CAPÍTULO 48
SEGUNDA SESIÓN DE LOS INTERROGATORIOS
Seis días después del Solsticio de Invierno
Antes de que hagan pasar a la segunda persona de la sesión de los interrogatorios, la inspectora Elísabet Bru se toma unos segundos para centrar su mente.
Ya ha pasado casi una semana desde que aceptó participar en ese caso, pero todavía no alcanza a comprender bien lo que ha ocurrido ni por qué. Lo que es evidente que es la sociedad está mal, mucho peor de lo que pensaba, y que necesita ayuda urgentemente.
Alguien llama a la puerta de la sala de interrogatorios número cuatro, a continuación, uno de los policías que está de guardia esa noche se asoma dejando ver solo su cabeza.
Es joven y apuesto, de rasgos clásicos y mirada intensa.
Elísabet juega a imaginar cómo será de aquí diez años, luego de aquí veinte, luego cuando le diagnostiquen tres hernias cervicales, nódulos de artrosis en las manos y un colesterol de doscientos cincuenta en las venas.
Últimamente se divierte jugando mentalmente a eso, a imaginar cómo será la vida de las personas cuando el tiempo y la enfermedad los alcance.
Es un juego un poco perverso, pero lo hace inconscientemente.
Desde que cogió la excedencia, su mente, siempre tan inquieta y con esa hambre voraz por pensar y pensar, se ha ido buscando la vida para evitar centrarse exclusivamente en el momento preciso en el que está, y eso es algo que detesta.
—Inspectora Bru, el subinspector Santiago Bermejo ya está aquí.
Elísabet sonríe con ternura al joven policía.
—Dile que entre, por favor. Muchas gracias.
—De nada, inspectora Bru.
La puerta por la que se ha asomado el joven se cierra y tarda unos pocos segundos en volverse a abrir. El subinspector Santiago Bermejo entra y se sienta en la única silla que, aparte de la que ocupa Elísabet, hay en la sala. Cruza sus fornidos brazos a la altura del pecho.
—Buenas noches, subinspector Bermejo, muchas gracias por venir. ¿Qué tal se encuentra hoy?
Santiago descruza los brazos y encoge un poco los hombros.
—¿Qué tipo de pregunta es esa? ¿Cómo cree que me encuentro?
—No lo sé, por eso se le pregunto. Me gustaría saber qué siente, cómo se siente.
Santiago vuelve a negar resoplando con la cabeza.
—¿En serio me está preguntando cómo me siento? ¿Es que acaso es usted psicóloga?
—Sí, soy psicóloga.
Santiago alza la mirada y vuelve a mirar a la persona que tiene delante. No sabe de qué va ni quién es exactamente, pero rápidamente intuye que no está allí para pasar el rato, sino para hacer bien su trabajo.
El subinspector coge aire antes de empezar a hablar sobre sus sentimientos, y él mismo se sorprende al percibir que el solo hecho de pensar en ellos, algo a lo que todavía no le ha dedicado ni un segundo de tiempo, hace que se encuentre al borde de un océano de llanto.
—Pues Mal. Me encuentro mal. ¿Cómo quiere que me encuentre?
—Imagino que no debe estar siendo fácil, por supuesto que no. ¿Qué más siente en estos momentos, aparte de sentirse mal?
Santiago vuelve a pensar en esos sentimientos que vienen acompañados de llanto. Los mira de reojo como queriendo esquivar el poder con el que se quieren abrazar a él.
—Rabia. Tristeza. Impotencia. Todas esas cosas que la gente siente cuando presencia una tragedia.
Santiago termina de hablar haciendo un esfuerzo titánico por no romper a llorar.
—Al contrario de lo que piensa, no es malo dejar que su cuerpo sienta el dolor, eso implicaría también dejar de hacer fuerza por aguantar el dique que ha levantado a su alrededor.
Santiago la mira con cierta sorpresa.
—¿Qué dique? ¿De qué dique habla?
—Del que no le deja que explote el llanto que lleva conteniendo desde que ha entrado, subinspector Bermejo.
Santiago alza la mirada, va a decir algo, pero finalmente se calla porque, efectivamente, ese algo trae consigo el primer acceso de llanto. Algo a lo que, sin ser consciente, le tiene pánico.
—No tiene nada de malo llorar, Santiago, de hecho, le puedo asegurar que es lo que más le recomiendo en estos momentos. Usted tiene una herida que hasta que no la cierre, no va a dejar de sangrar. Y llorar, aunque mucha gente no se haya parado a pensarlo, es algo que sana.
