La Norma Número Diez CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

YO ME ENCARGO DEL RESTO

Como si de un adolescente al que le han sorprendido haciendo algo indebido se tratara, en cuanto escucha entrar a su mujer, Ezequiel se apresura a recoger el libro que el hombre de pelo cano le dio junto con los trocitos de ámbar, la cubierta de piel y el medallón con forma de dragón.

Lo mete todo en un cajón de su mesilla de noche y cuando se gira ve tras él a su mujer. No hace buena cara.

Ambos se quedan mirándose en silencio durante un instante agotador.

Ezequiel se está empezando a temer que ya no haya tiempo para ningún viaje a la cordillera del Himalaya.

Que ya no exista ninguna posibilidad de salvar a su hijo.

Su mujer se acerca hasta él lentamente y, a punto de desfallecer, se deja caer entre sus brazos sin articular palabra.

Por un instante, como si acabase de hacer un viaje en el tiempo, él vuelve a sentir lo mismo que sintió la primera vez que se abrazaron, vuelve a sentir con fuerza el intenso calor de ese primer amor. La escucha sollozar.

—Es posible que a Teo solo le queden unos pocos días.

Hoy se ha vuelto a parar y ha costado muchísimo reanimarlo.

Los médicos insinúan que ya no tiene demasiado sentido tenerlo conectado, de todas maneras, han recalcado que está en nuestras manos tomar esa decisión —Las palabras de Laura, que las pronuncia sin separar la cabeza del pecho de Ezequiel, se arrastran despacio, sin fuerza, con vergüenza.

Ezequiel separa a su mujer de él tratando de que no se le note la ira que acaba de despertar en su interior.

—¿Qué has querido decir exactamente? ¿Y cuál es la decisión que está en nuestras manos tomar? —pregunta Ezequiel con incredulidad.

Los ojos de Laura no tardan ni medio segundo en cubrirse de lágrimas.

—La decisión de apagar las máquinas que lo mantienen con vida —Laura hace una pequeña pausa—. Ezequiel, no estoy segura de que nuestro hijo no esté sufriendo, pero sí lo estoy de que a su corazón ya se le ha acabado el tiempo. No sé qué más podemos hacer.

Ezequiel baja su mirada hasta sus pies. Siente el vértigo más grande que jamás ha sentido, es como si bajo él, el suelo acabase de desaparecer.

Siente el miedo más profundo de cuantos ha podido conocer.

Estira un poco el cuello, con mucho esfuerzo, y mira a su mujer con indignación.

Alza su dedo índice antes de hablar, el cual tiembla como los labios de un primer beso.

—No vamos a parar nada. Nuestro hijo va a seguir viviendo, y se va a recuperar.

Eso te lo juro por todos mis muertos —Ezequiel rara vez habla así.

Su mirada se empaña. Siempre ha sido optimista, pero también muy cauto en sus palabras de vaticinio.

Es como una actitud frente a la vida que siempre ha llevado en silencio, en secreto, en conversaciones consigo mismo.

Es la actitud que lo ha mantenido hasta ahora en el camino.

Su mujer lo mira durante un segundo y tuerce el cuello ligeramente hacia la derecha.

Luego dibuja una sonrisa hueca que lo mira con nostalgia y pena.

No siempre es suficiente con la voluntad, ni con el deseo más intenso.

A veces hace falta algo más. Algo que está más allá de lo que podemos imaginar.

Se aproxima a su marido buscando un nuevo abrazo, pero esta vez no lo encuentra.

Los brazos de Ezequiel, en lugar de acogerla, se posan sobre sus hombros, manteniéndola a medio metro de distancia.

—Laura, escucha muy bien lo que voy a decirte. Voy a estar fuera unos días, y te prometo que voy a encontrar la forma de traerlo de vuelta. Tú solo encárgate de no permitir que lo apaguen, de no permitir que muera. Yo me encargo del resto.

Laura se permite pensar por un instante qué es lo que su marido puede tener en mente.

Se permite destinar algo de su preocupación en él.

Se pregunta si ha estado bebiendo, o si está sufriendo algún tipo de brote psicótico.

