CAPÍTULO 47
HUGO VILAFRANCA
Presente
Rai y Martina
—¿Te importa si te pregunto algo, jefe? —dice Martina mientras enfilan la calle Bodegas, que tal y como dijo Pedro el camarero, es una de las más largas del pueblo.
—Tú dirás —dice Rai evitando mirar a la joven psicóloga a los ojos. Sabe que, como su mujer, es capaz de saber mucho con muy poco.
—¿Por qué no le has dicho tu nombre al camarero? ¿Y por qué le has dicho que no eras de aquí?
Rai piensa un par de segundos qué mentira resultará más creíble esta vez.
—No creo que lo mejor para la investigación sea que la gente se centre en mí, sino en la persona que estamos buscando y en su posible relación con este pueblo. Créeme, sé cómo se comporta la gente en los pueblos como este cuando alguien regresa tras muchos años.
—¿Y qué me dices del camarero? Cuando le has preguntado por esa gente, se ha quedado blanco, era como si le acabases de nombrar al diablo. No ha negado conocerlos, incluso los ha defendido, ¿no te parece?
Rai se detiene de golpe y mira fijamente a Martina, que percibe la expresión de enojo en el rostro de su jefe.
—¿Qué ocurre? ¿Qué he hecho ahora? —pregunta Martina contrariada.
—Creí haberte pedido que aguardases en la mesa que estaba en el rincón. No que estuvieses escuchando todo cuanto decía a un par de metros.
—Y estaba en la mesa del rincón, jefe, pero ese bar era muy pequeño, desde donde estaba se oía perfectamente todo lo que decíais. No sabía que tenía que taparme los oídos.
Rai va a replicar con contundencia, pero se da cuenta de que eso solo hará que Martina todavía sospeche más que algo raro pasa.
—Y no tenías por qué. Claro que no. Perdona mi tono, estoy muy cansado y últimamente todo me molesta, supongo que será el cansancio acumulado y el miedo a que le pueda pasar algo a mi familia o a alguien más.
Vayamos a hablar con Hugo a ver si puede decirnos algo y volvamos a Valencia antes de que sea demasiado tarde para Berta.
Martina asiente sin convencimiento ni ganas por preguntar qué tipo de relación le unía a los tres chicos por los que ha preguntado, aunque intuye que en breves instantes, cuando llamen a la puerta del único de los tres que todavía vive allí, lo sabrá.
Siguiendo las indicaciones del camarero, no tardan ni cinco minutos en encontrar la casa de Hugo Vilafranca.
Tras tocar un par de veces, la puerta de madera se abre en medio de un crujido seco.
Ante ellos aparece un hombre de rostro enjuto y pelo largo.
Tiene los pómulos muy marcados. Lleva puesta una chaqueta de lana granate sobre un pantalón de pana marrón.
Su atuendo es el de una persona de sesenta años, pero en realidad solo tiene cuarenta y cinco, la edad de Rai.
A pesar de los años, y de los evidentes cambios, Rai no tiene muchos problemas en reconocerlo, es Hugo Vilafranca, cuyos ojos se abren de par en par tras unos segundos de indecisión.
—Buenas noches, Hugo, cuánto tiempo —dice Rai con el corazón latiendo con fuerza.
Hugo se queda mirando a la pareja de policías que tiene delante, sobre todo a Rai. La expresión de sus ojos transmite una gran sorpresa.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué es lo que quieren?
—¿No reconoces a los viejos amigos de la infancia, Hugo? Soy yo, Rai, ¿es que no te acuerdas de mí?
En cuanto Hugo escucha el nombre de Rai, sus ojos se abren todavía más. Lo mira como si acabase de ver una aparición. Su rostro se tensa. Luego arruga un poco sus cansados párpados.
—Dios mío, ¿en serio eres tú, Rai? Pareces otro —dice Hugo con incredulidad.
—Por supuesto que soy yo, ¿tan mal aspecto tengo?
—Pero, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Treinta años?
—Yo diría más bien treinta y cinco.
—Dios mío… cómo has cambiado…
—Suele pasar con la edad, tú tampoco es que estés precisamente igual.
—Pero… sí, ya me acuerdo, te fuiste justo después de que… —Hugo, que está tratando de hacer memoria con la vista clavada en la punta de sus pies, hace una pausa y vuelve a mirar a Rai a la cara, los párpados vuelven a retraerse tras sus ojos.
—Dame un abrazo, anda, ya tendrás tiempo de refrescar un poco esa memoria, que uno no se encuentra con un viejo amigo de la infancia todos los días —dice Rai interrumpiendo a Hugo y acercándose a él para darle un abrazo.
Hugo siente algo extraño cuando Rai lo abraza. No sabe muy bien lo que es, pero es algo que le produce desasosiego.
—Qué mal educado soy, no os he presentado, ella es Martina, trabaja conmigo en una unidad de investigación de la policía —añade Rai para desviar la atención de Hugo.
—Encantada —dice Martina estirando su mano derecha.
Hugo tarda un par de segundos en reaccionar y devolverle el saludo a Martina. Es incapaz de quitarse la expresión de asombro de la cara.