Santiago vuelve a levantar la cabeza y, esta vez sí, deja que sus ojos se cubran de lágrimas. Apunta a la inspectora con un dedo mientras siente cómo el dique del que le ha hablado ella acaba de derrumbarse por completo.
—Usted… ¿qué quiere exactamente? ¿Eh? ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Es esto? ¿Humillarme? —dice Santiago en medio de un llanto que, de forma tan infructuosa como desesperada, continúa tratando de contener.
—Nada de eso, subinspector Bermejo. Quiero ayudarle. Y quiero saber lo que ha pasado, entender por qué ha pasado, y si puede ser, intentar hacer algo por arreglarlo.
—Pues le adelanto que esto no tiene arreglo.
Que todo está hecho un asco. ¿Quería verme llorar?
Pues ya puede estar contenta, lo ha conseguido —dice Santiago en medio de un llanto que, poco a poco, va cogiendo fuerza, como una de esas tormentas que empiezan despacio y avanzan con inusitada violencia.
Elísabet no dice nada durante los siguientes cinco minutos. Solo permite que el subinspector que tiene delante descargue un poco la pesada carga que lleva dentro. Cuando ve que se ha tranquilizado lo suficiente como para continuar hablando con relativa calma, reanuda el interrogatorio.
—Hábleme de Raimundo Viel, por favor.
Santiago seca un poco sus ojos con la manga de su camisa. Después resopla.
—¿Qué quiere saber de él que no deba saber ya?
—¿Cómo lo definiría?
—Un psicópata mentiroso.
—Vaya, por lo que veo no le tiene mucho aprecio.
—¿Aprecio? Si hay alguien a quien culpar de todo esto es a él. Nada de esto hubiese pasado de no haber sido por lo que él hizo, por lo que él ha hecho. Es el principal responsable de todo lo que ha pasado.
—Permítame que sea que yo quien determine eso. No todo es tan sencillo como parece.
—No, por supuesto que no. En eso coincido con usted. Pero hay cosas que se caen por su propio peso.
—¿Como cuál?
—No sabría por dónde empezar.
—Empiece por la primera que le venga a la cabeza.
Santiago niega mientras vuelve a secarse las lágrimas.
—Ya se lo he dicho, han muerto muchas personas por su culpa.
—Sea más concreto, por favor.
—Mintió desde un principio acerca de quién era él. De quién era la persona a la que estábamos buscando.
—¿Cree que él sabía quién era esa persona desde un principio?
—No me cabe la menor duda.
—¿Cree que es eso lógico?
—¿Lógico? ¿Como que lógico?
—Sí, que si cree eso es lógico. Que si cree que tiene sentido. A mi modo de ver, él no ganaba nada con todo esto, solo era una víctima más en quien, además, recaía una gran responsabilidad y una gran carga.
Santiago niega antes de hablar.
—No estoy de acuerdo con eso. Por supuesto que ganaba. Ganaba salvar su culo, mantener a salvo su secreto, su farsa, todo lo que hizo. ¿Le parece poco?
Elísabet repasa con la mirada algunas de las hojas del expediente que tiene sobre la mesa.
—A mi modo de ver, en sus años como policía, siempre tuvo una actitud intachable, resolvió multitud de casos y gracias a él se encerraron a muchas personas cuyo propósito en la vida era hacer daño a los demás.
Creo que, puestos a juzgar la vida y el pasado de alguien, habría que verlo en su totalidad, y no solo aquello que nos convenga para que nuestro juicio sea el que deseamos que sea.
Santiago, antes de volver a negar, se queda mirando al infinito. Una parte de él le dice que tal vez la inspectora Bru tenga razón, su deseo es que su juicio no cambie, que sea el que él ya ha determinado que es.
—Ocultó pruebas de peso durante el transcurso de la investigación, puso la vida de muchas personas en juego, y a mi modo de ver, sacrificó la de algunas otras.
—¿Sacrificó, dice? ¿Cree que tenía otra opción?
—Siempre hay otra opción.
Elísabet pasa algunas páginas del expediente que tiene sobre la mesa.
Sin hacerlo a propósito, pero no haciendo nada por evitarlo, deja que su mente se disperse otra vez y viaje al futuro, imagina al hombre que tiene delante de aquí a veinte años, cuando haya cumplido los sesenta.
Lo ve viviendo solo. Tal vez en una cabaña en el bosque.
Con la mirada recia y la barba larga. Bañándose en el río y alimentándose de lo que da la tierra.
