CAPÍTULO 49
LAS DEUDAS PENDIENTES
Berta Díaz
Un día para el Solsticio de Invierno
Es inútil seguir haciendo cálculos por saber cuánto tiempo falta para que el silo se llene por completo, porque con sus manos ya puede tocar el techo.
Tan solo falta poco más de medio metro para que todo cuanto la rodee sea agua, pero eso no es lo peor, lo peor es que tanto las paredes del silo como el agua que hay en su interior, los nota cada vez más calientes.
La humedad allí dentro es altísima y el oxígeno prácticamente inexistente.
A eso se le suma el preocupante aumento de la temperatura, algo insólito estando en invierno.
Ha golpeado una y mil veces las paredes y el techo, igual que lo han hecho las otras personas que se encuentran encerradas en los silos adyacentes, quienes además se han destrozado las gargantas de tanto gritar.
Pero todo ha sido en vano. En ningún momento han estado ni cerca de poder salir de allí por sus propios medios.
A Berta la está invadiendo el impulso de rendirse, algo que no le había pasado nunca, y eso que a lo largo de su vida se ha sobrepuesto a múltiples situaciones en las que podría haber perdido la vida. Tiene todo el cuerpo reblandecido, hinchado y entumecido de darse golpes contra las paredes.
Por primera vez en la vida siente verdadera desesperación.
Y no precisamente porque su cuerpo le está empezando a fallar, sino porque en las últimas horas, cuando ha empezado a ser consciente de que las posibilidades de salir eran cada vez más insignificantes, ha empezado a recordar todo aquello que se dijo que un día haría y que todavía no ha hecho.
Ha intentado librarse de todos esos pensamientos, pero su cerebro se ha confabulado para torturarla recordándole todas las deudas que tiene pendientes.
Esas que ha postergado una y mil veces para poder seguir avanzando por su propio camino personal.
Ya no llevará a sus padres a visitar las antiguas ruinas egipcias, como tantas veces les prometió y que con tanta ilusión llegaron a planificar.
Ya no llevará a sus sobrinas al cine, ni se irán después a tomar un helado triple para terminar durmiendo juntas en una fiesta de pijamas.
Ya no volverá a ilusionarse con formar una familia, con llegar a casa y comprobar que alguien la espera.
Se pregunta si alguien la echará de menos cuando no esté.
Qué sentido habrá tenido todo cuando la película termine para ella.
Piensa en su equipo. Piensa en la persona que la ha encerrado allí.
Piensa en qué sentido tiene todo. Y de nuevo, se desespera, vocifera, grita con todas sus fuerzas mientras suplica, por primera vez en su vida, por una segunda oportunidad para vivir su propia vida.
Sin ser consciente de lo que le ocurre, las fuerzas empiezan a abandonarla de verdad y su cuerpo se hunde hacia abajo.
Sus piernas y sus brazos los siente como si estuviesen atados a grandes sacos de piedra.
Es así como da el primer gran trago de agua.
Lucha por salir de nuevo hacia la superficie.
Saca la cabeza y tose para vaciar sus pulmones, pero apenas lo consigue porque sus pulmones tampoco responden como deberían.
Se vuelve a hundir y vuelve a tragar agua.
El proceso de llenado, el de su propio cuerpo, ha comenzado.