—¿Te importa si pasamos dentro para hablar de unas cosas? Estamos en medio de una investigación que podría tener relación con este pueblo. Y he pensado que mejor fuente de información que un amigo de la infancia no iba a tener. No te robaremos demasiado tiempo.
—Pasad, claro, faltaría más.
—Gracias, amigo —dice Rai evaluando la expresión de Hugo, pero evitando mirarlo a los ojos directamente.
La casa por dentro es igual que por fuera, un desastre muy descuidado.
Hugo aparta unos viejos cojines del sofá y también los tres gatos que dormían plácidamente acurrados uno al lado del otro.
Después invita a la pareja de policías a sentarse justo en ese lugar.
Él hace lo propio sobre una silla de madera.
—¿Qué tal están tus padres, Hugo? —pregunta Rai tratando de crear un entorno relajado.
—Mi padre vive un par de calles más abajo, lo veo muy a menudo. Casi todos los días se pasa por el campo para echarme una mano. Tiene setenta y dos años, pero yo creo que aún tiene cuerda para rato.
Rai trata de recordar el rostro del padre de Hugo, pero no lo consigue, en cambio sí ve con claridad al de su madre, su mirada bondadosa y afable, algo que sin duda heredó Hugo.
—¿Y qué tal tu madre?
La expresión de Hugo se cubre de tristeza con rapidez.
—Mi madre murió hace muchos años, casi tantos como los que llevas fuera del pueblo.
El puto cáncer. Ya sabes cómo es esa mierda.
Cuando dice ahora tiene que ser ahora. Aunque en el fondo siempre he pensado que de no haber sido por aquello tal vez podría haberlo superado.
Ella siempre fue una persona muy fuerte, pero también muy vulnerable a las emociones, sobre todo a las tristes, a los disgustos.
Mi madre repetía mucho aquello de que un día yo la mataría de un disgusto, y creo que al final fue eso la que se la llevó.
—No digas tonterías, Hugo, tu madre murió por culpa de una grave enfermedad que esperamos que un día tenga cura. No la mató ningún disgusto. Pero dejemos los temas tristes para otra ocasión y centrémonos en el presente, en cosas más alegres, he oído decir que cultivas una uva muy buena.
Hugo vuelve a negar con la cabeza, sigue absorto en ese otro tema, el de la muerte de su madre y el disgusto que se la llevó.
—Ojalá fuese tan fácil. Siempre he pensado que todo hubiese sido muy diferente de no haber sido por lo de… ya sabes, lo de Teo.
—Hugo, he dicho que ya está, ¿de acuerdo? Estamos en medio de una investigación muy importante como para perdernos en cosas que ya nadie recuerda. Tenemos que hacerte unas preguntas, después nos marcharemos, ¿te parece si empezamos?
Los párpados de Hugo se arrugan de nuevo. Mira a Rai con cautela. Martina tensa la postura al escuchar de refilón ese tema de «Teo» que, con tanta urgencia, Rai ha intentado tapar. Pero al parecer, Hugo sigue a lo suyo.
—Pues yo sí lo recuerdo, Rai. Y me gustaría saber una cosa, ¿por qué me enviaste al bosque aquel día?
Te empeñaste en que tenía que ir, y yo, tonto de mí, te hice caso y fui.
Siempre he pensado que, si no hubiese ido ese día al río Cabriel, tal vez las cosas hubiesen sido distintas, mis padres no hubiesen ido a buscarme y yo no tendría que haber contado nada.
Incluso a lo mejor mi madre le hubiese ganado la batalla al cáncer.
Todo podría haber quedado en… un accidente. Uno muy triste, pero uno de tantos.
Ahora es Rai quien tensa la piel de su rostro. Las emociones que hay en su interior vuelven a mezclarse unas con otras. La rabia, el rencor, la frustración, el dolor. Para él todo eso es muy duro, y por varias razones.
—He dicho que ya está, Hugo. Las cosas pasan porque pasan.
Es inútil pensar qué hubiera sido de todos nosotros de haber hecho las cosas de otra manera.
La vida está repleta de momentos cruciales a partir de los cuales seguimos un camino y dejamos otro, es siempre igual, para todo el mundo, pero te aseguro que quedarse mirando atrás no sirve de nada porque la vida siempre sigue el mismo sentido y la misma dirección, recto y hacia delante, es así como funciona.
Y, ahora, por favor, ¿podemos centrarnos ya en lo importante?
Hugo se encoge de hombros mientas un par de lágrimas descienden por su rostro.
—Claro, hablemos de eso tan importante.
Rai no tiene claro que Hugo no vaya a sacarle otra vez el tema pasados unos minutos, así que se dice que debe darse prisa para marcharse de allí cuanto antes.
—Recientemente hemos oído decir que muy cerca de aquí se asentó hace muchos años un grupo de personas con algunas ideas revolucionarias.
Lo cierto es que yo nunca escuché hablar de ellos, pero al parecer sí existieron, y el camino que nos ha traído hasta aquí es precisamente porque podrían seguir existiendo, al menos una parte de ellos, los cuales podrían estar involucrados en una serie de delitos que se han estado produciendo durante los últimos días, ¿qué puedes contarme al respecto? ¿Habías oído hablar de estas personas?
Nuevamente, el rostro de Hugo se llena de contrariedad. Mira otra vez a Rai como si tuviese delante a un fantasma.