Evitando a toda costa el contacto humano por una sola razón: que no le hagan más daño.
—Dejemos al inspector jefe por el momento. Hábleme de Martina Vega, la psicóloga de la unidad.
Santiago asiente con sarcasmo.
—Es colega suya, seguro que la conoce mejor que yo.
—No, qué va, no la conozco. Aunque por lo que he leído es una persona muy brillante.
—Y también otra mentirosa.
—¿Por qué dice eso?
—Ella lo sabía todo desde un principio, y lo protegió porque estaba perdidamente enamorada de él.
—¿Sí? ¿Eso se lo contó ella? ¿O son suposiciones suyas?
—Esas cosas se saben y se intuyen, no olvide que soy policía desde hace casi quince años.
—Ha dicho que lo protegió desde un principio, ¿qué ganaba ella haciendo eso?
—Ya se lo he dicho, estaba enamorada de él.
—¿Tanto como para ser cómplice de los delitos que usted le imputa al inspector jefe?
Santiago vuelve a sonreír con sarcasmo y, en esta ocasión, piensa en él. En todo lo que lleva haciendo e intentando hacer a lo largo de su vida para impresionar a una mujer de la que lleva enamorado desde los quince años y a la que jamás se ha atrevido a decirle nada.
—Por supuesto, cuando alguien está enamorado de verdad es capaz de cualquier cosa.
Elísabet asiente mientras sus ojos recorren su mesa de un lado a otro. Son tantas cosas sobre las que quisiera hablar y tan limitado el tiempo de atención plena que es capaz de extraer de cada sesión, que siente cierta zozobra por no poder abarcar un poco más.
—Cambiemos de tema, subinspector Bermejo, quisiera hacerle una pregunta de otra índole, no está obligado a responder si no quiere.
—Adelante, pregunte.
—¿Qué piensa de las creencias de las personas que formaban parte del Movimiento?
La inspectora Elísabet Bru ve cómo la postura de Santiago Bermejo se tensa por completo.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Ya se lo he dicho al principio. Quisiera conocerlo un poco mejor. Esa gente tenía unas creencias muy férreas acerca de lo que hay después de la muerte, ¿qué opina de ellas?
Los ojos de Santiago, nerviosos, van de un lado a otro.
—Que estaban todos locos, eso es lo que pienso.
—¿En serio piensa eso? ¿Que solo eran unos locos?
En esta ocasión, la inspectora Bru no solo aprecia cómo los ojos de Santiago Bermejo recorren con urgencia la habitación en la que se encuentran, también ve cómo su pecho empieza a expandirse y a contraerse con violencia.
—¿Me está acusando de algo? ¿Es eso? ¿Me está acusando a mí de algo?
—Tranquilícese, Santiago, no le estoy acusando de nada, solo estoy intentando conocerlo un poco mejor, ya se lo he dicho. No hace falta que responda a estas preguntas si o quiere.
El subinspector Bermejo se levanta de la silla con violencia. Es evidente que le cuesta coger el aire. Su respiración se agita.
—Cálmese, Santiago, y vuelva a sentarse, ya le he dicho que no le estoy acusando de nada.
Santiago Bermejo, en lugar de sentarse, se tambalea, y la inspectora Bru, que intuye lo que va a pasar, se levanta con rapidez y lo agarra con fuerza para que no caiga. El subinspector trata de decir algo, pero no le salen las palabras.
—Tranquilícese, Santiago, está sufriendo un ataque ansiedad, es solo eso, ¿de acuerdo? Solo trate de respirar despacio, y le aseguro que muy pronto pasará.
Pero en lugar de eso, el ataque de ansiedad de Santiago no hace más que aumentar.
Como si estuviese viendo fantasmas por todas partes, empieza a gritar algo totalmente inentendible mientras su cuerpo se atenaza y se retuerce como si estuviese reproduciendo la terrorífica escena que ha presenciado hasta en dos ocasiones.
A continuación, entran dos compañeros para llevarse al subinspector Bermejo a que lo atienda un médico.
La inspectora Bru se pregunta de nuevo si está haciendo su trabajo como debe, ninguno de los dos interrogatorios que ha realizado hasta el momento ha conseguido que terminen de forma pacífica y controlada.
Se pregunta si, cuando encuentren a la persona que ha estado detrás de todo desde el principio, será capaz de hablar con ella con esa profesionalidad que siempre la ha caracterizado, se pregunta si estará a la altura de las circunstancias.