Con todos los respetos, piensa que su marido no puede hacer nada por su hijo aparte de decirle una y otra vez, a los pies de su cama, lo mucho que lo quiere.

—Ezequiel, ¿en qué estás pensando exactamente?

Teo está siendo atendido por los mejores médicos de la región, y ya han dicho que no hay nada que hacer.

Está siendo atendido por mí, su madre —dice Laura negando con la cabeza.

Perder a su hijo va a ser algo insoportable, pero perder también a su marido, destruiría todo cuanto es ella.

Ezequiel duda por un instante si no sería buena idea sincerarse con su mujer.

Contarle su conversación con el hombre de pelo cano, enseñarle el libro y el mapa.

Pero, de igual forma que ha funcionado siempre su optimismo, toda esa información se la guarda para sí mismo.

En el fondo piensa que su creencia podría tambalearse si hablase de ella, y lo último que necesita, tal y como le dijo el hombre de pelo cano, es dudar de sí mismo, dejar de confiar.

—Tú solo encárgate de que nadie pare ninguna máquina, y yo te prometo que nuestro hijo despertará. Es mejor que no te diga nada más, solo que me tengo que marchar ya.

Laura traga saliva con aspereza. Si las pocas veces que vuelve a casa, no encuentra a su marido esperándola, no sabe de lo que es capaz, no sabe si lo soportará durante mucho tiempo más.

Todo tiene sus límites, y los de su aguante están muy cerca de traspasarse.

No tiene fuerzas para decir nada, mucho menos para discutir con su marido.

Asiente con el rostro lleno de lágrimas, luego vuelve a buscar ese abrazo que antes se le ha negado.

Esta vez no tiene demasiados problemas en encontrarlo.

Ezequiel aprieta a su mujer con todas sus fuerzas y llena sus pulmones de ese aroma primaveral con toques de avellana que siempre ha desprendido. Internamente le dice cuánto la ha querido, cuántas vidas volvería a vivir a su lado, lo feliz que ha sido con ella.

—Laura, quiero que sepas que tú y Teo sois mi vida, todo cuanto he querido.

Nunca olvides que esté donde esté, siempre te llevo aquí, en mi corazón —Ezequiel ha cogido la mano de su mujer y la ha puesto sobre su pecho.

Ella empieza a tener un mal presentimiento.

Lo mira a los ojos y trata de leer en ellos.

No puede imaginar ni remotamente que está a punto de emprender el viaje más temerario de cuantos ha conocido el ser humano.

—Ezequiel, prométeme que no te va a pasar nada, prométeme que vas a volver.

—Voy a traer a nuestro hijo de vuelta, Laura, y siempre, siempre, siempre, y pase lo que pase, estaré allí donde tú estés, a tu lado.

Las palabras de Ezequiel, lejos de ayudar, intranquilizan más a su mujer.

En poco más de dos horas, Ezequiel ha preparado una mochila de viaje con algo de ropa y algo del dinero que siempre han guardado en casa para imprevistos.

Todavía no sabe muy bien ni cómo ni cuándo podrá llegar a ese lugar que está señalado en el mapa, lo que sí sabe es que cada minuto que pasa juega en su contra.

Sale de casa dándole a Laura un tierno beso en los labios, como si solo fuese un día más en el que se va a su jornada de trabajo para estar de vuelta en unas horas y no uno en el que se va a uno de los lugares más inaccesibles, remotos y peligrosos de la Tierra.

Cuando lo ve salir por la puerta con la mochila colgada en sus hombros, Laura se desploma en el sofá en el que unas horas antes ha estado su marido.

Su pensamiento se va de nuevo hacia Teo y se pregunta otra vez si, como madre, podría haber hecho algo más para evitar lo que le ha pasado, no deja de sentirse muy culpable y se jura a sí misma y ante Dios que, si por un milagro, su hijo lograse sobrevivir, no permitiría que nada ni nadie volviese a hacerle daño, ya se encargaría ella de protegerlo con su propia vida y de hacer lo que hiciese falta para mantenerlo con vida y a su lado. Haría lo que fuese.