La Norma Número Diez CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

NUNCA ME ABANDONES

Presente

Ana y Esther

Ana llevaba varios meses planteándose muy seriamente separarse de Rai, pero en su cabeza no entraba que las cosas se desencadenaran de la forma en la que lo han hecho.

Ella pensaba más bien en algo más progresivo y paulatino, tal vez darse un tiempo para pensar, dormir en habitaciones separadas, ir hablándolo poco a poco, pero en absoluto pensó en un corte radical.

Lamenta que su marido haya volcado todas sus energías en su carrera profesional, en alimentar un ego que, ella lo sabe muy bien como psicóloga, a más le das de comer, más grande se hace y más necesita seguir comiendo.

Es como una bestia que nunca para de crecer y que, si le das rienda suelta, no tendrá problemas en arrasar con todo aquello que encuentre a su paso.

Familia, amigos, principios, creencias, todo.

Alimentar el ego conlleva, irremediablemente, dejar de pensar en los demás.

Pero no toda la culpa es de su marido, ella también se siente culpable por no haber sabido impedir eso, aun habiéndolo visto venir de lejos.

Y también porque, en lo personal, no ha logrado convertirse en la mujer que soñaba con llegar a ser cuando era una niña, de hecho, ni se le parece.

Es como si en alguna parte del camino hubiese tomado un desvío equivocado y se hubiese acabado perdiendo en un laberinto del que no es capaz de salir.

De igual forma que le ha pasado a su marido con el ego, a ella le ha pasado con la inseguridad y el miedo, con el paso de los años, a más les ha estado dando de comer, más grandes se han hecho, como dos temibles monstruos que se han ido agigantando y la han devorado poco a poco por dentro.

Arrinconándola hasta el lugar más tenebroso de su alma y destruyendo entre otras cosas sus ilusiones, sus sueños o sus deseos.

Ese par de monstruos necesitan cada vez más espacio, no quieren nada a su lado, y la convierten en alguien incapaz para casi todo, empezando por todo lo que sí hacía su marido, como cuidar de sus hijas, aunque muchas veces de forma exagerada, o tener siempre una solución para todo, aunque no siempre fuese la correcta.

Así que, aunque le duela, que Rai no esté, le aterra.

Son casi las cinco de la mañana y Esther aun no ha llegado a casa.

Se pregunta otra vez qué ha hecho mal. Si en lugar de volcar esfuerzos en crear un marco de confianza, debería haber sido más autoritaria, como su marido.

Se pregunta una y otra vez qué es lo que falla, qué es lo que a su hija le hace falta para poder dárselo, pero no encuentra nada nuevo que no haya intentado darle ya.

En esos momentos llamaría a todas sus amigas, o a sus padres y madres para preguntarles por su hija, pero no tiene el número de ninguna de esas personas, precisamente porque no quiso agobiar a Esther preguntándole una y otra vez por sus nuevas amigas y amigos en Valencia.

Se dice y se repite continuamente que ha fracasado como mujer, como madre y como psicóloga. Se flagela tanto como puede.

Aproximadamente a las seis de la madrugada, y cuando Ana está a punto de desfallecer, se escucha cómo abren la puerta de casa. Es Esther, y tiene un aspecto horrible. Con la piel de la cara muy pálida, parece un fantasma.

Ana sale al encuentro de su hija y le da un abrazo con todas sus fuerzas. La aprieta contra su pecho, tratando de unirse a ella, de pegarse a ella. Pero la siente muy lejos de allí.

—¿Dónde has estado, Esther? ¿Te encuentras bien? Haces mala cara.

Esther coge aire y arquea las cejas antes de dar una respuesta. En su brazo derecho sostiene un libro que tiene las cubiertas de color crema y un acabado en cartoné barato.

—Estoy un poco cansada, si no te importa me voy a dormir un rato. Ya hablamos mañana —Esther trata de marcharse a su cuarto, pero su madre, en esta ocasión, no se lo va a poner tan fácil como otras veces.

—Esther, soy tu madre, y te pido que me digas dónde has estado y con quién, haces muy mala cara —Ana se sorprende a sí misma intentando hablar como lo haría su marido.

—¿Qué? ¿Es que ahora me controlas como papá? ¿Vivimos en un sistema autoritario y yo no me he enterado? ¿Cada vez que salgo de casa tengo que decir con quién voy y dónde estoy?

—A partir de ahora, sí, vivimos cinco personas en esta casa, y por si no lo sabías hay unas normas de convivencia que todos debemos cumplir.

—¿Cinco personas? Creía que ahora éramos solo cuatro.

Ana se queda pensando durante un momento. Siente cómo un maremoto interno está zarandeando todo su interior, empezando por sus cimientos.

—Que tu padre y yo hayamos discutido no significa que no siga siendo tu padre, y mi marido, como tampoco significa que aquí haya unas normas que cumplir.

—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles?

—Como decir dónde vamos o dónde estamos, quiénes son nuestras amistades, avisar si vamos a llegar tarde a cenar, a comer, a dormir, esas cosas que hace la gente normal.

—Qué fuerte me parece, que me vengas con esto justo ahora.

Y que insinúes que yo no soy normal. Sabía que en el fondo no eras más que una mentirosa y una débil que lo único que ha hecho toda su vida es quejarse.

Mucho hablar, pero al final nada. Eres como todas las demás, una amargada.

No me extraña que papá se haya ido con otra.

Ese par de monstruos llamados inseguridad y miedo, se levantan de sus asientos y hacen algo que jamás habían hecho, toman el control de su cuerpo.

Sin pretenderlo, ni mucho menos desearlo, Ana le da a Esther un fuerte bofetón en la cara.

Ella misma se sorprende tanto como su hija, que rompe a llorar con fuerza y sale corriendo hacia su cuarto.

Lo que debería haber sido un acercamiento, ha terminado siendo un alejamiento aún mayor.

Las tres mujeres que habitan en el interior de Ana, la madre, la esposa, y la psicóloga, están en estos momentos completamente derrotadas y se hunden lentamente en las negras aguas de la desolación mientras piensa de nuevo en Rai.

En aquello que le pidió una vez: «Nunca me abandones».

Él le respondió que nunca, bajo ningún concepto y situación, la dejaría caer.

Cuando Esther entra en su cuarto, abraza con todas sus fuerzas el Libro de las Instrucciones , el libro donde están todas las respuestas, a continuación, empieza a leerlo con avidez.

Solo falta un día para librarse de una vez por todas de todo eso que lleva amargándole la vida desde que tiene uso de razón.

El viaje está a punto de empezar. Y no habrá marcha atrás.