposibles de identificar.
A su modo de ver, le está dando una especie de bendición.
Dice unas cuantas palabras que tampoco entiende y, para terminar, le da un áspero beso en lo alto de la cabeza.
Cuando Ezequiel percibe que la mujer ha terminado con ese extraño rito, le da las gracias por todo y, con un nudo en la garganta, se da media vuelta para poner rumbo al fin de trayecto. Cuando tan solo ha dado cuatro pasos, la mujer le dice, para su sorpresa, algo en un su propio idioma:
—No mires nunca hacia atrás, ni hacia abajo. Si lo haces, te caerás. Como es arriba, es abajo, créeme. Así que solo mira hacia delante y hacia arriba. Y no pares hasta llegar.
Ezequiel se queda mirándola durante un instante más.
No termina de entender por qué hasta ese momento la mujer no le había dicho que entendía su idioma.
Pero tampoco cree que tenga mucho sentido razonar sobre ese hecho ahora.
Imagina que en un lugar en el que la naturaleza es quien gobierna todo cuanto hay en ella, los seres humanos y sus palabras carecen de mucha importancia.
«Como es arriba, es abajo», las enigmáticas palabras de la anciana retumban en su interior con asombrosa resonancia.
En cuanto se encarama —totalmente desprendido del miedo— hacia esa última cima, y ve que solo dar el primer paso hacia arriba le es tremendamente complicado, es consciente de que, si por alguna de aquellas consigue llegar hasta el final, lo que tiene muy claro es que no habrá forma humana de bajar.